Miopía financiera

Redacción

Por Redacción

Ya sabemos que tanto el presidente Néstor Kirchner como el ministro de Economía, Roberto Lavagna, son tácticos muy hábiles, duchos en el arte de aprovechar toda oportunidad que surja para entusiasmar a la gente y de este modo agregar algunos puntos más a su capital político. ¿Son buenos estrategas también, hombres que comprenden que una luna de miel maravillosa no constituye una garantía de que no haya graves problemas en los años siguientes? Por desgracia, se dan muchos motivos para dudarlo, entre ellos el supuesto por su costumbre ya instintiva de subordinar virtualmente todo al corto plazo.

Con este propósito, el gobierno ha optado por tratar la relación con el FMI como una suerte de contienda en la que ganará el que logre obligar al adversario a hacer la cantidad mayor de concesiones, de ahí las diferencias en torno del superávit fiscal más conveniente y la eventual quita de la deuda externa, con el gobierno comprometiéndose a no permitir que aquél supere el tres por ciento del PBI. Lo mismo que el gobierno de Eduardo Duhalde, al hacer de sus negociaciones con el FMI un fin en sí mismo, se las ha arreglado para hacer pensar que la severidad en el manejo de la economía es intrínsecamente antipopular, aunque a esta altura debería serles evidente que el más golpeado por la laxitud es precisamente el pueblo. De todos modos, si bien parece poco probable que la quita sea tan grande como quisiera Kirchner, es factible que el FMI termine aceptando la meta oficial de un superávit de menos del tres por ciento, lo que el gobierno celebraría como un triunfo. Sin embargo, si sobre la base de los logros hipotéticos así supuestos Kirchner y Lavagna creen que las perspectivas económicas del país se verían  mejoradas, se habrían equivocado mucho.

En última instancia, el futuro de la economía dependerá de la actitud de los inversores, razón por la cual una prioridad del gobierno debería consistir en convencerlos de que luego del colapso de fines del 2001 el país se ha decidido a ser “serio” y hacer un esfuerzo auténtico por cumplir, aunque sólo fuera parcialmente, con sus obligaciones. De difundirse la certidumbre de que la“clase política”, encabezada por el presidente Kirchner, realmente ha aprendido algo de sus experiencias recientes, las inversiones podrían regresar en cantidades suficientes como para asegurar que la recuperación sea relativamente rápida y la expansión posterior “sustentable”. En cambio, si el gobierno persiste en proclamar al mundo que está resuelto a hacer lo menos posible, ni los argentinos que tienen en el extranjero recursos que según parece superan el monto de la deuda externa, ni los inversores extranjeros se sentirán tentados a arriesgarse a perder su dinero una vez más a manos de políticos que en ocasiones hablan como si a su entender merecen ser despojados.  Desde luego, en tal caso el gobierno podría sacar algún provecho de la indiferencia de los inversores atribuyéndola a su maldad y denunciando las “campañas” de los gurúes de Wall Street, pero sería difícil que las ganancias políticas logradas así llegaran a compensar a la gente por las gravísimas pérdidas económicas que costarían.

De vez en cuando, los kirchnerólogos nos informan que, las apariencias no obstante, el presidente entiende muy bien que la Argentina tendrá que seguir siendo un país capitalista y que por lo tanto es plenamente consciente de la importancia de “los mercados” internacionales. De ser así, sabría que cuanto mayor sea la quita reclamada, peor será la reputación del país y menor será su atractivo desde el punto de vista de los interesados en diversificar sus inversiones. Si la Argentina fuera un Estado fracasado africano, esperar que los acreedores se conformarán con el 15 o el 20% de lo adeudado podría considerarse razonable: al fin y al cabo, los más ya darían por descontado que pedirle más sería totalmente inútil. Sin embargo, ocurre que por sus recursos humanos el país tiene derecho a aspirar a un destino un tanto más promisorio que el de la mayoría de los africanos, razón por la que le convendría que el gobierno se dedicara a probar que la crasa irresponsabilidad de ciertos gobiernos anteriores fue una aberración y que las autoridades elegidas actuales están preparadas para hacer cuanto resulte necesario para probarlo.   


Ya sabemos que tanto el presidente Néstor Kirchner como el ministro de Economía, Roberto Lavagna, son tácticos muy hábiles, duchos en el arte de aprovechar toda oportunidad que surja para entusiasmar a la gente y de este modo agregar algunos puntos más a su capital político. ¿Son buenos estrategas también, hombres que comprenden que una luna de miel maravillosa no constituye una garantía de que no haya graves problemas en los años siguientes? Por desgracia, se dan muchos motivos para dudarlo, entre ellos el supuesto por su costumbre ya instintiva de subordinar virtualmente todo al corto plazo.

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