Mundo incierto
Por fortuna, la relación de los mercados bursátiles con la «economía real» es indirecta -de lo contrario, el mundo ya se hubiera precipitado en una depresión sumamente profunda-, pero aun así es preocupante que en períodos muy breves el valor nominal de cantidades ingentes de acciones pueda verse drásticamente reducido, eliminando, aunque sólo fuera pasajeramente, montos superiores al producto anual de muchos países, sin que nadie sepa muy bien por qué. Es lo que sucedió en el mes que acaba de terminar. En Nueva York, Londres, Tokio y, sobre todo, Francfort, los índices cayeron de forma notable. No es que el panorama económico internacional se haya hecho mucho más oscuro de lo que era en agosto ni que la probabilidad de que haya una guerra en Irak haya atemorizado a todos los inversores, sino que por una multitud de motivos la mayoría de los operadores se ha convencido de que en un momento determinado les convendría más vender que comprar, con el propósito, en muchos casos, de aprovechar el alza siguiente. De más está decir que dicha tendencia significa que las reacciones de los mercados siempre son absurdamente exageradas, de ahí las burbujas especulativas gigantescas que proliferaron hace un par de años y los bajones vertiginosos de los meses últimos.
En los países ricos, la turbulencia financiera provocada por la propensión de los inversores a actuar como una manada es considerada tolerable. En países más pobres, de economías más pequeñas, como la Argentina, en cambio, las consecuencias son mucho más graves, contribuyendo a agravar la ciclotimia propia de una sociedad ya habituada a que las etapas de euforia se vean intercaladas entre otras signadas por el pesimismo absoluto. Es que los años de crecimiento rápido que disfrutamos en la década de los noventa se debieron en gran medida a la disponibilidad de mucho dinero y a la voluntad de banqueros y otros de repartir créditos entre los dispuestos a tomarlos. Asimismo, como suele suceder al aumentar sus dimensiones una nueva burbuja financiera, en aquel entonces abundaban los que aseguraban que en adelante todo sería distinto, que ya no se trataba de un ejemplo de lo que el jefe de la Reserva Federal, Alan Greenspan, calificaba de «exuberancia irracional» sino del nacer de un «nuevo paradigma» posibilitado por los avances asombrosos pero nada ficticios de las comunicaciones electrónicas, de suerte que no había razones para la cautela.
Pues bien: a esta altura, es muy fácil criticar a los políticos, funcionarios y economistas que se dejaron engañar por tales previsiones, dando por descontado que las condiciones muy especiales de los años noventa se perpetuarían y acumulando tantas deudas que el país se ha visto aplastado bajo su peso. Con todo, también se equivocaron de forma comparable millones de personas, entre ellas algunos de los empresarios más respetados y mejor remunerados del planeta, además de una hueste de economistas profesionales de las instituciones más prestigiosas. Como muchos han señalado, no hay mucha diferencia entre un argentino que ha perdido su trabajo y sus ahorros debido a los errores cometidos por los políticos locales y el estadounidense que ha sido depauperado a causa de la bancarrota de una empresa colosal como Enron: ambos confiaron en lo que el consenso de aquel momento consideraba incuestionable. Sin embargo, mientras que los así perjudicados constituyen una minoría apenas visible en una economía de las dimensiones de la estadounidense, en la argentina, que apenas equivale a aquella de una ciudad del «primer mundo», conforman la mayor parte de la población.
Gracias a la conducta de políticos como Adolfo Rodríguez Saá y otros que festejaron el default, tanto aquí como en el resto del mundo son muchos los tentados a interpretar nuestra caída en desgracia en términos morales, pero la verdad es que en este sentido los que aportaron al desastre y los que están pagando los costos no son tan diferentes de los ciudadanos de países «normales». Claro, no comprendieron que cuanto más débil sea un país, más conservadores y rigurosos tendrán que ser todos los responsables de manejar sus finanzas, pero esto no quiere decir que hayan sido tan perversos como parecen creer no sólo sus compatriotas sino también los líderes de casi todos los demás países del mundo occidental.