No es un chiste

Redacción

Por Redacción

Haciendo gala de aquella mezcla de ingenuidad y truculencia que lo caracteriza, el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf nombró al carapintada Aldo Rico ministro de Seguridad de su provincia con la esperanza de brindarle una suerte de «choque de confianza», al asegurarles a los habitantes que en adelante su protección estaría en manos de un auténtico duro. Como era de prever, la maniobra genial ideada por Ruckauf ha resultado ser un fiasco. Desde que asumió su papel, Rico no ha dejado de actuar como lo que es, un pobre hombre que se sabe incompetente y que es incapaz de entender que prepotencia no equivale a autoridad. Aunque a Ruckauf debería serle evidente que un individuo que no está en condiciones de controlarse a sí mismo difícilmente podría cumplir una función que exige no sólo «dureza» sino también inteligencia y un grado excepcional de equilibrio mental, calculó que el repudio de los preocupados por la idoneidad se vería ampliamente compensado por el respaldo que le darían los sectores más primarios de la sociedad. Dicho de otro modo, el destino final del personaje dependerá de las encuestas, no de lo que efectivamente haga en el transcurso de su gestión.

El «error» más reciente de Rico consistió en acusar al presidente Fernando de la Rúa de emplear a un conocido matón -y ex miembro de su propio círculo íntimo- que se llama Carlos «el Indio» Castillo como custodio en base de una foto borrosa. Finalmente convencido de que se había equivocado, Rico intentó librarse del asunto pidiendo disculpas al presidente en una carta patética que culminó con una alusión a «la Virgen de Luján, patrona de los argentinos», que sólo le mereció el desprecio de los que comprenden muy bien que el problema fundamental no es la adicción del ex militar a los «bloopers» sino el hecho de que a un político muy importante se le haya ocurrido designarlo ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires.

Sin embargo, antes de que Rico procurara atacar la figura del presidente, éste se mostró más que dispuesto a congraciarse con Ruckauf, pasando por alto no sólo la agresividad cínica de su campaña electoral, sino también el escaso respeto por los valores democráticos que había manifestado al hacer de un ex golpista el máximo responsable de una fuerza policial notoria por su afición a la violencia y por la corrupción de sus jefes. Lejos de acusar recibo de la advertencia así supuesta, optó por tomarlo por una «anécdota» sin importancia. Es de suponer que ya ha comprendido las dimensiones de su error. Aunque las circunstancias lo obligan a convivir con Ruckauf, a De la Rúa no le convendría en absoluto tratarlo como un «amigo» que está colaborando para que su presidencia resulte un éxito. Lo entienda o no, el gobernador bonaerense es su adversario más temible, un operador ambicioso que hará lo posible por compartir la popularidad actual del presidente para darle la espalda en cuanto las encuestas indiquen que la «luna de miel» que está disfrutando con la opinión pública ha llegado a su fin.

Los «errores» perpetrados por Rico en sus primeros meses en su cargo son menores en comparación con el cometido por Ruckauf al nombrarlo, y sin duda el gobernador ya se ha dado cuenta de que la presencia en su gabinete de un inconsciente podría continuar ocasionándole molestias de todo tipo. Sin embargo, separarse de Rico no le resultará tan fácil: además de ser reacio a confesar que es incapaz de elegir a colaboradores que resulten ser confiables, Ruckauf tendrá buenos motivos para temer que, despechado, el ex carapintada se vuelva en su contra formulando denuncias tan graves como la dirigida hacia De la Rúa. Para colmo, a menos que decida recurrir a alguien como el ex coronel Seineldín o el ex almirante Massera, es poco probable que a Ruckauf le sea dado encontrar a otro sujeto con una imagen tan «dura» como la ostentada por Rico, lo cual plantearía el riesgo de que a ojos de aquellos bonaerenses que tanto aprecian su guerra sin cuartel contra la delincuencia parezca un fracaso rotundo, juicio que no podría sino contribuir a desbaratar su proyecto presidencial.


Haciendo gala de aquella mezcla de ingenuidad y truculencia que lo caracteriza, el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf nombró al carapintada Aldo Rico ministro de Seguridad de su provincia con la esperanza de brindarle una suerte de "choque de confianza", al asegurarles a los habitantes que en adelante su protección estaría en manos de un auténtico duro. Como era de prever, la maniobra genial ideada por Ruckauf ha resultado ser un fiasco. Desde que asumió su papel, Rico no ha dejado de actuar como lo que es, un pobre hombre que se sabe incompetente y que es incapaz de entender que prepotencia no equivale a autoridad. Aunque a Ruckauf debería serle evidente que un individuo que no está en condiciones de controlarse a sí mismo difícilmente podría cumplir una función que exige no sólo "dureza" sino también inteligencia y un grado excepcional de equilibrio mental, calculó que el repudio de los preocupados por la idoneidad se vería ampliamente compensado por el respaldo que le darían los sectores más primarios de la sociedad. Dicho de otro modo, el destino final del personaje dependerá de las encuestas, no de lo que efectivamente haga en el transcurso de su gestión.

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