Mucha gente quiere vivir como en la Edad Media
En el siglo XIII, en plena Edad Media, uno de cada dos niños moría antes de cumplir los cinco años. De cada millón de niños nacidos en Europa en 1250 moría medio millón. A nadie le parecía asombroso. Era “natural”. Desde el paleolítico la estadística no había cambiado mucho: la mitad de los niños moría al poco tiempo de nacer. Y siguió así hasta el siglo XIX. Ahí cambió todo. Y hoy en la mayoría de los países lo más común es que, antes de cumplir un año muera sólo un niño de cada cien. ¿Qué fue lo que hizo posible semejante mejora en la expectativa de vida? Entre varias medidas sanitarias e higiénicas, la más importante es que se inventaron las vacunas.
En 1956 hubo una epidemia de polio en la Argentina. No existía vacuna en aquella época. Muchos niños murieron a causa de esa enfermedad. Hoy esa epidemia de 1956 parece una historia de la Edad Media, pero sucedió hace apenas seis décadas. Y justamente parece una historia de otra época porque poco después aparecieron dos vacunas (la Sabin y la Salk) que se aplicaron masivamente a todos los niños argentinos logrando erradicar la polio: desde 1984 no se produjeron más casos en la Argentina.
Sin embargo, algunas enfermedades para las que existen vacunas han regresado. Cada vez se ve más frecuentemente en las guardias pediátricas que llega un niño de un mes (edad a la que aún no puede ser vacunado) con tos convulsa. Desgraciadamente no es raro que ese pequeño muera en menos de 48 horas. Lo más posible es que ese niño se haya contagiado la enfermedad porque su madre decidió no vacunarse durante el embarazo y vive en un ambiente en el que no hay suficientes personas vacunadas contra la tos convulsa como para frenar la circulación de esa enfermedad.
Hace un par de décadas surgió un movimiento internacional que milita en contra de las vacunas. Parece irracional (y lo es), pero no sólo existe, sino que encarnó (y crece) entre sectores importantes de la clase media occidental. Se trata de gente que, a pesar de poseer altos niveles educativos y económicos, cree en teorías conspirativas (y, por lo general, en varias a la vez).
Esas creencias conspirativas no sólo se dan en el campo de la salud. Las últimas intervenciones televisivas de la presentadora Gisela Barreto son apenas una muestra (pero una muestra clara) de que los creyentes en las conspiraciones piensan que existe una conjura mundial para apoderarse de la “buena gente”, imponiéndoles a la vez la vacunación obligatoria, la educación sexual y el respeto por la diversidad (todo lo cual les parece un horror). Los antivacuna detestan la medicina científica porque creen que es un fraude, un mero negocio, y que todo lo que ella dice (en especial sobre las vacunas) es mentira.
Mientras que, por un lado, toda la evidencia científica demuestra que las vacunas lograron erradicar enfermedades terribles como la viruela, por otro lado surge un movimiento cultural que se autodenomina naturalista (y no tiene ninguna evidencia que lo avale), que no sólo se opone a las vacunas sino que en su mayoría se opone a todas las prácticas y remedios que ofrece la medicina científica. Los naturalistas antivacuna sostienen que las enfermedades son formas de aprendizaje que tiene el cuerpo para relacionarse con la naturaleza y que “transitar” la enfermedad es una forma de “crecer”.
El problema es que la vacunación masiva beneficia a toda la sociedad: crea lo que se llama “inmunidad colectiva” (que protege, si se alcanzó un gran número de gente vacunada, incluso a los pocos que no se vacunan). No es un problema de decisión individual: si muchos no se vacunan, no se logra la inmunidad colectiva y las enfermedades erradicadas regresan. El movimiento antivacuna es una muestra clara de cómo algunas decisiones individuales pueden tener un fuerte impacto negativo a nivel social.
En la mayoría de los países hay un calendario de vacunación obligatorio. Y a los que no los cumplen la ley exige castigarlos (y hasta obligarlos a la vacunación de manera compulsiva).
Por lo general no se llega a tales extremos.
Pero el regreso de varias enfermedades que estaban erradicadas obligará a las sociedades a replantearse las medidas a tomar contra los militantes antivacuna.
Es un buen debate el que podría surgir en esta situación: entre la vida civilizada en sociedad y la libertad del individuo.
Los antivacuna detestan la medicina científica porque creen que es un fraude, un mero negocio, y que todo lo que ella dice (en especial sobre las vacunas) es mentira.
Daniel Molina
Datos
- Los antivacuna detestan la medicina científica porque creen que es un fraude, un mero negocio, y que todo lo que ella dice (en especial sobre las vacunas) es mentira.