Noches interminables

Columna semanal

Por Redacción

LA PEÑA

Nos tocó pasar noches enteras con las piernas encogidas. Era incómodo, claro que era incómodo, pero no quedaba otra, era cuestión de apechugar porque en ese tiempo la advertencia tenía sentido.

En días de mucha actividad, cuando no hacíamos caso, cuando mentíamos, cuando hacíamos macanas, la clásica era que nuestro padre nos dijera: esta noche te van a tirar de las patas si te portás mal.

Mientras había luz de día la advertencia no surtía efecto, pero bastaba conque empezara a oscurecer para empezar a tener miedo. Claro, quien nos tiraría de las patas, tal cual estaba instalado en el pueblo, sería nada menos que el diablo, o peor que eso, drácula y eso era más que miedo, era casi pánico. Y en el mejor de los casos, si ese día había algún muerto en el pueblo, la posibilidad de que nos tiraran se ampliaba también a lo que el difunto pudiera hacer.

Cuando advertíamos a tiempo que eso podía suceder, cambiábamos comportamientos, nos portábamos un poco mejor y podíamos dormir con las piernas estiradas.

Es que suponíamos que con las piernas encogidas el diablo no llegaría a tirarnos de los pies, aunque el dicho y la creencia le decían tirar de las patas.

En el norte del país las creencias populares están tan instaladas que a veces hasta creíamos que podía suceder. Tampoco era cuestión de confiarse demasiado.

Por eso mismo, la mejor alternativa para evitar el tironeo era encoger las piernas, aunque al día siguiente nos despertáramos doloridos. Ocurría que la imaginación volaba y eso nos hacía temer que el diablo no sólo nos tiraría de las patas sino que también nos llevaría con él, con todo lo que eso significaba.

El calor en mi pueblo mandaba de noche y de día y eso obligaba a dormir con las ventanas abiertas, todo lo que fuera posible para que algo de aire aliviara las elevadas temperaturas.

Claro, en días de advertencias no sólo queríamos las ventanas cerradas, sino también nos tapábamos hasta la cabeza, aunque nos estuviéramos derritiendo.

Mi madre, que como buena madre, solía darse una vuelta por nuestra habitación en la noche, nos encontraba durmiendo con las ventanas cerradas y de inmediato las abría. Si la escuchábamos hasta osábamos argumentar que teníamos frío para que las dejara cerradas. Era pleno verano.

Si no la escuchábamos, hasta imaginamos que había sido el diablo quien había abierto la ventana, que efectivamente nos había tirado de las patas pero ni lo habíamos advertido.

Hasta que un día tomamos coraje y dejamos las ventanas abiertas de par en par, apenas una cortina nos separaba de la noche, de la oscuridad, del diablo mismo.

Pero nos despertamos a media noche con una brisa que hacía mover las cortinas, movía los árboles y generaba ruidos que cuanto menos eran inoportunos para una noche de miedo.

Ahí sí que no alcanzaban ni las sábanas para tapar tanto miedo. La cuestión era dormirse, porque una vez dormidos todo pasaba a segundo plano. Y ni el conteo de ovejitas ni ninguna otra estrategia infantil servían para calmar tanto susto.

Si eso ocurría en una noche de tormenta, el temor se multiplicaba, era muchísmo más grande, porque cualquier trueno o relámpago se asociaba de inmediato a la imaginación. Era casi como el aviso de que algo terrible como el diablo o el muerto de esos días nos hacían una visita.

Al final, alcanzó conque tuviéramos un poco más de adolescencia para darnos cuenta que nada de eso era posible y que no existía quien nos tirara de las patas. Pero nadie, absolutamente nadie nos quita tantas noches de miedos y de piernas encogidas.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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