Nuevos discursos sobre internet
hÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Ya antes de aquel artículo de inquietante título (“¿Está Google estupidizándonos?”) que publicó en el 2008 Nicholas Carr, existía una preocupación en círculos intelectuales del Norte acerca de la influencia de internet en nuestra manera de pensar, la cuestión de cómo podría quizá estar “reprogramándonos”. Lo que hizo ese crítico sagaz fue precipitar un debate que tomó forma a través de una encuesta internacional en la cual más de un centenar de universitarios representativos (filósofos, científicos, escritores, artistas) respondieron on-line a la pregunta que planteaba “¿Está internet cambiando la manera en que usted piensa?”. La pluralidad y complejidad de las respuestas derivó en esfuerzos para organizarlas según posiciones más amplias, de aceptación o rechazo, acerca de la profundidad de los cambios que se perciben, de la gravitación –sin precedentes según algunos– de las nuevas tecnologías en la cultura humana. En “The New Yorker”, tribuna intelectual conspicua en estos temas, se pudo leer hace unos días un largo análisis en tal sentido. Adam Gopnik, un distinguido profesor de la New York University que la suscribe, comentó una veintena de libros que se han ocupado del problema y en particular de la anunciada caducidad del libro y de lo impreso tal cual lo conocemos. Las posiciones que sintetiza son tres. La primera es la de los “Nunca mejor”, los optimistas que creen que estamos en los pródromos de una gran utopía, que la información será libre y democrática, auténticas las noticias, reinará el amor y las tortas se elaborarán ellas mismas. La segunda posición es la de los “Mejor nunca”, los alarmados que piensan que hubiera sido bueno que todo esto no hubiese sucedido, que el mundo que se está acabando es superior al que está tomando su lugar; que, por lo mínimo, los libros y las revistas crean espacios privados para las mentes de maneras que estos fárragos de información en veinte segundos no lo hacen. Los sobrios de la tercera actitud –“Nada es nuevo”– insisten en que en distintos momentos de la modernidad ocurrió algo como esto, que una nueva manera de organizar datos y conectar usuarios es siempre emocionante para algunos y temible para otros, pero que algo que se desarrolla así es precisamente lo que constituye un momento moderno. El autor de la nota destaca entre los optimistas a un conocido colega universitario suyo que apela a la historia y ha proclamado repetidamente el arribo de un milenio digital, que cree que estamos en la cresta de una ola de información democratizada: la imprenta de Gutenberg produjo la Reforma, que produjo la Revolución Científica, que produjo el Iluminismo, que produjo internet, cada movimiento más liberador que el anterior. Ésta es, dice nuestro comentarista, la versión “Wired” (por el nombre de la famosa revista especializada en Informática) de la historia whig; siempre mejor, progreso indetenido. Él objeta esta visión de la historia; le parece ingenua y, además, falsa. Cada una de las innovaciones también trajo su daño consiguiente; por ejemplo la Reforma trajo –también responsabilidad de los libros– la Contrarreforma. Pero, sobre todo, las ideas de democracia y libertad que emergieron al final de la era de la imprenta no surgieron de una lógica tecnológica sino de invenciones paralelas como la idea del gobierno limitado y de la tolerancia religiosa, ganadas duramente a la historia. Para ilustrar la segunda posición, la de los que piensan que mejor no hubiera ocurrido lo que ocurre, que el mundo del mensaje instantáneo y el omnipresente Blackberry es uno cuyo precio –pagado en nervios irritados, horas perdidas y atención sincopada– no vale las penas que nos da, destaca tres libros. Uno de ellos se concentra en el hecho de que internet malogra nuestra capacidad de pensamiento reflexivo, algo que es todavía más grave con respecto al futuro y el nivel neurológico de nuestros hijos. Otro atiende sobre todo a las vidas familiares deterioradas por la adicción a la red, por las eternas consultas a los teléfonos inteligentes y al monitor de la computadora. Un tercero denuncia la pérdida de la vieja intimidad de la cultura del libro ante la nueva cultura de conexión remota y algunas de sus consecuencias como la pérdida de empatía entre los estudiantes de la universidad. Como para el caso de los optimistas, también para este segundo conjunto de opiniones el autor del artículo consigna razones que las confrontan. La tercera escuela que comenta el artículo es la de los “Nada es nuevo”, los que creen que este tiempo, en tanto intenso y lleno de cambio, no es más intenso y lleno de cambios que otros a través de la historia. Nuestra nueva confusión es justo la misma vieja confusión. (Una referencia clásica está en el “Fedro” de Platón, en donde se lee que las mismas cosas que ahora dice la gente sobre internet se decían antes sobre una técnica entonces nueva. La escritura, refería la famosa anécdota, va a arruinar los niños, se perderá la memoria, nadie recordará nada nunca más, es una invención que nos convertirá en estúpidos). Entre los libros relacionados con esta posición hay varias ideas curiosas. Una, que la sobrecarga de información que existe no tiene a Gutenberg como origen; la revolución histórica crucial no fue la invención de la imprenta sino la del papel. Otra, autores que analizan la relación entre mentes y máquinas, recuerdan que en cada momento la máquina más complicada ha sido tomada como metáfora de la mente, como modelo de la inteligencia humana. O como causa de nuestra estupidez. Si ahora ello es privilegio de la computadora, antes lo fue del telar automático, del teléfono, de la televisión. Finalmente, ¿qué piensa el propio autor de la nota? Las esperanzas de uno, confiesa, se quedan con los optimistas; la cabeza, con los serenos; ¿y el corazón? Bueno, se responde el profesor, veintitantos libros y el corazón de uno tienden a inclinarse hacia los que piensan que sería mejor que esto no hubiese ocurrido y reaccionan entonces hacia algún sitio que se parezca más al hogar. (*) Doctor en Filosofía
hÉCTOR CIAPUSCIO (*)
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