Memorias de un médico roquense en Chile del 73



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“Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”. Así comienza el poema de Pablo Neruda. Para llegar al 11 de septiembre tengo que relatarles una parte de mi vida. Corría el año 1971. Me había recibido de cirujano y estaba en la prerresidencia de Obstetricia en la Maternidad Provincial de Córdoba; alternaba con ocho días corridos de guardia en el hospital de Santa Rosa de Calamuchita. Mi esposa terminaba la residencia de Neonatología en la misma maternidad y obtuvo una beca por seis meses en el Hospital Municipal Pediátrico. En mayo de 1972, cuando ya teníamos decidido ir a Chile, llegó al Hospital Municipal un grupo de profesores chilenos del hospital Roberto del Río y le otorgó a Cristina una beca de residencia de tres años. Decidimos casarnos y tiempo después viajamos a Mendoza para cruzar a Santiago. Quedamos varados por el cierre de la cordillera (era agosto de 1972) y no conseguíamos pasaje de avión. Buscamos un hospedaje económico y conocimos a una familia uruguaya que tampoco podía cruzar, una joven con un bebé de meses y su suegra. Cuando finalmente conseguimos pasaje en avión esa familia me pidió si podía entregarle a su esposo –que era periodista y trabajaba en una radio– un dinero y documentación. Acepté el pedido. Llegamos al aeropuerto de Pudahuel. En el viaje observé el paisaje, las laderas de los cerros arados y sembrados y aquí y allá casitas precarias cada una con la bandera chilena ondeando al viento. Pensé: “Aquí sí que aman a su tierra y a su patria”. Yo venía autoexpulsado por la dictadura asesina que oprimía a nuestro pueblo y nos obligaba a la rebelión. Ya había pasado por las luchas estudiantiles del 66 ( había perdido el año) y luego fui apartado de mis estudios y de la vida civil para recibir instrucción militar (servicio militar) en la Prisión Militar de Encausados de Córdoba. Experimentaba una sensación extraña de libertad, pues había abandonado mi patria y me dirigía a lo desconocido: no conocía la idiosincrasia del pueblo chileno ni la libertad y la vida en democracia que no había podido conocer en mi tierra. Al otro día, al leer el diario quedé impresionado (luego me acostumbraría a la prensa amarilla): en primera plana decía: “Las hordas comunistas mataron a Palmira”. Luego me enteré de que Palmira era una perrita y que había muerto en una refriega estudiantil en la universidad. En Santiago nos instalamos en un hotel céntrico y al otro día concurrimos a Salud Pública a presentar la documentación para la beca de Pediatría. Nos atendió un médico, de apellido Gutiérrez Leigton, quien le negó la beca a mi mujer y pretendía enviarnos a un hospital en Combarbalá, Antofagasta, contratados. En el hospital Roberto del Río no entendían la situación y se les entregó la nota donde constaba el otorgamiento de la beca. Salud Pública (este secretario) no aceptó la documentación y Cristina comenzó una residencia ad honórem. Habíamos ingresado como turistas por quince días y luego, con el contrato de trabajo, llegaríamos a ser residentes. Por el momento íbamos a ser “ilegales”, pero decidimos no regresar a Argentina y no preocupar a nuestras familias. Teníamos un poco de dinero y buscamos una pensión barata hasta conseguir algún trabajo. Soportamos dos días, pues nos atacaron las chinches del colchón. Al otro día fui a la radio a buscar a ese ocasional amigo uruguayo y, tomando un café, le conté todo. Me dijo: “Eduardo, yo vivo en las Torres de San Borja y el departamento tiene tres dormitorios; en uno está mi madre, en otro estoy yo con mi señora y el bebé... el otro cuarto es para vos y Cristina”. Esa misma tarde compré un colchón y comenzamos a vivir con esta familia uruguaya. Conociendo la “revolución en democracia” Conocimos la tarjeta de racionamiento pues había desabastecimiento, producido por los comerciantes que hacían faltar los productos más necesarios y los vendían cinco o seis veces por encima del precio oficial. Los camioneros y los médicos desestabilizaban