Operativo Dorrego bis

Por Redacción

En todas partes es normal que las fuerzas armadas locales aprovechen sus capacidades especiales para ayudar a las autoridades civiles cuando se producen desastres naturales como terremotos o inundaciones, pero no lo es que se encarguen de desempeñar tareas sociales que en buena lógica deberían ser rutinarias. Tampoco lo es que, en países presuntamente democráticos, unidades militares colaboren con agrupaciones de activistas políticos. Puede entenderse, pues, la preocupación que ha motivado el operativo emprendido por el Ejército, La Cámpora y una fracción de Madres de Plaza de Mayo en villas miseria de la Capital Federal y el conurbano bonaerense. Si bien no es demasiado sorprendente que, luego de haberse afirmado personalmente comprometido con el “proyecto” de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el actual jefe del Ejército, el general César Milani, se haya prestado a una suerte de reedición del recordado Operativo Dorrego de 1973 en que, para disgusto de Juan Domingo Perón que se preparaba para reasumir el poder, miembros de la Juventud Peronista trabajaron al lado de militares en zonas inundadas de la provincia de Buenos Aires con el supuesto propósito de facilitar la ansiada “reconciliación nacional”, sí lo es que luego de más de diez años en el poder un gobierno tan orgulloso de su sensibilidad social como el kirchnerista haya ordenado a las fuerzas armadas cumplir tareas propias de obreros civiles como pavimentar calles, limpiar las cámaras de la precaria red cloacal y así por el estilo. Puede que emplear a los soldados de este modo sea más barato de lo que sería depender de trabajadores municipales comunes o contratar a empresas privadas, como es habitual en la mayoría de los países democráticos, pero nadie supondrá que los responsables de la iniciativa han pensado en términos meramente económicos. Como el Operativo Dorrego de los años setenta, se trata de una maniobra política en que los costos, o la eficacia, son lo de menos. No es ningún secreto que el reciente ascenso de Milani a la jefatura del Ejército se debió exclusivamente a sus manifestaciones de fe oficialista; de no haberse declarado kirchnerista, el general, además de verse obligado a justificar el llamativo crecimiento de su patrimonio, estaría en el banquillo de los acusados al lado de otros militares denunciados por violar los derechos humanos casi cuarenta años atrás. Sin embargo, por razones que todavía distan de ser claras, hace algunos meses la presidenta Cristina llegó a la conclusión de que sería de su interés poner fin al largo enfrentamiento del kirchnerismo con el Ejército, de ahí la decisión de confiarlo a Milani, un especialista en tareas de inteligencia, que pronto se las arregló para rodearse de otros de mentalidad es de suponer parecida. Aunque los voceros oficiales insisten en que a los militares les sigue estando vedado participar de la seguridad interna, extrañaría que el temor a que el rápido deterioro de la situación económica provocara “estallidos sociales” no incidiera en el cambio de actitud de un gobierno que, a diferencia de los bolivarianos, durante diez años se dedicó a hacer gala de su hostilidad hacia los militares. Puede que a Milani le haya sido beneficioso el esfuerzo no disimulado de los kirchneristas por incorporar a las fuerzas armadas a su “proyecto” desfalleciente, pero no compartirán su entusiasmo aquellos militares que son conscientes del peligro planteado por la politización impúdica de instituciones que deberían ser apolíticas. En una democracia forzosamente pluralista todos tienen derecho a formar su propia opinión, de modo que habrá muchos militares que a diferencia de Milani no se sienten favorablemente impresionados por las nociones de Cristina o los jóvenes –y no tan jóvenes– militantes de La Cámpora o por el revanchismo rencoroso supuestamente izquierdista de oficialistas como Hebe de Bonafini. Como es natural, aquellos uniformados que preferirían respaldar al radicalismo, la disidencia peronista, el PRO o un movimiento de izquierda no podrían sentirse obligados a encolumnarse detrás de un jefe como Milani, que no ha vacilado en tratar al Ejército como si a su juicio fuera una Unidad Básica kirchnerista, politizándolo de una forma burda y sin preocuparse en absoluto por las consecuencias.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 18 de abril de 2014


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