Nacionalismo bobo

Por Redacción

Como el populista austríaco Joerg Haider, el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf espera erigirse en la figura dominante de la política argentina aprovechando los temores de la gente, lo cual ha alarmado a quienes sospechan que es en el fondo un «neonazi», opinión que según parece compartió el actual vicegobernador, Felipe Solá, antes de las elecciones del año pasado. Pero si bien hasta ahora su conducta no ha provocado demasiadas manifestaciones de repudio – el presidente Fernando de la Rúa, tan duro con Haider, lo está tratando como si fuera su mejor amigo -, el propio Ruckauf parece resuelto a convertirse en blanco de protestas internacionales, no por su voluntad indisimulada de colmar de poderes a la «maldita policía» bonaerense sino por su desprecio evidente por los acuerdos comerciales y por los esfuerzos de la Cancillería por mejorar la relación del país con el resto del mundo.

A fin de diferenciarse del gobierno nacional, el cual a su entender debería defender lo nuestro con más ahínco, Ruckauf ha puesto en marcha su propio programa de «compre bonaerense» o, ahora dice, de «compre argentino», y conforme a este esquema acaba de anular por decreto una licitación para jeringas y otros insumos médicos descartables que fue ganada por una empresa taiwanesa, afirmando que no se le ocurriría favorecer a países con «mano de obra esclava», otorgando el contrato a una empresa debidamente argentina que lo había presionado amenazando con trasladarse al Brasil. Pues bien, si Ruckauf cree que Taiwán es un país de esclavos es un ignorante que, es de suponer, basa su interpretación de la realidad en nada más que prejuicios racistas: el ingreso per cápita taiwanés es decididamente superior al argentino. En cuanto a su poder de compra casi lo duplica y es mucho más alto que el español. Además, no es ningún secreto que la sociedad taiwanesa es llamativamente más equitativa que la argentina.

Puede que la actitud de Ruckauf le merezca la aprobación de algunos empresarios y sindicalistas bonaerenses, pero plantea un peligro tanto a su propia provincia como al país en su conjunto. Por cierto, los inversores extranjeros, sobre todo si provienen de Asia, tienen motivos de sobra para abandonar un territorio regido por un gobernador que ya se ha mostrado plenamente capaz de modificar las reglas por motivos demagógicos. Como quiera que Buenos Aires es la provincia más poblada del país por un margen muy amplio, el comportamiento de este político tan ambicioso como inescrupuloso no puede sino ocasionar dificultades para el gobierno nacional que está tratando de convencer a los inversores de que los líderes actuales de la Argentina son personas confiables y sensatas.

Además de ensañarse con los taiwaneses, Ruckauf ha emprendido una ofensiva contra el Mercosur, instando al gobierno a denunciar el Tratado de Asunción con el propósito de refundar la asociación con «reglas nuevas» que, imagina, serían netamente favorables a los empresarios menos competitivos de la Argentina. Por fortuna, por lo pronto el gobierno delarruista no ha elegido complacer a su «amigo» asumiendo una postura similar. No es que el Mercosur sea intocable, es que las razones para dudar de su conveniencia son diametralmente opuestas a las esgrimidas por Ruckauf, por tratarse de un bloque proteccionista que, lejos de estimular a los empresarios argentinos a modernizarse, sólo ha servido para que recayeran en la vieja costumbre de intentar defenderse con medidas políticas contra las consecuencias de su propia inoperancia. Asimismo, si las empresas argentinas ni siquiera son capaces de competir con las brasileñas, las perspectivas económicas del país continuarán siendo muy pobres a menos que logre importar algunas dosis de eficiencia desde Taiwán, país que sin contar con más que una pequeña fracción de las ventajas naturales de la Argentina ha sabido crear una de las economías más pujantes del planeta y brindar a sus habitantes un nivel de vida que, gracias a dirigentes como Ruckauf, el grueso de los bonaerenses nunca disfrutarán.