el gobierno de Salvador Allende, que gobernaba con la Unidad Popular, una coalición del Partido Comunista (PC), el Partido Socialista (PS), el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU, exdemocratacristianos), el Partido Radical y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Frente a las Torres de San Borja había un mercado central al que concurríamos una vez a la semana con nuestra tarjeta de racionamiento. Mientras hacíamos cola, veía cómo tres muchachos descargaban el camión y me sumé a ayudarlos. Luego, tomando una cerveza Pilsener, este compañero chileno –que resultó ser miembro del Partido Socialista– no podía creer que yo fuera médico y estuviese descargando el camión. Me preguntó dónde vivía y me dijo que en un rato iría a visitarme. Fue con dos amigos y me puso al tanto de una huelga de médicos a la que ellos calificaban de “asesina”. Y me pidieron que colaborara en un hospital céntrico. Trabajé cinco días por la comida, pues trabajaba las veinticuatro horas. Terminada la huelga, el director me convocó a una reunión para agradecer mi colaboración y se interiorizó de mi situación. Me propuso un trabajo con un equipo móvil de médicos, dentista, psicólogo y bioquímico; debíamos concurrir a fábricas a pesquisar la presencia de empleados con enfermedades agudas trabajando. Este trabajo me puso al frente de la realidad del obrero explotado y sobreexplotado, obligado a trabajar enfermo para alimentar a su familia y sin ninguna protección del Estado. No me sentía contento con mi trabajo y compañeros del Partido Socialista y Comunista me consiguieron una entrevista con el doctor Gustavo Molina (último ministro de Salud Pública), entonces director de la Escuela de Salud Pública. A esa altura yo ya estaba involucrado con la revolución y era un defensor del gobierno: asistía a todas las movilizaciones políticas y antifascistas. Concurrí a la escuela y esperé casi tres horas hasta que apareció una persona mayor con sombrero; me abrazó, me preguntó si era Vivas y me pidió que lo acompañara a almorzar con un grupo de profesores. Me obsequió un “lomo a la pobre”, me sirvió un vaso de vino y me dijo que fuera a las ocho de la mañana del día siguiente con un cuaderno, pues “tienes que ponerte al día”. No entendía nada: me había otorgado una beca de tres años en la Escuela de Salud Pública. Ante mi extrañeza, él le espetó a uno de los profesores: “Explícale al cabrón lo que le estoy ofreciendo”. Ese médico me explicó que la beca era para médicos latinoamericanos provenientes de altas jerarquías políticas. Yo le manifesté que era cirujano y que quería hacer ginecología y obstetricia y él dio la orden para que tuviera un lugar bien remunerado. Fui nombrado médico auxiliar, jefe de guardia de los días jueves de la Posta José María Caro del Área Sur de Santiago, de doce horas (de 19 a 7 del día siguiente). Mi sueldo era de 16.000 escudos. El resto del tiempo concurría al Hospital Barros Luco Trudeau, al Servicio de Ginecología y Obstetricia, donde hacía una guardia semanal. Era octubre del 72 y al cobrar mi primer sueldo nos mudamos a un departamento en la calle Gálvez, a tres cuadras de La Moneda. Seguí participando de la vida política pues estaba (y estoy) de acuerdo con la “revolución en democracia”. La democracia se palpaba, se olía en el ambiente, así como la confrontación de dos bandos bien definidos: la Unidad Popular que gobernaba Chile y la oposición, que la ejercían la Democracia Cristiana (centroderecha) y el Partido Nacional (derecha); a estos últimos se los tildaba de los “momios” (adinerados), contrarios al cambio social. La revolución consistía en una utopía, “un Estado socialista gradual y en democracia”, es decir legítimo, en paz y no sangriento por vía de las armas. La democracia nutría nuestras falencias, faltaban los alimentos esenciales. Mi tarjeta de racionamiento para dos personas, para una semana: un pollo, un kilo de carne vacuna, una botella de aceite, un kilo de harina y un paquete de manteca (mantequilla). Luego todo era mercado negro, multiplicado por