Messi, el líder que dejó de ser un apátrida

El reconocimiento para La Pulga, lo único bueno de la Copa

Redacción

Por Redacción

Los uruguayos se escalonaron para la cacería, pero pocas veces lograron detener al genial rosarino.

Después del 0-0 con Colombia y la reproducción una y mil veces del duende indescifrable cabizbajo, casi derrotado, el periodista del diario El País, Ramón Besa, explicaba el fenómeno así: “A Messi nadie le ha entendido mejor que Guardiola. El técnico le mima como un niño, justo lo contrario de cuanto ocurre en Argentina, país en que le toman por un adulto y le juzgan como un apátrida. El juego del Barça consiste en hacer llegar el balón a Messi en las mejores condiciones. Argentina no sabe cómo darle el balón porque piensan que su bota está cosida a la bola. Y como no habla, ni cuenta con hinchada propia porque se marchó del país a los 13 años, ni hay prensa que escriba a su favor cuando empata, es víctima de su silencio”. La personalidad de La Pulga no cambió en estas semanas que estuvo en el país. Carente de carisma y de la ‘personalidad maradoniana’ que muchos le exigen, su valor agregado es siempre hablar en la cancha. Por eso es grande, porque en un mundo mediatizado y virtual al extremo, él sólo tiene sentido cuando pisa el verde césped. Frente a una nueva y dolorosa frustración albiceleste, la única buena noticia es que el público entendió que Messi estuvo donde quería estar, que siente la camiseta y que sabe mejor que nadie el dolor que generan los años de sequía de títulos. En buenos pasajes de esta Copa América se mostró crack por hombría y talento, por rebeldía y compromiso. Lo hizo en el primer tiempo ante Bolivia, contra Costa Rica y, sobre todo, ante todo un equipo uruguayo que salió a cazarlo y a quedarse con su piel, la más codiciada del planeta. No cantó el himno ni tuvo declaraciones que levantaran polvareda. Cuando puso los pies en el país un diario sensacionalista publicó en la portada que en su casa se hacían fiestas con alcohol y mujeres. Él no se inmutó. Tampoco se victimizó cuando cayeron los silbidos en la cancha de Colón o por los insultos de Burdisso tras el empate ante los cafeteros. Contestó en la cancha. Se hizo líder de un equipo perdido en la nebulosa táctica y estratégico, excedido de volantes de contención y carentes de hombres capacitados para nutrir con juego de calidad. Suplió las falencias colectivas con genialidades individuales, pero jamás intentó salvarse solo. Siempre le escapó al heroísmo propio en beneficio del equipo. Fue el mayor asistidor de Argentina y posiblemente el de toda la Copa. Tuvo que salir a aclarar que jamás se negaría a vestir la camiseta nacional, algo que hasta el propio Grondona puso en duda cuando las críticas arreciaban y la clasificación a cuartos era dudosa. Messi nació en Rosario pero España le mejoró la vida. Por eso las dicotomías. Por eso las dudas de por aquí. Los periodistas españoles lo conocen mucho y saben de qué está hecho. ”Messi no va a jugar nunca en este seleccionado como en el Barcelona, al menos no con los jugadores que Batista pone en la mitad del juego para que le den el balón”, analizaba en la previa al debut con Bolivia Fermín De la Calle Velasco, uno de los jefes del diario As de Madrid. Aunque luego aclaraba: “Pero Leo es tan grande, tan genial, que él puedo generar cosas solo aunque la estructura no le acompañe. Te puedo asegurar que Cristiano Ronaldo no le ata una bota, como dicen ustedes. Messi es único. Por eso no entendemos cómo se le critica acá”. La deprimente actuación de Argentina esta vez no condenó a Messi. ¿Por qué? Porque fue evidente la importancia suya en la cancha, porque en todo momento intentó construir una historia que por proceso, a este seleccionado le es ajeno. No marca goles oficiales desde hace 16 partidos (en eliminatorias 2009), y ese puede ser un déficit. El único quizá. Así, la buena noticia en esta Copa para el olvido es que Messi ya no tiene detractores en estas tierras de exigencias extremas. El problema de ser el mejor del mundo, apuntó Besa, es que al llegar al seleccionado siempre se resta, nunca se suma. Como siempre, Messi revirtió la ecuación. (S. B.)


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