El desarrollo a dos velocidades

Hasta ahora, ningún gobierno ha ideado una política que le permita combinar el crecimiento macroeconómico con lo que los igualitarios considerarían justicia social.

(Foto: Matías Subat)

Como muchos han señalado, bajo el gobierno de Javier Milei la macroeconomía va bastante bien, con la Argentina experimentando un crecimiento económico superior al de sus vecinos latinoamericanos, pero la microeconomía, aquella de la que depende la mayoría de la población para su sustento, se encuentra en una situación crítica. Lamentablemente, es probable que esta situación se prolongue durante bastante tiempo.

A menos que la política intervenga y la inestabilidad ponga fin al intento del gobierno de reestructurar la economía, Argentina podría experimentar pronto un auge impresionante, con un crecimiento acelerado del producto nacional bruto, sin que los efectos positivos de tal fenómeno beneficien a la mayor parte de la población. Esto no tendría nada de paradójico. En todos los países, con excepción de los más atrasados, existen sectores dinámicos que se desempeñan mucho mejor que otros, los cuales pueden aportar grandes sumas de dinero a las arcas nacionales, pero que poco benefician al ciudadano común.

En Estados Unidos, las empresas más rentables son las asociadas a las compañías de alta tecnología, ubicadas principalmente en California. Aunque Apple, Google/Alphabet, Meta, Nvidia y Tesla se han enriquecido hasta tal punto que cuentan con recursos financieros superiores a los de casi todas las naciones soberanas, un gran número de californianos vive en la pobreza extrema y parte de la clase media emigra a estados con impuestos más bajos y menor regulación, como Texas y Florida.

En Argentina, el sector energético, la minería y, por supuesto, la agricultura, se expanden rápidamente, pero debido a la escasa oferta de empleo, el consumo en otros sectores se mantiene bajo, miles de pequeñas empresas quiebran y los salarios en las que sobreviven suelen ser precarios. Es más, los responsables de empresas con potencial para ser competitivas no solo en el mercado local, sino también en los mercados de exportación internacionales, se quejan de lo difícil que suele serles encontrar incluso a los trabajadores mínimamente cualificados que necesitan con urgencia. No sería de extrañar que las empresas más ambiciosas comenzaran a importar personal del extranjero.

Hasta ahora, ningún gobierno ha ideado una política que le permita combinar el crecimiento macroeconómico con lo que los igualitarios considerarían justicia social. Incluso en los países escandinavos y Alemania, que hasta hace poco parecían estar a punto de lograrlo, se está abriendo una brecha cada vez mayor entre la evolución del PNB, por un lado, y los intereses de la mayoría de la población, por el otro. Casi todos los gobiernos quieren priorizar el desempeño general de su país y ascender en las clasificaciones internacionales, pero luego se ven obligados a tolerar desigualdades de ingresos que pueden ser políticamente insostenibles.

Aunque insisten en que el «crecimiento» acabará resolviendo los problemas que les preocupan, en el mundo actual tiende a agravarlos. La triste realidad es que conservar un sistema económico —como el «modelo» que Milei intenta desmantelar—, diseñado no solo para satisfacer las necesidades sino también para reflejar las capacidades de la población del país, condenaría inevitablemente a las futuras generaciones a la pobreza extrema. Para que esto cambie, Argentina tendría que experimentar una verdadera “revolución cultural”, con millones de personas adquiriendo las habilidades y actitudes que un país desarrollado necesitará en las próximas décadas. Si bien esto podría ocurrir, la transformación no sería nada fácil y llevaría tiempo.

El crecimiento, por sí solo, no es la panacea. Además, dista mucho de ser democrático, ya que siempre otorga una parte desproporcionada de las recompensas a una pequeña minoría de individuos que, gracias a su talento, su voluntad de innovar o, como a menudo sucede, la mera suerte, se encuentran en posición de aprovechar las oportunidades que surgen.

Aunque pueda considerarse escandalosamente injusto que unos pocos hombres y mujeres se enriquezcan enormemente tras concebir una idea sumamente rentable, dadas las alternativas, poco se puede hacer al respecto. Como muchos europeos han descubierto tardíamente, intentar disciplinarlos mediante impuestos excesivos es contraproducente porque priva a sus países de riqueza.

Por eso, en los últimos años Europa se ha quedado cada vez más rezagada con respecto a Estados Unidos en términos económicos y, para colmo, los costosos programas de bienestar social están resultando ser salvavidas de plomo, ya que la demanda de los numerosos servicios, complementos de ingresos y así por el estilo que proporcionan aumenta a un ritmo más rápido que aquel de la productividad.


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