Autoridad educativa o “autoridades de pandilla”
La pedagogía debe resistir el florecimiento de liderazgos dogmáticos, basados en fanatismos y construir legitimidad democrática.

Durante las dos últimas décadas, uno de los intereses centrales de la pedagogía en Europa fue la relación de la escuela con la democracia. Este interés surgió a partir de la preocupación en el viejo continente por el crecimiento de grupos de jóvenes fanáticos, muy violentos que portan consignas xenófobas, nacionalistas; agrupaciones homofóbicas y racistas que recuperan en algunos casos un renovado gusto por lemas del nazismo. Entre las obras escritas figura un texto del pedagogo francés Pillipppe Meirieu, denominado la “Pedagogía: el deber de resistir”. Allí, el autor resalta la urgencia de que la pedagogía retome en su agenda la centralidad por el restablecimiento de una “autoridad educativa”, legítima, real, que autorice y que ayude a crecer. La pedagogía debe resistir el florecimiento de lo que denomina “autoridades de pandilla”, que son dogmáticas y basadas en fanatismos.
En esa línea, aunque unos años antes -en 2005-, el filósofo también francés Jaques Ranciere publicó “El odio a la democracia”, un libro en donde analiza el pasaje de una mirada sobre la democracia que valora su poder participativo a una que la entiende como el “desorden de las pasiones ávidas de satisfacción”.
Así, por ejemplo, todo desorden es producto de la “enorme” cantidad de voces o el exceso de opiniones y participación.
Cuenta además como justificativo de ese “desorden que produce la democracia” la cuestión del tiempo que lleva y el gran esfuerzo que requiere ponerse de acuerdo.
Ante esto, la cuestión del tiempo que lleva por ejemplo, se toma como uno de los aspectos negativos por lo que se anteponen prácticas individuales autoritarias para resolver los conflictos.
Quienes tenemos unos años en las escuelas, sabemos que autoridad y autoritarismo no significan lo mismo.
La primera es una construcción, es una relación de reconocimiento basada en fundamentos preexistentes, claros y transparentes.
El autoritarismo, en cambio, consiste en una relación de fuerza asimétrica, irrespetuosa del diálogo y fundamentada la mayoría de las veces en cargos jerárquicos o en toma de posiciones autocráticas.
En Argentina, durante la última dictadura desaparecieron los órganos colegiados de gobierno, como los centros de estudiantes y consejos directivos.
Fue por eso que en Educación durante la década del 80 se vivió una verdadera primavera de recuperación democrática que significó no sólo volver a votar candidatos sino “volver a hacer cosas juntos”: participar en la toma de decisión educativa a niveles áulicos, institucionales, jurisdiccionales y nacionales.
Expresión de esto son por ejemplo las diversas reformas curriculares, las Ley de Educación Nacional 26.206, la Ley de Educación Sexual Integral 26.150, entre tantos ejemplos.
¿Cuánto iban a tardar los discursos de odio contra la democracia en hacerse carne en las instituciones educativas de nuestra región? Muy poco.
Estamos ante la presencia de un avance contra la democracia en las escuelas. Como ejemplo de ello podemos mencionar: imposición de agendas temáticas distintas a las necesidades reales institucionales; desconocimiento de los cuerpos colegiados de gobierno, uso de los espacios públicos como si fuesen propiedad privada; falta de respeto a los circuitos formales de comunicación, poca capacidad de la escuela en “hacer una diferencia” con respecto a los discursos de odio que circulan en las redes; avance de mecanismos punitivos por sobre los pedagógicos; usos estratégicos de las elecciones democráticas para asumir y luego dejar de lado el mandato recibido en las urnas; debilitamiento de los consejos directivos de nivel superior; el atropello y la falta de respeto a estos órganos de gobierno democrático por parte de distintos agentes educativos.
Al igual que la gramilla, muchas condiciones autoritarias sólo necesitan las condiciones para esparcirse.
Es por eso que, como sociedad, debemos estar muy atentos y cuidar ese rasgo de la escuela que nos permite hacer juntos, hacer sociedad. Meirieu lo cerró en una frase categórica: “las dictaduras no necesitan escuelas, las democracias sí”.
* Profesor de Instituto de Formación Docente. Universidad Nacional de Río Negro.

Durante las dos últimas décadas, uno de los intereses centrales de la pedagogía en Europa fue la relación de la escuela con la democracia. Este interés surgió a partir de la preocupación en el viejo continente por el crecimiento de grupos de jóvenes fanáticos, muy violentos que portan consignas xenófobas, nacionalistas; agrupaciones homofóbicas y racistas que recuperan en algunos casos un renovado gusto por lemas del nazismo. Entre las obras escritas figura un texto del pedagogo francés Pillipppe Meirieu, denominado la “Pedagogía: el deber de resistir”. Allí, el autor resalta la urgencia de que la pedagogía retome en su agenda la centralidad por el restablecimiento de una “autoridad educativa”, legítima, real, que autorice y que ayude a crecer. La pedagogía debe resistir el florecimiento de lo que denomina “autoridades de pandilla”, que son dogmáticas y basadas en fanatismos.
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