No es eterna

Redacción

Por Redacción

Siempre y cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no cambie de opinión en los meses próximos, su período en el poder terminará definitivamente en diciembre del 2015. En el transcurso de aquel discurso maratónico que pronunció el viernes ante la Asamblea Legislativa declaró muerto el proyecto de los militantes del movimiento que la acompaña de reformar la Constitución a fin de permitirle prolongar por muchos años más su permanencia en la Casa Rosada. Aunque Cristina aseguró que la decisión que anunció serviría para “tranquilizar” a los preocupados por dicha eventualidad, lo más probable es que agite tanto a los opositores como a los oficialistas que, como es natural, ya estarán pensando en las elecciones del 2015. Si bien se había consolidado últimamente el consenso de que el gobierno no estaría en condiciones de modificar la Constitución para permitir la re-reelección de Cristina, la posibilidad, por remota que fuera, de que lograran hacerlo, ha sido un factor que contribuía a la estabilidad política. Entre otras cosas, obligaba al gobernador bonaerense Daniel Scioli a postergar el inicio de su propia campaña presidencial por temor a las consecuencias económicas y políticas de lo que los kirchneristas más fanatizados tomarían por una manifestación de deslealtad traicionera hacia Cristina. Hace varios meses, Scioli dijo que querría ser un candidato presidencial con tal de que Cristina no intentara postularse. Pues bien, aquel inconveniente ha sido eliminado. Por ser tan caudillista y tan personalista el orden político nacional, virtualmente todos los presidentes, incluyendo a uno tan democrático como el radical Raúl Alfonsín, han caído en la tentación de insinuar que, dada la magnitud de los cambios que necesitarán emprender para poner fin a la larga decadencia nacional, sería mejor para el país que quedaran en el poder hasta las calendas griegas. Actuaban así no sólo por ambición sino también por entender que, de tener su gestión una fecha de vencimiento determinada, sus partidarios comenzarían a pensar más en su propio futuro que en las prioridades del gobierno, para procurar vincularse a tiempo con precandidatos a su juicio promisorios. La presidenta, pues, acaba de exponerse al riesgo de verse transformada prematuramente en un “pato rengo”, para emplear la expresión norteamericana, es decir, en una mandataria que, en la fase final de su gestión, se ve abandonada por muchos que habían jurado servirle con abnegación por suponer que era factible que quedara en el poder después de diciembre del 2015. Aunque todos coinciden en que por tratarse de una fecha todavía lejana, sería absurdo ponerse en campaña, la realidad es que dos años son pocos para construir una candidatura convincente, sobre todo una para un país como la Argentina en una época tan incierta como la actual. Para complicar aún más la situación, Cristina no cuenta con un sucesor previsible, en buena medida porque la subordinación absoluta que exige a sus acompañantes le ha impedido rodearse de personajes que podrían hacerle sombra. Lo mismo que otros presidentes, insiste en que su propio “proyecto” supone cambios estructurales profundos y que, a pesar de los esplendores de una década que según ella se ha visto colmada de éxitos rotundos, serían necesarios muchos años más de kirchnerismo para que el país termine poniéndose a su altura. Sin embargo, como ella comprendería mejor que nadie, una “revolución” tan amplia como la que dice estar llevando a cabo resultará efímera a menos que surjan nuevos líderes. Bien que mal, en el kirchnerismo no los hay. Por motivos penosamente evidentes, el vicepresidente Amado Boudou no puede aspirar a tomar el lugar de su jefa. Tampoco reúnen las condiciones necesarias otros integrantes del elenco oficialista. Y, lo que es peor aún para los comprometidos con el “modelo” reivindicado por Cristina, la inflación que propende a acelerarse, la falta de inversiones, la puja salarial y el estancamiento de diversos sectores parecen preanunciar una etapa económica muy pero muy difícil, de suerte que aun cuando, para la sorpresa general, un kirchnerista consiguiera diferenciarse de los demás lo bastante como para ser considerado un presidenciable auténtico, tendría que defender lo hecho por los responsables de provocar una crisis económica dolorosa.


