Nos criamos juntos
Columna semanal
LA PEÑA
Esas salidas eran sinónimo de libertad, ni más ni menos que eso, eran la puerta abierta para ir a jugar, eran el disfrute pleno de nuestra infancia.
Así nos criamos muchos en este país, así vivimos la infancia millones de argentinos que entendeiron que en las plazas o en los poterros estábamos tan seguros como en casa. Así lo veían nuestros padres, así lo entendían, porque ni siquiera avísamabos dónde íbamos, simplemente salíamos y cada uno en cada casa sabía dónde encontrarnos.
Eran años de una Argentina distinta a la de hoy, claro, con menos gente, con menos hechos delictivos, era una Argentina con menos vehículos, pero con más confianza en el otro. Eran tiempos en que no se desconfiaba de cualquiera que pasaba cerca de nosotros. Así llegábamos a la plaza o al potrero, sabiendo que ese era nuestro lugar y que no había razones para estar preocupados. Un grito a la distancia, para los que vivíamos cerca, era suficiente para saber que era hora de comer o el tiempo de la merienda con el incomparable mate cocido con yerba suelta y pan con manteca y azúcar.
¿Qué pasó para que eso cambiara?. Pasaron muchos años, muchos gobiernos, pasaron tantas cosas que uno necesitaría varias columnas para explicarlas, pero básicamente perdimos la confianza en el otro, perdimos la paz que nos daba saber que nuestros hijos, ahora con nosotros en el rol de padres, estaban en la plaza, en el potrero. Sin paredes ni puertas, eran un ámbito casi exclusivo de los niños donde no había más peligro que una caída o alguna pelea por enojos de un partido de fútbol.
Ir a la cancha, o hacer una pista para las bicis, implicaba volver con mucho hambre, arrasar con todo en casa y no dejar ni las migas del pan. Y siempre con invitados, no venían todos a merendar a casa, pero siempre alguno se sumaba cuando hacíamos la pausa o el entretiempo, merendábamos y de nuevo a complicar. El único freno que podía existir tenía que ver con algún mandado del momento, o con tareas de la escuela. De manera que al que le tocaba, volaba para cumplir con el pedido y volvía a jugar.
Es que la cancha, el potrero y la plaza del pueblo eran los lugares que solíamos frecuentar. Si no nos encontraban en esos tres sitios ahí sí debían preocuparse. Pero siempre estábamos, salvo que se nos ocurriera alguna travesura que estaba fuera de programa.
La plaza del pueblo era cargada de sombra, la contracara de la cancha de la iglesia o del potrero, de manera que según lo que estuviéramos dispuestos a hacer era la elección. En la plaza, cargada de árboles añejos, podíamos darle rienda suelta a las bicicletas, ahí había caminitos inigualables para andar y en las siestas, muchas de ellas con 40 o más grados de calor, no había gente que se interpusiera en el camino.
La cancha del cura, como solíamos llamarle a la que estaba pegada a la iglesia del pueblo era de piso de mosaicos, pero con un poco de calor era imposible jugar ahí y menos caer al piso porque directamente nos levantaban con espátulas del piso. De manera que donde más calor hacía jugábamos de mañana si no estábamos en la escuela, a la siesta en la plaza y a la oración, hora en la que la gente va a misa, cuando todavía no es la noche, pero se termina la tarde, jugábamos en la cancha del cura porque los mosaicos estaban un poco más fríos.
Eso es lo que se perdió, no tanto en los pueblos, pero sí en las ciudades, y en cierto modo implica perder la libertad por cuidarse. Qué nos pasó será materia de análisis más profundo, pero esas sanas costumbres, se están perdiendo. Ya no estamos seguros en ningún lado. Que vuelvan las plazas, los potreros, que vuelva la diversión sin límites, porque nos criamos juntos, porque se extraña.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar