“Nunca perdí la memoria”

Redacción

Por Redacción

Pasan cosas buenas y malas en la vida; algunas situaciones nos marcan para siempre y otras se olvidan. Algunas buenas, como tener hijos, son inolvidables. Otras que nos marcan especialmente son los tragos amargos y situaciones duras que se nos presentan. Ahí el tiempo y la madurez hacen que la mayoría de la gente termine por superar. Y es lógico, es la resignación ante lo inminente, la naturalización como modo de adaptación. Así continúa la vida. Voy a hablar del Hospital Castro Rendón. Allí estuvo mi padre, Abel Campos, de 77 años. “Abelito” –le decían– estuvo internado en terapia intensiva, luego de una cirugía de colón exitosa, pero con complicaciones relacionadas a su EPOC, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, y varias más que lo llevaron a estar internado durante tres meses, tanto en terapia intermedia como terapia intensiva, hasta su partida. Fue en el 2005, falleció el 10 de octubre… De ahí en más me tocó sufrir su ausencia, que ya la había sufrido cuando dejé de verlo a los 12 años. Fue difícil superar su partida. Es lógico, hacía poquito que lo volvía a disfrutar y sentí que me quedó tanto por hablar, entender, saber, contextualizar, tener un hilo conductor en mi vida. Tantas cosas no entendí y, durante el poquito tiempo que tuvimos para charlar, lo hacíamos por varias horas, ya adultos, pero faltó. Ya internado e intubado, le leía los labios y le entendía todo. En ese momento no me daba cuenta de que podía morir, como cualquier persona. Y yo, adulta, debía estar preparada para ello. Pero no pasó, y me perdí en un objetivo que no se cumplió: llevármelo a casa. Ya pasaron varios años y mi memoria se remonta a tantas caras de la terapia intensiva y la terapia intermedia del Hospital Castro Rendón… las chicas que limpiaban, las enfermeras y enfermeros que veía todos los días. Cómo no recordar cuánto me escuchaban, me hablaban, me ayudaban, a pesar de mi encierro en una idea. Me pregunto: cómo me verían, tantas atenciones… Los médicos de las terapias intermedia e intensiva, tan comprometidos con sus pacientes, los llamaban por el nombre. Cuánta humanidad a gente indefensa y dependiente de sus acciones. Ellos no sólo los atendían, sino que lo hacían con amor, tremenda vocación y nos contenían también a los que esperábamos los informes. Todo quedó en mi memoria y por eso, ya pasado el dolor y otras circunstancias duras de mi vida, puedo expresarlo. Eso quería: expresarlo, sacarlo de mi memoria y decirlo… Gracias, jamás los olvidaré. Cecilia Campos, DNI 16.393.236 – Neuquén

Cecilia Campos, DNI 16.393.236 – Neuquén


Pasan cosas buenas y malas en la vida; algunas situaciones nos marcan para siempre y otras se olvidan. Algunas buenas, como tener hijos, son inolvidables. Otras que nos marcan especialmente son los tragos amargos y situaciones duras que se nos presentan. Ahí el tiempo y la madurez hacen que la mayoría de la gente termine por superar. Y es lógico, es la resignación ante lo inminente, la naturalización como modo de adaptación. Así continúa la vida. Voy a hablar del Hospital Castro Rendón. Allí estuvo mi padre, Abel Campos, de 77 años. “Abelito” –le decían– estuvo internado en terapia intensiva, luego de una cirugía de colón exitosa, pero con complicaciones relacionadas a su EPOC, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, y varias más que lo llevaron a estar internado durante tres meses, tanto en terapia intermedia como terapia intensiva, hasta su partida. Fue en el 2005, falleció el 10 de octubre... De ahí en más me tocó sufrir su ausencia, que ya la había sufrido cuando dejé de verlo a los 12 años. Fue difícil superar su partida. Es lógico, hacía poquito que lo volvía a disfrutar y sentí que me quedó tanto por hablar, entender, saber, contextualizar, tener un hilo conductor en mi vida. Tantas cosas no entendí y, durante el poquito tiempo que tuvimos para charlar, lo hacíamos por varias horas, ya adultos, pero faltó. Ya internado e intubado, le leía los labios y le entendía todo. En ese momento no me daba cuenta de que podía morir, como cualquier persona. Y yo, adulta, debía estar preparada para ello. Pero no pasó, y me perdí en un objetivo que no se cumplió: llevármelo a casa. Ya pasaron varios años y mi memoria se remonta a tantas caras de la terapia intensiva y la terapia intermedia del Hospital Castro Rendón... las chicas que limpiaban, las enfermeras y enfermeros que veía todos los días. Cómo no recordar cuánto me escuchaban, me hablaban, me ayudaban, a pesar de mi encierro en una idea. Me pregunto: cómo me verían, tantas atenciones... Los médicos de las terapias intermedia e intensiva, tan comprometidos con sus pacientes, los llamaban por el nombre. Cuánta humanidad a gente indefensa y dependiente de sus acciones. Ellos no sólo los atendían, sino que lo hacían con amor, tremenda vocación y nos contenían también a los que esperábamos los informes. Todo quedó en mi memoria y por eso, ya pasado el dolor y otras circunstancias duras de mi vida, puedo expresarlo. Eso quería: expresarlo, sacarlo de mi memoria y decirlo… Gracias, jamás los olvidaré. Cecilia Campos, DNI 16.393.236 - Neuquén

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