Multiculturalismo en Colonia
En las sociedades occidentales, la rebelión feminista contra “el patriarcado” ha triunfado; aún quedan algunos focos de resistencia, pero pronto caerán. En otras partes del mundo, en especial las dominadas por el islam, se mantienen firmes los defensores de las viejas jerarquías en que a las mujeres les corresponde un lugar muy humilde. Sería de suponer, pues, que los feministas más aguerridos estarían preparándose para tomar por asalto los bastiones de la supremacía masculina que todavía se dan en África y Asia, pero no quieren atacarlos porque, conforme a la ideología progresista en boga, sólo a un ultraderechista se le ocurriría criticar las costumbres de víctimas del imperialismo congénito del varón blanco. La actitud contradictoria de quienes se sienten indignados por las barbaridades sexistas enquistadas en muchos idiomas, entre ellos el castellano, en que es habitual privilegiar el género masculino en desmedro del femenino, pero que se niegan por principio a protestar contra el sexismo cruel que es rampante en sociedades no occidentales, no podrá sostenerse por mucho tiempo más. A pesar de todos los esfuerzos de los progresistas por minimizar la importancia de las diferencias culturales, la proliferación de enclaves musulmanes en Europa está obligándolos a reordenar sus prioridades. ¿Deberían conceder a algunos vecinos el derecho de tratar a “sus” mujeres como si fueran bienes personales, golpeándolas, mutilándolas e incluso matándolas por ofensas contra el decoro? ¿O deberían informarles que en Europa tal conducta está prohibida por la ley? Para los comprometidos con la libertad de la mujer para hacer cuanto se le antoje con su propio cuerpo y también con el multiculturalismo es un dilema tremendo. Hace apenas una semana, en la noche de fin de año, Colonia y otras ciudades alemanas vieron chocar frontalmente la cultura de la liberación sexual europea contra la musulmana. Centenares de individuos procedentes del norte de África y el Oriente Medio aprovecharon la oportunidad para manosear y, en algunos casos, procurar violar a toda mujer que se puso a su alcance. ¿Y por qué no? Los predicadores les han enseñado que las europeas son personas lascivas, inmorales, que se visten como prostitutas. Parecería que la alcaldesa de Colonia comparte el punto de vista de los atacantes: aconsejó a sus conciudadanas mantener “cierta distancia” de desconocidos y procurar no motivar malentendidos llevando ropa inapropiada. Olvidó que en los círculos progresistas europeos “culpar a la víctima” es inaceptable, razón por la que recibió una lluvia de críticas. Lo sucedido en Alemania pudo preverse. Suecia se ha convertido en “la capital mundial de las violaciones” merced al ingreso de centenares de miles de personas de cultura radicalmente distinta, y algo similar ha ocurrido en el Reino Unido, Noruega y otros países europeos en que, para alarma de sus habitantes, los conflictos más angustiantes están librándose en el ámbito sexual. Para los inmigrantes y sus correligionarios, incluyendo a muchos cuyos antepasados llegaron a su lugar de residencia dos o tres generaciones atrás, las libertades conquistadas por los paladines de los derechos de la mujer son síntomas de decadencia, ya que a su entender subvierten el orden tanto natural como divino. Por extraño que parezca, en este terreno los conservadores más extremos se ven apoyado por quienes, en teoría por lo menos, son sus adversarios más decididos: feministas y otros progresistas que dan prioridad a la lucha contra el imperialismo y por lo tanto están más que dispuestos a aliarse con islamistas. Por lo de la “corrección política”, en la mayoría de los países europeos los medios más influyentes se han acostumbrado a pasar por alto la nacionalidad o el credo religioso de ciertos delincuentes. Han desarrollado una especie de código: cuando los diarios franceses aluden a los estragos provocados por bandas de “jóvenes”, se da por descontado que es cuestión de musulmanes; mientras que en el Reino Unido, para disgusto de los chinos, japoneses e hindúes, el eufemismo de rigor es “asiático”. Sería reconfortante creer que, andando el tiempo, todos terminarían comprometiéndose con la igualdad de género, pero es poco probable que ello ocurra. Si bien parece evidente que sería mucho mejor una sociedad liberada de los viejos prejuicios patriarcales, hay que considerar la posibilidad desagradable de que sea cuestión de una utopía. Puede que la caída precipitada de la tasa de natalidad en los países considerados más avanzados no haya sido consecuencia del triunfo de ideas feministas, ya que no cabe duda de que otros factores han contribuido al fenómeno, pero es comprensible que muchos, en especial aquellos estrategas musulmanes que sueñan con conquistar Europa reproduciéndose con mayor eficacia que los nativos, estén convencidos de que es así. En cierto modo, Angela Merkel les ha dado la razón al reivindicar la política de puertas abiertas con el argumento de que Alemania necesita importar millones de jóvenes de otros países porque la alternativa sería resignarse a que su país se transforme en un asilo de ancianos. Aunque son evidentes las connotaciones sexuales de la invitación así justificada, a “la madre Angela” le habrá desconcertado la voluntad de los recién venidos a tomarlas al pie de la letra, abalanzándose sobre mujeres alemanas desprevenidas para ofrecerles sus servicios. Lo que quieren los progresistas alemanes es que millones de sirios, iraquíes, afganos, turcos y otros se adapten en seguida a todas las normas locales salvo las vinculadas con la procreación, lo que, desde luego, es un contrasentido, ya que lo que quieren los anfitriones es que ayuden a hacer subir cuanto antes la tasa de natalidad. Los experimentos sociales ambiciosos raramente brindan los resultados esperados. No existen motivos para suponer que el emprendido por Angela Merkel resulte ser una excepción. Lo que sucedió hace poco en Colonia y, en escala menor, Hamburgo, Düsseldorf y otras ciudades hace prever que la voluntad de procrear de los inmigrantes, o sea, la característica que los hizo tan atractivos a ojos de demógrafos preocupados por la resistencia de sus compatriotas a reproducirse en cantidades suficientes, sólo servirá para provocar una reacción nativista muy fuerte. Si bien en la actualidad los varones alemanes se destacan por su mansedumbre, a muchos no les gusta para nada permitir que sus mujeres sigan siendo abusadas por “extracomunitarios” que, lo mismo que los combatientes de Estado Islámico, las consideran presas legítimas.
James Neilson
Opiniones