Opciones abiertas
El futuro del Mercosur dependerá del plan Cavallo: si es exitoso, el país no tendría motivos para profundizarlo.
Si bien el presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso dice confiar en que las medidas tomadas por Domingo Cavallo le permitirán a la Argentina «superar las dificultades» que han surgido, sería un error otorgar demasiada importancia a sus palabras de aliento no sólo porque ni él ni ningún otro alto funcionario extranjero afirmarían en público que a su entender no servirían sino también porque le es evidente que el regreso del «superministro» ha desatado una crisis en el seno del Mercosur. Como es notorio, Cavallo quiere que la asociación se limite a ser una zona de libre comercio, mientras que Cardoso, lo mismo que muchos radicales argentinos, suponen que ya es una unión aduanera que, en poco tiempo más, evolucionará en algo comparable con la Unión Europea, razón por la cual la palabra «Mercosur» figura en los pasaportes nacionales a semejanza de Unión Europea en aquellos de los ciudadanos comunitarios. Aunque el proceso de consolidación del Mercosur que los políticos han impulsado ha sido poco serio en comparación con el avance más lento pero también más profundo de su modelo transatlántico, ha resultado suficiente como para estimular muchas ilusiones. Con todo, nadie ignora que el eventual colapso del proyecto distaría de ser tan traumático como lo sería para los europeos la desintegración de la Unión.
Por lo pronto, las dudas en cuanto al destino del Mercosur tienen menos que ver con las muchas dificultades internas atribuibles a la improvisación que con la existencia de una agrupación rival, el Área de Libre Comercio de las Américas, que está siendo promovida con vigor por el gobierno del presidente estadounidense George W. Bush. Si el Mercosur sólo fuera un arreglo económico, compatibilizarlo con el ALCA no sería imposible, pero ocurre que en el fondo es de inspiración política. Mientras que para la Argentina constituye una forma de acercarse más al mercado internacional sin exponerse a los riesgos de entrar plenamente en él, para el Brasil representa una estrategia destinada a permitirle erigirse en una potencia regional que, andando el tiempo, pueda oponerse a las aspiraciones hegemónicas de los Estados Unidos. Desde el punto de vista de los tentados a entregarse a ensueños «geopolíticos», el planteo brasileño tendrá sus atractivos a pesar de que por una cuestión de tamaño el papel de la Argentina en el esquema ideado sería decididamente secundario, pero por desgracia no parece del todo realista debido al atraso económico de nuestros vecinos cuyo producto bruto es inferior a la décima parte del norteamericano. Así las cosas, de aceptar la Argentina acompañar al Brasil en su esfuerzo por transformarse en una potencia de verdad, terminaría encerrada en un mercado que si bien es mayor que el local es minúsculo y poco exigente en comparación con el supuesto por un bloque liderado por los Estados Unidos, por no hablar del internacional.
El entusiasmo que siente Bush por el ALCA, que fue concebido por la administración de su padre, ha intensificado las dudas en cuanto a las perspectivas del Mercosur, pero es probable que aun cuando la alternativa así supuesta no existiera un gobierno argentino hubiera llegado tarde o temprano a la conclusión de que constituye una salida falsa a los problemas causados por décadas de aislamiento económico populista. Por disfrutar nuestro país de un ingreso per cápita – y por lo tanto de un nivel de productividad – muy superior al brasileño, apostar al Mercosur significaría una negativa a enfrentar los desafíos planteados por la llamada «globalización». A su manera, el Mercosur se asemeja a un analgésico que tiene efectos muy beneficiosos en el corto plazo pero que, de seguir usándolo, resultaría cada vez más perjudicial. Asimismo, por tratarse de una sociedad en la que no cabe duda alguna de que el Brasil lleva la voz cantante, a la Argentina le ha sido sumamente difícil defender sus intereses toda vez que éstos no han coincidido con los del socio mayor. Por eso, el futuro del Mercosur dependerá de los resultados del «plan Cavallo»: si fracasa, la asociación se fortalecerá; si es exitoso, el país ya no tendría motivos para procurar profundizarlo aunque, es de suponer, el gobierno tratará de asegurar que la divergencia que se produciría no dañaría nuestra relación con nuestro vecino en otros ámbitos.