Obstáculos al desarrollo





Aunque la mayoría de los «globalifóbicos» de los países ricos sigue tratando a la Organización Mundial del Comercio como un ente maligno al servicio del imperialismo estadounidense, oponiéndose en consecuencia a cualquier intento de reducir las barreras comerciales, sus aliados coyunturales de los países pobres se han dado cuenta, si bien un tanto tardíamente, de que el proteccionismo de Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón ha contribuido a una parte sustancial de sus problemas. Es que, desgraciadamente para nosotros, las barreras más importantes han sido las construidas bajo una serie de pretextos por lo común engañosos a fin de ahorrarles a los agricultores relativamente ineficaces de los países prósperos la necesidad de competir con sus homólogos de América Latina, Oceanía, Africa y ciertas zonas de Asia. Por lo tanto, es positivo que el presidente Néstor Kirchner haya aprovechado la visita a nuestro país del tailandés Supachai Panitchpakdi, el director general de la OMC, para reiterar su compromiso con el libre comercio. También acertaba Kirchner al señalar que existe un estrecho vínculo entre el eventual pago de la deuda externa y el abandono por parte de los ricos de una política agrícola basada en verdad en motivos políticos -en el Primer Mundo los lobbies rurales suelen ser muy poderosos-, aunque se ve reivindicada mediante alusiones a la supuesta necesidad de lograr la autosuficiencia, a problemas sociales y, en Francia por lo menos, a factores estéticos. Sin embargo, mal que le pese al presidente, le serviría para poco intentar hacer depender la negociación de la deuda de la reducción de los aranceles y la eliminación de otras medidas proteccionistas porque, al fin y al cabo, en última instancia los más perjudicados por el default no han sido los grandes acreedores sino la Argentina misma. Aunque por razones evidentes siempre ha sido del interés de un país escasamente poblado pero óptimamente dotado de tierras fértiles como el nuestro luchar contra el proteccionismo, durante décadas teorías importadas desde Europa fueron tan influyentes que una proporción notable de la clase dirigente se solidarizaba con quienes estaban frustrando nuestro desarrollo.  Los prejuicios de intelectuales y políticos urbanos contra el campo que suponían habitado exclusivamente por oligarcas y la prédica de románticos que, para satisfacción de los industriales «productivos», soñaban con acerías y plantas químicas, se combinaron para crear un clima de opinión que, como era lógico, sería explotado por los proteccionistas del mundo rico. Por fortuna, últimamente muchos que antes creían en las bondades del aislamiento y de la autarquía han comprendido que los beneficios de tal actitud eran tan limitados como efímeros, mientras que los costos han sido incalculables.  Asimismo, si bien para muchos «la globalización» tiene connotaciones antipáticas, los más parecen conscientes de que si el mundo recayera en el proteccionismo de otras épocas la Argentina se encontraría entre los países más perjudicados. Acaso sería excesivo atribuir nuestro colapso al proteccionismo ajeno, pero no cabe duda de que a través de los años la actitud de muchos países avanzados de Europa y en menor medida de Estados Unidos, nos ha privado de decenas de miles de millones de dólares, mientras que el proteccionismo agrícola del Japón nos ha impedido aprovechar lo que de otro modo hubiera sido un mercado rico y enorme para nuestros productos. Por lo tanto, es alentador que el presidente Kirchner y el ministro de Economía Roberto Lavagna hayan elegido hacer del librecomercio una de sus banderas de lucha, afirmándose más que dispuestos a aceptar la baja de nuestros aranceles a cambio de una mayor apertura de los países ricos. Se trata de una batalla que están en condiciones de ganar no sólo en el terreno intelectual, por comprender los pensadores más respetados que las víctimas principales del proteccionismo son los más pobres, sino también en el político, porque en Europa los proteccionistas, encabezados por el gobierno de Jacques Chirac, están a la defensiva al verse acusados de hipocresía por ayudar a depauperar sistemáticamente a países subdesarrollados a cambio de los votos de agricultores organizados que, sobre todo en Francia, no vacilan en hacer uso de la violencia.


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