Siempre y cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no cambie de opinión en los meses próximos, su período en el poder terminará definitivamente en diciembre del 2015. En el transcurso de aquel discurso maratónico que pronunció el viernes ante la Asamblea Legislativa declaró muerto el proyecto de los militantes del movimiento que la acompaña de reformar la Constitución a fin de permitirle prolongar por muchos años más su permanencia en la Casa Rosada. Aunque Cristina aseguró que la decisión que anunció serviría para “tranquilizar” a los preocupados por dicha eventualidad, lo más probable es que agite tanto a los opositores como a los oficialistas que, como es natural, ya estarán pensando en las elecciones del 2015. Si bien se había consolidado últimamente el consenso de que el gobierno no estaría en condiciones de modificar la Constitución para permitir la re-reelección de Cristina, la posibilidad, por remota que fuera, de que lograran hacerlo, ha sido un factor que contribuía a la estabilidad política. Entre otras cosas, obligaba al gobernador bonaerense Daniel Scioli a postergar el inicio de su propia campaña presidencial por temor a las consecuencias económicas y políticas de lo que los kirchneristas más fanatizados tomarían por una manifestación de deslealtad traicionera hacia Cristina. Hace varios meses, Scioli dijo que querría ser un candidato presidencial con tal de que Cristina no intentara postularse. Pues bien, aquel inconveniente ha sido eliminado. Por ser tan caudillista y tan personalista el orden político nacional, virtualmente todos los presidentes, incluyendo a uno tan democrático como el radical Raúl Alfonsín, han caído en la tentación de insinuar que, dada la magnitud de los cambios que necesitarán emprender para poner fin a la larga decadencia nacional, sería mejor para el país que quedaran en el poder hasta las calendas griegas. Actuaban así no sólo por ambición sino también por entender que, de tener su gestión una fecha de vencimiento determinada, sus partidarios comenzarían a pensar más en su propio futuro que en las prioridades del gobierno, para procurar vincularse a tiempo con precandidatos a su juicio promisorios. La presidenta, pues, acaba de exponerse al riesgo de verse transformada prematuramente en un “pato rengo”, para emplear la expresión norteamericana, es decir, en una mandataria que, en la fase final de su gestión, se ve abandonada por muchos que habían jurado servirle con abnegación por suponer que era factible que quedara en el poder después de diciembre del 2015. Aunque todos coinciden en que por tratarse de una fecha todavía lejana, sería absurdo ponerse en campaña, la realidad es que dos años son pocos para construir una candidatura convincente, sobre todo una para un país como la Argentina en una época tan incierta como la actual. Para complicar aún más la situación, Cristina no cuenta con un sucesor previsible, en buena medida porque la subordinación absoluta que exige a sus acompañantes le ha impedido rodearse de personajes que podrían hacerle sombra. Lo mismo que otros presidentes, insiste en que su propio “proyecto” supone cambios estructurales profundos y que, a pesar de los esplendores de una década que según ella se ha visto colmada de éxitos rotundos, serían necesarios muchos años más de kirchnerismo para que el país termine poniéndose a su altura. Sin embargo, como ella comprendería mejor que nadie, una “revolución” tan amplia como la que dice estar llevando a cabo resultará efímera a menos que surjan nuevos líderes. Bien que mal, en el kirchnerismo no los hay. Por motivos penosamente evidentes, el vicepresidente Amado Boudou no puede aspirar a tomar el lugar de su jefa. Tampoco reúnen las condiciones necesarias otros integrantes del elenco oficialista. Y, lo que es peor aún para los comprometidos con el “modelo” reivindicado por Cristina, la inflación que propende a acelerarse, la falta de inversiones, la puja salarial y el estancamiento de diversos sectores parecen preanunciar una etapa económica muy pero muy difícil, de suerte que aun cuando, para la sorpresa general, un kirchnerista consiguiera diferenciarse de los demás lo bastante como para ser considerado un presidenciable auténtico, tendría que defender lo hecho por los responsables de provocar una crisis económica dolorosa.

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