Nuevos lenguajes
Néstor Takczek ntkaczek@hotmail.com
Esta lengua con la que hablamos y escribimos sería impensable sin un código, sin un sistema de reglas que regulen el uso de los signos. Es lo que llamamos el código lingüístico. Este código nos permite en español, por ejemplo colocar el sujeto en cualquier lugar de la oración, cosa imposible en el código que regula la lengua francesa o inglesa. El código lingüístico tiene subcódigos con leyes particulares, así tenemos el código hablado u oral y el código escrito. Sobre este último centraremos nuestra atención. La escritura es social, hace que millones de hablantes de español en el mundo podamos comunicarnos más allá de las diferencias léxicas; en cierta medida la escritura es un dique que trata de frenar el constante proceso de diferenciación que sufre la lengua en los distintos países, regiones y en los diferentes estratos sociales. El dominio eficiente de la escritura garantiza en cierta medida poder expresar todo nuestro mundo vital, lo que nos rodea, lo que nos acontece y lo que habita en nuestra interioridad. La escuela desde siempre ha pugnado por la enseñanza del código escrito, fundamentalmente porque su dominio también es una vía de acceso a diferentes oportunidades que brinda la sociedad, como el trabajo, por ejemplo. Una solicitud de empleo con errores de ortografía o disparates sintácticos es un vallado que seguramente nos impedirá lograr lo que pretendemos. Esta tarea compleja de la escuela se ve hoy “amenazada” para muchos docentes y padres por el uso que hacen de la escritura los/as jóvenes en relación a las nuevas tecnologías, específicamente el chat y el mensaje de texto. Es cierto, estos soportes tecnológicos usan códigos que se apartan del código escrito general y los chicos/as los usan no porque sean un atentado a la escritura establecida o un signo de rebeldía adolescente, los usan porque son eficientes y logran su cometido de velocidad y comunicación. Ante esto estamos ante una dicotomía: o los consideramos una amenaza al código escrito y causa de la deficiente escritura de los/as jóvenes; o bien son “lenguajes” acotados y específicos que responden a la necesidad de comunicación y velocidad propias de estos soportes. Desde ya me inclino por la segunda posición y estimo que una tarea de la escuela es enseñar a los/as chicos/as a no confundir el uso del código general de la escritura con los subcódigos generados por la tecnología, es decir que la escuela debe crear conciencia del contexto específico donde deben utilizarse. Tener una adecuada competencia de la escritura supone poder adaptarse y –con un poco de ejercicio– comprender el lenguaje particular del mensaje de texto o del chat. Sin embargo el camino inverso no es posible. Muchos/as usuarios/as muestran su pericia en el dominio de estos códigos un tanto más libres, pero cuando hay que utilizar el código escrito convencional escamotean su uso y lo delegan. Otros más osados, aunque los menos, usan sus “herramientas” de escritura tecnológica que dominan plenamente en el territorio no tan libre de la escritura convencional; el resultado es decepcionante, se asemejan a aquellos chicos que comienzan a hablar, es un puro balbuceo. Y no puede ser de otra manera, la característica más saliente de estos mensajes es la velocidad, para ello se buscan todos los atajos que conduzcan a la brevedad: breves son las palabras, breve es el mensaje. La complejidad de nuestra experiencia, una experiencia vital que trasciende al uso de un teléfono celular o una computadora, puede ser abordada desde la complejidad de la escritura, un código que lejos de la celeridad exige sosiego y reflexión.
Palimpsestos