El sentido educativo de la interrupción

Por Gabriel Scaletta Melo*

Una maestra separa a dos estudiantes que se están peleando, una mamá se entromete mientras sus hijos hacen una torta, un chico detiene a otro en mitad de un partido para hacerle un comentario. Un docente señala un error, pide al estudiante que lo haga solo.

Palabras como “córtenla”, “hacélo así”, “no vayas por ahí” o “probá de nuevo” cristalizan en esas situaciones la potencia de la interrupción. Educar no sólo consiste en prender luces verdes para seguir, muchas veces tiene más que ver con luces rojas para que nos detengamos.

Interrumpir se transforma en una forma de habilitar. Decir que no es señalar otro camino posible, otra dirección. Necesitamos esas indicaciones porque, en tanto humanos, nacemos desprovistos de orientaciones. El “no” da seguridad, tranquiliza, protege. Su falta, produce todo lo contrario: inseguridad, ansiedad, deja en la intemperie. Mucho tiempo después aprendemos que la vez que nos dijeron que No, nos estaban diciendo que Sí. He escuchado de personas adultas manifestar que siendo chicos nunca le decían que No, sintiéndolo como falta de amor, desinterés o abandono. Cuando son muy pequeños decimos que no toque el enchufe, que no camine por ahí porque se puede lastimar, que no tome algo porque está caliente. ¿Por qué nos cuestan tanto más adelante algunos otros No?

Existe un clima de época que —por temor a las reacciones, los berrinches o la acusación de censura, o simplemente falta de interés— estira la interrupción educativa y demora el No. Esta demora produce una “maduración elástica” que mantiene a quien se educa en un estado de eterna minoría de edad. Esto no es nada nuevo; la diferencia es que el contexto actual, en el que reina la tiranía de la flexibilidad, normaliza lo que debería pensarse claramente como un equívoco.

El pasaje en educación de una escuela «excluyente» a una escuela «inclusiva» trajo consigo la dilatación del No: me gusta llamarlo el paradigma chicle. Todo se demora, todo se estira en tributo al santo patrono de la flexibilidad. Bauman planteaba que el abandono de las estructuras rígidas de la «modernidad sólida» y el pasaje a una «modernidad líquida» traería consecuencias. ¡Qué bien sonaba hace años la palabra flexible! Había que ser flexibles con los hijos, con las parejas, con los padres. Hoy, en cambio, agobia.

El paradigma de la flexibilidad trajo consigo la angustia por la ausencia de un tiempo previsto. Porque educar también es «hacer venir al tiempo», es operar sobre el tiempo del otro. ¿De qué manera ayudamos a quienes educamos a traer el futuro al presente, de qué manera anticipamos su tiempo si la educación se reduce a una actividad que solo espera el tiempo del otro?

Algunas políticas educativas no han hecho más que trasladar este clima de época a las aulas. La ausencia de plazos definidos y de tiempos programados ha producido «escuelas chicle». La unidad pedagógica, los pasajes entre niveles y la polisémica «trayectoria educativa» necesitan ser revisadas a la luz del sentido emancipador de la educación, que no es otro que acompañar durante un tiempo para que después el sujeto pueda seguir solo.

Interrumpir ayuda a frenar la humillación. La flexibilidad, en sectores que solo cuentan con la escuela pública, resulta conservadora y regresiva: mantiene a amplios sectores en un infantilismo permanente, no cambia su condición, ni adelanta su tiempo.

Sería oportuno recordar que no da lo mismo hoy que mañana, la semana próxima o dentro de un mes. No es lo mismo aprender a leer en primer grado que hacerlo en segundo, en tercero o vaya uno a saber cuándo. Si no se interviene a tiempo, se termina reproduciendo la discriminación, la exclusión y la humillación que quedan contenidas en el analfabetismo. Y manteniendo a amplios sectores de la población en una dependencia o una minoría de edad eternas.

*Profesor Universidad Nacional de Río Negro- Instituto de Formación Docente Continua.


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Una maestra separa a dos estudiantes que se están peleando, una mamá se entromete mientras sus hijos hacen una torta, un chico detiene a otro en mitad de un partido para hacerle un comentario. Un docente señala un error, pide al estudiante que lo haga solo.

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