No hay planeta B



El viernes, unos cuatro millones de jóvenes tomaron las calles en decenas de ciudades de todo el mundo, incluyendo nuestro país, en una de las mayores protestas de la historia contra el cambio climático, un hecho que sirve para recordar los serios problemas ambientales que padecen Argentina y la región, que pese a su creciente importancia han tenido un limitado espacio en la agenda política cotidiana y en el debate de este año electoral.

Convocados por el ejemplo de la adolescente sueca Greta Thunberg y bajo la consigna “no hay planeta B”, verdaderas multitudes de estudiantes abandonaron sus clases para marchar contra el calentamiento global y exigir acciones concretas a los gobernantes del mundo que se reunirán este lunes en Nueva York para la Cumbre del Clima, en donde se revisarán los avances de los compromisos adoptados en 2015 en el Acuerdo de París, debilitado por el retiro de Estados Unidos y el poco compromiso de numerosos países industrializados con las metas allí acordadas.

Según el Panel Mundial del Cambio Climático, el mundo se ha calentado alrededor de 1°C desde el inicio de la Revolución Industrial y los científicos atribuyen más del 90% del aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero a la quema de combustibles fósiles y otras actividades humanas. Ello ha derivado en aumento en los niveles del mar, y cambios ambientales como olas de calor, sequías prolongadas, tormentas fuertes e inundaciones inusuales.

Aunque nuestro país es responsable por apenas el 0,88% del total mundial de las emisiones, ha experimentado un continuo crecimiento en este ítem en los últimos 20 años. Y está padeciendo algunas de sus consecuencias, como el deshielo de glaciares, inundaciones, sequías en el noroeste del país y la elevación de la temperatura promedio diaria.

Además, se agregan agresiones domésticas al medio ambiente, entre ellas la contaminación de sus fuentes de agua, la creciente deforestación de sus principales áreas boscosas tanto en el norte como en el sur del país por incendios y el avance agrícola, la contaminación por agroquímicos y una deficiente gestión de los residuos industriales y domésticos (se estima que hay más de 3.000 basurales a cielo abierto en todo el país), entre otros. En este último ítem destaca la polémica por el reciente decreto 591/2019 que flexibiliza el ingreso de residuos potencialmente peligrosos al país.

Un reciente informe de este diario relevó los principales problemas de contaminación en nuestra región, algunos de larga data y que se han agravado ante la falta de planificación y la ausencia de controles de los gobiernos. Entre ellos los basureros al aire libre y con bajo nivel de procesamiento de residuos, con el de Bariloche como caso más emblemático, pero no único. Los planes para concretar plantas regionales de tratamiento avanzan lentamente, en medio de restricciones presupuestarias.

Los ríos Limay, Negro y Colorado continúan sufriendo el vertido directo de desechos cloacales, al igual que los lagos Nahuel Huapi y en Las Grutas en la costa Atlántica, en las dos ciudades turísticas más importantes de la provincia. El “vertido cero” promocionado por los gobiernos es todavía una posibilidad lejana mientras las fuentes de agua potable y recreación se contaminan.

El medioambiente regional también ha sufrido las consecuencias de los derrames y malos manejos de los residuos de la industria petrolera, especialmente en Neuquén, y de los agroquímicos y los desechos de la industria pesquera, en Río Negro.

Nuestro país tiene una Constitución y leyes de avanzada en cuanto a la preservación ambiental. Sin embargo los entes administrativos y de control, al igual que la Justicia, han fallado lamentablemente para regular el crecimiento, aplicarlas y sancionar su transgresión, ya sea por desidia o complicidad.

La realización de la cumbre climática de la ONU y la movilización de los jóvenes debieran servir para actualizar estos debates y tomar conciencia sobre modelos productivos depredatorios de nuestros recursos naturales, esquemas de consumos insostenibles, el despilfarro energético y la falta de planificación para un desarrollo sustentable. Nuestra salud, calidad de vida, y en definitiva el futuro, dependen de ello.


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