Nuestros socios estratégicos
Según el secretario de Comercio, Augusto Costa, la visita reciente al país del presidente ruso Vladimir Putin y la llegada inminente de su homólogo chino Xi Jinping, además de “la participación en Brics” que nos atribuye, muestran que, lejos de encontrarse aislada o ser un “paria internacional”, la Argentina forma parte de “todo un bloque”. El funcionario, cuyas palabras reflejaban la opinión imperante en el gobierno kirchnerista, pudo haber agregado que la Argentina es miembro del G20 y ya es un “socio estratégico” de Rusia mientras que podría serlo de China también pero, claro está, los presuntos éxitos diplomáticos a los que aludía no sirven para mucho a menos que tengan consecuencias concretas positivas. De todos modos, puesto que el gobierno de Putin se siente tan “aislado” como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, si bien por motivos muy distintos, ya que en el caso del ruso se trata de la reacción norteamericana y europea frente a la anexión de Crimea y el apoyo paramilitar brindado por Moscú a los secesionistas de Ucrania oriental, mientras que la Argentina se ha visto marginada de los mercados de capital internacionales por razones netamente económicas, es tal vez natural que los dos gobiernos hayan querido fortalecer los vínculos bilaterales. Sea como fuere, si bien por ahora Rusia cuenta con recursos financieros importantes merced a las exportaciones de gas, no está en condiciones de sustituir a Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón como fuente de inversiones, ya que, lo mismo que la Argentina, ha entrado en una etapa recesiva. Los Brics (Brasil, Rusia, India y China, más Sudáfrica) no conforman “todo un bloque”. Se trata de un conjunto de países que, opinó en el 2001 un economista inglés de la financiera Goldman Sachs, desempeñarían un papel predominante en el mundo a mediados del siglo actual, lo que ya parece poco probable. Con la excepción de China, sus integrantes han dejado de crecer a un ritmo superior al anotado por Estados Unidos y algunos países europeos y todos enfrentan grandes dificultades sociales, políticas y, en Rusia, demográficas. Puede que China continúe avanzando gracias al compromiso con la educación del grueso de sus más de mil millones de habitantes, pero sorprendería que consiguieran hacerlo Rusia, la India y Sudáfrica. En cuanto al Brasil, no le resultará del todo fácil como muchos habían imaginado transformarse de un país de ingresos medianos en uno rico, ya que para lograrlo tendría que someterse a una serie de cambios culturales y por lo tanto sociales nada sencillos. Los líderes chinos, impresionados por su propio “milagro económico” y también por el bajón anímico de las elites occidentales, han puesto en marcha un proyecto nacionalista en el que los demás países cumplirían roles subalternos, aportándoles los recursos materiales que necesitarían, lo que brinda a sus socios comerciales oportunidades pero también les supone riesgos. En África, gobiernos que les habían abierto las puertas de par en par a fin de que ayudaran a explotar sus recursos naturales sin preocuparse en absoluto por temas como el de los derechos humanos están adoptando una actitud más cauta al darse cuenta de que, como es lógico, los chinos siempre privilegiarán sus propios intereses por encima de los ajenos. Por cierto, no existe motivo alguno para suponer que en tal sentido serán más generosos o solidarios que las grandes corporaciones occidentales que, mal que les pese, tienen que prestar atención a la opinión pública de sus países de origen que, con frecuencia creciente, las obliga a respetar normas consideradas apropiadas para sociedades democráticas. Aunque es claramente mejor que haya más inversores en potencia, sería un error creer que China o Rusia puedan constituir una alternativa viable al mundo occidental del cual, por una multitud de razones históricas y culturales, formamos parte. También lo sería que, con el propósito de salir del aislamiento financiero coyuntural, el gobierno optara por aliarse “estratégicamente” con países cuyos regímenes se han acostumbrado a pisotear los derechos soberanos de aquellos “socios” que a su entender son débiles, como son Ucrania y Georgia a juicio de Moscú, y Vietnam, Filipinas y otros vecinos asiáticos, incluyendo al mismísimo Japón, a aquel de Pekín.