Minorías en peligro
Para las minorías religiosas que aún viven en distintas partes del extenso mundo islámico, la caída de un dictador no suele ser motivo de celebración, ya que en virtualmente todos los países musulmanes los priva de la protección de un régimen comprometido con el orden. Así, pues, en Irak el derrocamiento del sanguinario Saddam Hussein no tardó en verse seguido por una ofensiva brutal contra comunidades cristianas que, luego de haber sobrevivido durante casi 2.000 años, parecen destinadas a desaparecer por completo en el futuro próximo. Las perspectivas ante la mayor comunidad cristiana del Oriente Medio, la conformada en Egipto por los coptos, son igualmente sombrías. A mediados del siglo pasado los coptos llegaban al 25% de la población, pero en la actualidad se estima que representan sólo el 8% debido a una tasa de natalidad inferior a la de sus compatriotas musulmanes y a la emigración. Por lo demás, desde que “la primavera árabe” puso fin a la dictadura de Hosni Mubarak se han multiplicado los ataques contra los coptos por parte de musulmanes exaltados sin que la policía o el ejército hayan hecho mucho para defenderlos. Antes bien, han colaborado con los atacantes, como en efecto hizo el ejército egipcio el domingo pasado al embestir contra una marcha de protesta en el centro de El Cairo, matando a una treintena –algunos dicen una cincuentena– de manifestantes coptos. Aunque en esta ocasión como en otras la actitud de las autoridades puede atribuirse a cálculos políticos, ya que es del interés del régimen militar agravar los conflictos sectarios para entonces asegurar que continuar con el proceso de democratización tendría consecuencias caóticas, no podrían actuar así a menos que hubiera muchos islamistas fanatizados dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad para participar de una guerra santa contra los cristianos y, desde luego, contra los escasos judíos que aún permanecen en su país. Desgraciadamente para los cristianos, son muchos los decididos a perseguirlos en nombre del islam. Si bien los fanáticos constituyen una minoría, se trata de una que es lo bastante grande como para aspirar a que en adelante Egipto se rija según la ley islámica y que ya está haciendo lo posible por informarles a los “infieles” que tendrán que resignarse a ser ciudadanos de segunda, eventualidad que, desde luego, horroriza a los siete u ocho millones de coptos para los que, como la palabra misma les recuerda, es al fin y al cabo su propio país. Para hacer todavía peor el panorama frente a los coptos, Egipto, la economía devastada después de diez meses de agitación incesante, está al borde de la bancarrota. Al intensificarse las frustraciones de los jóvenes sin empleos a la altura de sus expectativas que creían que la revolución serviría para posibilitar una etapa de crecimiento rápido, el régimen podría intentar desviar la atención de sus fracasos y acercarse a los islamistas, ensañándose con los coptos, poniéndolos en el papel de chivos expiatorios. Hasta ahora los gobiernos de los países occidentales, y hasta el Vaticano, han procurado minimizar la gravedad de lo que está sucediendo no sólo en Egipto sino también en otros países de la región en que muchas minorías son blancos de programas de “limpieza étnica” muy similares a las que tuvieron lugar en la ex Yugoslavia antes de la intervención de la OTAN. Actúan así porque no quieren brindar la impresión de solidarizarse, como “cruzados”, con los cristianos, judíos y otros contra los islamistas por miedo a la eventual reacción de las nutridas colectividades musulmanas en Europa. Sin embargo, mientras que en otros países del Oriente Medio y el Norte de África las minorías cristianas son relativamente pequeñas, en Egipto éste dista de ser el caso, de suerte que de deteriorarse todavía más la situación no les será tan fácil seguir tratando los conflictos que están repitiéndose como meramente anecdóticos. Se ven, pues, ante un dilema muy desagradable. Si procuran presionar a los regímenes de la región para que traten con mayor respeto a las minorías religiosas y étnicas, asegurándoles la protección que claramente necesitan, darán pretextos a los islamistas en Europa para cometer más atentados, pero si optan por abandonar a su suerte a las minorías, brindarán una impresión de debilidad que no podría sino estimular a los guerreros santos.
