Natividad Vargas: los recuerdos de la pulpera histórica de Las Grutas

A los 82 años sus hijos ya no la dejan salir a recolectar pulpos a la costa cuando baja la marea, pero ella los vende en el puesto de la séptima bajada. Una vida de sacrificios de cara al mar.




Natividad repasó su vida mirando antiguas fotos en la entrevista con Río Negro. Foto: Martín Brunella.

Natividad repasó su vida mirando antiguas fotos en la entrevista con Río Negro. Foto: Martín Brunella.

Ya no tiene papás que la manden, pero desde que sus hijos tratan de convencerla de que se quede un poco más quieta Naty no deja de pensar en sus primeros años. “Antes tenían otras creencias” dice. Y, desde el barullo de almohadas que le ofrecieron para reconfortar su espalda, evoca esos tiempos en los que la tuvieron metida adentro de un envoltorio de tela, que no sólo sujetaba sus pañales, sino que afirmaba sus brazos, que quedaban pegaditos a su cuerpo.

Por estos días reposa por el reuma. "Y si quiero bajar al mar mis hijos se retoban", se ríe. Foto: Martín Brunella.

“No te podías mover, porque creían que si no te envolvían así te quedabas chueco” se ríe la mujer.  “Cuando al final me sacaron toda esa tela y me dejaron caminar, lo primero que hice fue meterme en el mar -recordó- Que es lo mismo que haría ahora, si el reuma y la diabetes no jorobaran tanto” remató, estallando en carcajadas. 

Naty es Natividad Vargas. La bautizaron así porque nació un 25 de diciembre, y en poco menos de dos meses cumplirá 83 años. “Pulpeó” hasta los 80. Es decir, se dedicó a la recolección costera de los tradicionales pulpitos de la zona, que se capturan usando un gancho con el que los sacan de entre las piedras, donde se agazapan cuando comienza a bajar la marea. Una técnica ancestral, que la mujer reconoce que aprendió “mirando”.  

Una foto tomada en el 2002.

Ahora, usa toda su simpatía para vender las capturas que, en el verano, obtiene su familia. Las ofrece en su puesto de la séptima bajada, que está ubicado delante de la vivienda que comparte con su esposo y algunos de sus hijos. 

“Vender y estar ahí me dejan, porque saben que me gusta compartir con la gente que me busca para charlar-comenta, en alusión a los suyos-, Pero si quiero bajar a la playa, se retoban” dice, mientras vuelve a reír. 

En este carro de los tíos iba toda la familia a pulpear. Foto: Martín Brunella.

Al ratito comienzan a circular las fotos viejas, y Naty se detiene en una imagen que muestra la jardinera de sus tíos, ese carro arrastrado por un caballo que los llevaba hasta las playas donde pasaban largas horas a puro ‘pulpeo’. 

“Todo el año era trabajo. De mis seis hermanos me quedan dos. Mi papá era ‘duro’ y no quería mandarnos a la escuela, por eso de chica yo no tenía noción de los meses ni de los días. Cuando empezaba el calor pulpeábamos, armábamos una enramada en el campo. Sobre la tierra poníamos postes, y las ramas más tupidas servían para hacer de paredes y de techo. Ahí vivíamos. Todo era ir y venir buscando pulpos, limpiándolos para venderlos. En invierno, lo que buscábamos era leña. El frío de esos tiempos no me lo olvidaré más. No era como el de ahora. Una noche casi me ‘agarroté’ de lo helado que estaba” recordó Naty. 

Otros tiempos. La sonrisa de Naty en el álbum familiar.

Su habilidad para trabajar el pescado y los mariscos hizo que, al formar pareja y tener a sus primeras hijas, la mujer consiguiera trabajo en una planta pesquera. Pero los sinsabores de un vínculo que fue más violento que afectivo la alejaron por un tiempo de Las Grutas. Puerto Madryn, en Chubut, fue su nuevo destino, y allí conoció a Atilio, el “compañero de su vida”.  

Con él descubrió la ternura, y supo que el amor podía tener un lenguaje diferente. “Igual, al principio no quería saber nada. Había sufrido tanto con el papá de las nenas que no me animaba a confiar” relató. Pero, al final, lo hizo.  “Y tanto me confié que nos casamos” rió, mirando con un guiño a su esposo, que sigue la charla a la distancia-  Atilio adoptó a mis hijas y llegaron 3 hijos más. Y ahora se sumaron los nietos” enumeró, emocionada. En 1978 regresó al balneario, y ya nadie la movió de estas playas. 

De momento, sus días pasan tranquilos entre sus afectos y los quehaceres de la casa. “A cada uno le toca lo que le toca. -sentenció- A mí, Dios decidió ponerme junto al mar. Y acá me quedaré, hasta que Él lo decida. Lo bueno es que soy fuerte, y tengo cuerda para rato” concluyó, risueña. 


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