cinco o diez veces según el producto. Los preparativos En julio del 73 amanecimos con el intento de golpe que se llamó el “Tanquetazo”, organizado por la CIA, la ITT (International Telégrafo and Thelefon) y Pinochet, que lo usó para detectar militares, marinos y aviadores adictos al gobierno y que luego, la noche del 10 de septiembre, serían eliminados o neutralizados. Ese día, tras la rendición de los sublevados ante el general Prats (jefe del Ejército) con una metralleta en bandolera y apoyado por un jeep con un cañón en su carrocería, el pueblo se reunió en la Plaza de Armas y en el balcón principal apareció Salvador Allende con sus ministros y se dirigió al pueblo. El pueblo pidió las armas y Allende fue silbado tras su negativa. Apareció Prats, quien fue ovacionado en forma prolongada y a quien el pueblo le pidió que abriera los cuarteles y entregara las armas a los civiles. Prats se negó y en ese momento estalló una carga de dinamita colocada debajo de un auto en una calle lateral a la plaza. Allende, al negar las armas, había sellado su suerte y comenzaba a gestarse el fatídico 11 de septiembre. Se olía en el ambiente que habría otro golpe. Algunos civiles se preparaban para la resistencia. Yo dejé encargado a un matrimonio de médicos argentinos que vivían en el mismo complejo que acompañaran a Cristina por si yo estaba de guardia y estallaba el golpe. La noche del 10 de septiembre yo estaba de guardia en la Posta; me despertaron a la seis de la mañana y se escuchaban las proclamas por la radio. Ya habían pasado la canción “Guantanamera” que, después supimos, alertaba de la inminencia del golpe. Golpe y salida del país Me hice llevar al hospital Barros Luco y por la radio se escuchaba el tableteo de las ametralladoras. Llegado al hospital me crucé con Arturo, a quien había encomendado el cuidado de Cristina. Todo era desazón, me decían que estaban bombardeando La Moneda. No podía comunicarme con el hospital Roberto del Río. Cristina cursaba un embarazo de siete meses. En el tercer piso sonaba un teléfono; lo atendí y era ella, quien me pidió que me quedara en el hospital: no había podido cruzar el cerco militar y había regresado con otros compañeros argentinos, de Salta, que vivían a una cuadra de nuestro departamento y se quedaría con ellos. Le pregunté si estaban bombardeando y me mintió, sólo se escuchaban disparos y habían colocado colchones contra las ventanas. Al hospital comenzaban a llegar civiles y escuché que el ministro de Salud Pública estaba en la dirección del hospital. No nos habíamos vuelto a ver desde aquel almuerzo, me abrazó y, con lágrimas en los ojos, me dijo: “Vivas, no puedo responder por tu vida, no puedes quedarte en el hospital, no puedo protegerte”. Le dije que no tenía adónde ir: había un cerco militar de diez manzanas alrededor de La Moneda. Me abrazó nuevamente y me dijo: “En media hora una ambulancia estará lista para llevarte, a vos y a los otros dos argentinos, adonde tú le digas”. Busqué a Arturo y a Benito, que era mendocino, y nos fuimos a su casa. Nos consiguió albergue en una casa de estudiantes chilenos por siete días, hasta que decidimos regresar a la calle Gálvez. El 23 ó 24 de septiembre concurrí al hospital y fui llevado a la dirección ante un médico de la Marina; me pidió los documentos, me dijo que era persona no grata, que quedaba liberado de concurrir al hospital, que el mes siguiente cobraría el 75% del sueldo y luego el 50% y que era mejor que abandonara el país. Al otro día llegaron de la embajada argentina y me entregaron un número telefónico al que debía comunicarme todos los días a una hora determinada por si era llevado al Estadio Nacional (lugar de tortura y exterminio) y comunicarles cuando abandonara el país y por qué vía. Gestioné en el Ministerio de Guerra chileno un salvoconducto con el cual, en noviembre de 1973, abandoné Santiago en tren rumbo a Mendoza. No sabía que quedaría marcado de por vida. (*) Ginecólogo, cirujano. Residente en General Roca

EDUARDO VIVAS (*)


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