Cuando la Patagonia arde, las provincias sostienen

Un país que se organiza de manera descentralizada no puede permitirse un Ejecutivo nacional indiferente frente a las tragedias regionales, como es el caso actual.

La Patagonia vuelve a arder y, una vez más, el fuego deja al descubierto mucho más que una tragedia ambiental. Los incendios forestales que afectan a Río Negro, Chubut y Neuquén han consumido decenas de miles de hectáreas, arrasando bosques nativos, zonas productivas y viviendas, y poniendo en riesgo comunidades enteras. Pero además de la destrucción material, la emergencia expone una discusión política de fondo: cómo funciona el vínculo entre el poder central y los territorios cuando la crisis exige respuestas inmediatas.

Desde el inicio de los focos de incendio, la reacción más efectiva no provino del Gobierno nacional, sino de las propias provincias patagónicas.

Gobernadores de distintos signos políticos coordinaron recursos, brigadistas, aviones hidrantes y asistencia logística, entendiendo que frente a una catástrofe de esta magnitud la cooperación regional no es una opción ideológica, sino una necesidad urgente.

Río Negro, Chubut y Neuquén articularon esfuerzos en tiempo real, demostrando que la gestión territorial cobra centralidad cuando la conducción nacional se muestra distante.

La magnitud del daño ambiental vuelve a poner en agenda una realidad incómoda: las provincias del sur aportan recursos estratégicos al país, pero suelen enfrentar solas sus emergencias. Los incendios no son un fenómeno nuevo, pero su intensidad creciente, potenciada por el cambio climático y la falta de inversión sostenida en prevención, exige una presencia activa del Estado nacional.

Sin embargo, esa presencia fue débil y fragmentada. No hubo una estrategia clara ni una señal política contundente que indicara que la emergencia ocupaba un lugar prioritario en la agenda del Ejecutivo.

En ese contexto, la visita de la vicepresidenta Victoria Villarruel a las zonas afectadas por los incendios adquirió un valor simbólico relevante.

Su presencia fue interpretada como un reconocimiento explícito de la gravedad de la situación y como un acompañamiento institucional hacia las provincias que enfrentaban el avance del fuego. En escenarios de desastre, la política no se expresa únicamente en partidas presupuestarias, sino también en gestos de cercanía y en la voluntad de asumir responsabilidades públicas.

La comparación con la actitud del presidente Javier Milei fue inevitable.

Mientras los incendios avanzaban y los gobiernos provinciales coordinaban esfuerzos para contener el desastre, el jefe de Estado sostuvo una agenda pública ajena a la emergencia.

Su presencia en un show junto a Fátima Flores y su participación en un evento en Córdoba, donde incluso compartió escenario cantando con el Chaqueño Palavecino, construyeron una postal difícil de justificar en términos políticos.

Ausencia física y simbólica


No se trató solo de una ausencia física en las zonas afectadas, sino de una ausencia simbólica frente a una tragedia ambiental que demandaba liderazgo, empatía y prioridad absoluta por parte del Poder Ejecutivo.

Este contraste refuerza una tensión cada vez más visible dentro del sistema político nacional. Cuando el gobierno central se retrae o demora su intervención, son las provincias las que terminan asumiendo responsabilidades que superan sus capacidades fiscales y operativas.

En este caso, la articulación patagónica no respondió a afinidades partidarias homogéneas, sino a una lógica pragmática de gestión: proteger territorios, comunidades y recursos frente a una emergencia que no admite dilaciones.

Lo ocurrido durante los incendios deja al descubierto un problema estructural.

La relación entre Nación y provincias sigue dependiendo, en demasiadas ocasiones, de la voluntad política del Ejecutivo de turno. Cuando esa voluntad falta, el equilibrio territorial se resiente y la carga recae de manera desigual sobre los gobiernos locales. La cooperación entre provincias aparece entonces como una herramienta defensiva frente a la ausencia de una conducción nacional activa.

Los incendios dejarán cicatrices ambientales que tardarán décadas en sanar.

Pero también dejan una enseñanza política inmediata: un país que se organiza de manera descentralizada no puede permitirse un poder central indiferente frente a las tragedias regionales. Hoy, la Patagonia resiste gracias a la coordinación entre sus provincias.

La pregunta que queda abierta es si esa cooperación seguirá siendo un complemento del Estado nacional o si terminará consolidándose como la evidencia más clara de su repliegue.

*Estudiante avanzado de Ciencias Políticas.


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