No es justo

Por Redacción

El disparador

“¡No es justo! Mamá, ¡no es justo!” Martina tenía seis años cuando, en medio de una pelea con su hermanito, se quejó de un reto que consideró arbitrario. Su progenitora, tras advertirle algo, la mandó de un grito a su habitación. Llorando, lo aceptó.

Con los años, aprendió a convivir con lo que le parecía injusto, aunque en su interior le costaba digerirlo. En diferentes situaciones, le volvía la misma sensación. “No es justo perder este partido, jugué mejor y mi tenis es superior”. “No es justo que el profesor me haya hecho esa pregunta, sobre el único tema que no estudié”. “No es justo que me sancionen sólo a mí, todos hicieron lío”.

Martina sentía que la injusticia la perseguía como una sombra. Se enamoró y creyó que esa primera relación sería para toda la vida, hasta que él le dijo que no quería seguir: “Esto no es justo”, sufrió. Mucho más la decepcionó una amiga a la que ella adoraba: “¿Cómo puede ser que ella, que me juró estar eternamente de mi lado, me robe ahora al chico que me gusta?”.

Después de terminar la escuela, estudió licenciatura en Historia. Le encantó ir a la universidad, aunque la carrera le generó sufrimiento: para ella, no eran justas las guerras, las invasiones, las matanzas. Tampoco las epidemias, a las que solía encontrarles una similitud: los que más las sufrían eran los pobres. Y la entristeció la idea de que parte de la historia se seguía repitiendo: muchísima gente aún que se muere de hambre, el poderoso sigue oprimiendo al débil, persiste la brutalidad humana de matarse entre sí, la corrupción en algunos ámbitos se naturalizó…

Ahora, pisando los 40 años, Martina siente que su vida es agradable. Estableció una relación de pareja que le hace bien, tuvo dos hijos que ama, consiguió un trabajo que le gusta, se rodeó de gente que aprecia y pudo hacer viajes que deseaba. Digamos, que está más que conforme con su desarrollo personal y profesional.

Pero algo no cambió. Mantiene una mirada severa. La injusticia la percibe en cada rincón y no puede evitar cierta alteración cuando un auto no se detiene para que alguien cruce la calle; cuando una embarazada viaja de pie porque no le dan el asiento; cuando en la oficina tiene que hacer más tareas que algunos compañeros que cobran más; cuando a su alrededor ve privilegios de los que ella no goza porque provienen de una cuestión de afinidades…

También la fastidia ser la que levanta el dedo, algo que casi no puede eludir. Se enfrenta, una y otra vez, a la misma pregunta: “¿Por qué tengo que ser yo la que se queje, la que proteste y la que intervenga, si en realidad la mayoría de las veces los demás también se dan cuenta de lo mismo que yo? ¿Es justo que sea yo la que tenga que decirlo?”.

Hasta que en un momento surge siempre la voz de su madre, y siente más alivio que en la infancia. Como si aún la tuviese a su lado mirándola, se le hace presente gritándole lo mismo que le había advertido aquella vez, cuando tenía seis años: “Martina, ¿y a vos quién dijo que iba a ser justo? ¿Acaso te crees que lo que vos hacés va a ser justo para todos los demás?”.

Juan Ignacio Pereyra


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