Montaña rusa bursátil

Tal como están las cosas, la Argentina pierde en momentos de tranquilidad y pierde también en períodos turbulentos.

Por Redacción

Justo cuando el nuevo equipo económico capitaneado por Ricardo López Murphy se ponía a trabajar, los mercados financieros del planeta entero entraron en una zona de turbulencia de la cual muchas personas, empresas y hasta economías nacionales saldrán maltrechas. Para el país y para el gobierno, se trata de una novedad antipática debido a que, por razones comprensibles, en períodos de incertidumbre los más perjudicados suelen ser los más débiles y, a juzgar por lo acaecido en el curso de los años últimos, la Argentina no está en condiciones de aprovechar las oportunidades que se darán en los próximos meses en que inversores desconcertados estarán más que dispuestos a colocar su dinero en aquellos lugares que les parecen a la vez seguros y promisorios. Por estar entre los más pobres y atrasados de los países innegablemente occidentales pero aun así dueño de un sistema financiero relativamente sólido, la Argentina debería de verse incluida en el puñado de «mercados emergentes» que podrían continuar avanzando con cierta rapidez en una época de vacas flacas, pero, por desgracia, la clase política parece resuelta a mantenerla inmovilizada por motivos que en el fondo son corporativos, razón por la cual todos los problemas ajenos nos ocasionan dolores de cabeza.

Si bien es totalmente imposible prever lo que ocurrirá en los mercados financieros mañana, para no hablar de fechas un tanto más alejadas, por ahora cuando menos las caídas abruptas que se han producido últimamente no han provocado demasiada preocupación entre los máximos responsables de las finanzas internacionales. En opinión de los especialistas, tanto la economía norteamericana como la europea son básicamente sanas aunque, al esfumarse muchas fortunas bursátiles, la primera podría encontrarse en graves dificultades debido a las grandes deudas acumuladas por consumidores impacientes. En cuanto a la economía japonesa, si bien está claramente muy enferma, lo ha estado durante tanto tiempo que fuera de su esfera de influencia la repercusión directa del desplome reciente aún no ha sido muy grande. Asimismo, nadie ignora que las pérdidas más espectaculares que se han registrado en Nueva York, Londres y Francfort han sido las sufridas por las empresas de alta tecnología, sobre todo por las vinculadas estrechamente con la Internet, que a comienzos del año pasado se vendían a precios ridículamente elevados. Para sorpresa de pocos salvo, es de suponer, de los inversores mismos, aquella burbuja ha estallado.

Una víctima del colapso de este sector ha sido la idea de que gracias a la informática en los Estados Unidos hubiera surgido una «nueva economía» que, a diferencia de la «vieja», no se vería afectada por las reglas tradicionales. Según sus promotores, la «nueva economía» crecería año tras año a un ritmo impresionante, haciéndose cada vez más productiva sin inflación ni desempleo ni ningún otro problema característico de las economías preinformáticas de antaño. Se trataba de una visión extrañamente similar a la confeccionada por los populistas locales que se habían persuadido de que con un poco de «imaginación» por parte de sus dirigentes al país le sería fácil liberarse de las trabas supuestas por el liberalismo «ortodoxo» aunque, claro está, se basaba en cambios tecnológicos reales, no en la fe ilimitada en el poder de la voluntad popular.

Es posible que la turbulencia actual resulte pasajera y que las grandes bolsas del mundo desarrollado pronto reanuden su ascenso hacia niveles de ganancias más altos. También lo es que la inestabilidad financiera y por lo tanto económica se haga crónica. Sea como fuere, en cualquier caso será necesario que nuestros gobernantes logren hacer de la Argentina un país que pueda recibir inversiones importantes cuando las oportunidades para lucrar en el Primer Mundo sean tan buenas como parecieron un año atrás y que no tenga dificultades para mantenerse a flote en medio de una crisis financiera mucho más tumultuosa que las conocidas hasta ahora. Tal como están las cosas, perdemos en momentos de tranquilidad, porque los países ricos parecen ofrecer mucho más a los inversores ambiciosos, y también en períodos turbulentos porque los cautos nos creen tan poco confiables que el país podría estar entre los primeros en hundirse.