Para las minorías religiosas que aún viven en distintas partes del extenso mundo islámico, la caída de un dictador no suele ser motivo de celebración, ya que en virtualmente todos los países musulmanes los priva de la protección de un régimen comprometido con el orden. Así, pues, en Irak el derrocamiento del sanguinario Saddam Hussein no tardó en verse seguido por una ofensiva brutal contra comunidades cristianas que, luego de haber sobrevivido durante casi 2.000 años, parecen destinadas a desaparecer por completo en el futuro próximo. Las perspectivas ante la mayor comunidad cristiana del Oriente Medio, la conformada en Egipto por los coptos, son igualmente sombrías. A mediados del siglo pasado los coptos llegaban al 25% de la población, pero en la actualidad se estima que representan sólo el 8% debido a una tasa de natalidad inferior a la de sus compatriotas musulmanes y a la emigración. Por lo demás, desde que “la primavera árabe” puso fin a la dictadura de Hosni Mubarak se han multiplicado los ataques contra los coptos por parte de musulmanes exaltados sin que la policía o el ejército hayan hecho mucho para defenderlos. Antes bien, han colaborado con los atacantes, como en efecto hizo el ejército egipcio el domingo pasado al embestir contra una marcha de protesta en el centro de El Cairo, matando a una treintena –algunos dicen una cincuentena– de manifestantes coptos. Aunque en esta ocasión como en otras la actitud de las autoridades puede atribuirse a cálculos políticos, ya que es del interés del régimen militar agravar los conflictos sectarios para entonces asegurar que continuar con el proceso de democratización tendría consecuencias caóticas, no podrían actuar así a menos que hubiera muchos islamistas fanatizados dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad para participar de una guerra santa contra los cristianos y, desde luego, contra los escasos judíos que aún permanecen en su país. Desgraciadamente para los cristianos, son muchos los decididos a perseguirlos en nombre del islam. Si bien los fanáticos constituyen una minoría, se trata de una que es lo bastante grande como para aspirar a que en adelante Egipto se rija según la ley islámica y que ya está haciendo lo posible por informarles a los “infieles” que tendrán que resignarse a ser ciudadanos de segunda, eventualidad que, desde luego, horroriza a los siete u ocho millones de coptos para los que, como la palabra misma les recuerda, es al fin y al cabo su propio país. Para hacer todavía peor el panorama frente a los coptos, Egipto, la economía devastada después de diez meses de agitación incesante, está al borde de la bancarrota. Al intensificarse las frustraciones de los jóvenes sin empleos a la altura de sus expectativas que creían que la revolución serviría para posibilitar una etapa de crecimiento rápido, el régimen podría intentar desviar la atención de sus fracasos y acercarse a los islamistas, ensañándose con los coptos, poniéndolos en el papel de chivos expiatorios. Hasta ahora los gobiernos de los países occidentales, y hasta el Vaticano, han procurado minimizar la gravedad de lo que está sucediendo no sólo en Egipto sino también en otros países de la región en que muchas minorías son blancos de programas de “limpieza étnica” muy similares a las que tuvieron lugar en la ex Yugoslavia antes de la intervención de la OTAN. Actúan así porque no quieren brindar la impresión de solidarizarse, como “cruzados”, con los cristianos, judíos y otros contra los islamistas por miedo a la eventual reacción de las nutridas colectividades musulmanas en Europa. Sin embargo, mientras que en otros países del Oriente Medio y el Norte de África las minorías cristianas son relativamente pequeñas, en Egipto éste dista de ser el caso, de suerte que de deteriorarse todavía más la situación no les será tan fácil seguir tratando los conflictos que están repitiéndose como meramente anecdóticos. Se ven, pues, ante un dilema muy desagradable. Si procuran presionar a los regímenes de la región para que traten con mayor respeto a las minorías religiosas y étnicas, asegurándoles la protección que claramente necesitan, darán pretextos a los islamistas en Europa para cometer más atentados, pero si optan por abandonar a su suerte a las minorías, brindarán una impresión de debilidad que no podría sino estimular a los guerreros santos.
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