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Todos acelerando en el vacío

Milei ganó acelerando en la diáspora de una política fragmentada. Pero gestiona sin esfuerzos por sumar piezas para formar una masa crítica de gobernabilidad. La oposición se realinea acelerando en los huecos ostensibles de la gestión. Y la economía que legitimará a unos o a otros ha comenzado a ponerse nerviosa.

 La oposición se realineó para votar unida en contra de Milei, mientras el Presidente intenta superar una crisis interna previsible. Cristina Kirchner tiene un objetivo estratégico nítido: que fracase el gobierno de Javier Milei. Cuanto antes, mejor. La conductora fáctica de la coalición opositora que se está consolidando desde el Congreso, con terminales más o menos silenciosas en varios distritos provinciales, nunca ocultó ese objetivo. Por el contrario, sugirió que lo mejor era dejar que el enojo social fluya, gane, ajuste y pague el costo del ajuste.

Desde esa previsión, el kirchnerismo maximizó la ventaja táctica que le da ser mayoría en el Congreso. Durante seis meses hizo fintas para eludir el desencanto de la población contra la política, pero al mismo tiempo utilizar todas las chicanas parlamentarias a mano para impedir que el nuevo gobierno consiguiera leyes imprescindibles para gobernar. Lo consiguió, hasta el punto de voltearle también a Milei el propósito de mostrar en mayo una escena de consenso con los gobernadores de provincia.

Una vez obtenido ese trofeo, avanzó un paso más: Cristina metió en el bolsillo al radicalismo para hacer votar una ley de actualización de jubilaciones que pone en jaque el precario equilibrio fiscal que Milei logró a fuerza de licuación de gastos y dilación de pagos. El Presidente prometió vetos a discreción, pero la señal política de una gobernabilidad muy frágil quedó en evidencia.

¿Fue sólo por el diseño de esta estrategia opositora que Milei quedó a la defensiva? Sería impropio decirlo. Milei imagina una conspiración en su contra, que es la misma que Cristina apenas oculta (y sólo el radicalismo defiende con elusiones y excusas de manual), pero corresponde analizar qué está haciendo Milei para desmontar y enfrentar con eficiencia esa trama de zancadillas.

Las respuestas no lo favorecen. Milei parece estar actuando con reflejos bipolares: de a ratos obra como si la embestida fuese irrelevante, en otros momentos como si fuera realmente significativa. Por momentos se enardece y promete el escarmiento; por momentos deja entrever que no le interesan los resultados. Para la estrategia opositora, nada más funcional que esa bipolaridad de gestión.

Milei ganó acelerando en la diáspora de una política fragmentada. Frente a un gobierno de tolderías saqueando lo que quedaba; frente a una oposición no menos alienada en su dinámica interna. Pero Milei decidió iniciar su gestión sin ningún esfuerzo por recoger las piezas dispersas para formar una masa crítica de gobernabilidad. Decidió seguir acelerando en el vacío: al Congreso fragmentado le envió una ley enorme. Necesitaba al menos facultades delegadas para la emergencia y un precario paquete fiscal, pero mandó un proyecto tan ambicioso que la oposición se frotó las manos. Un manjar para los buscadores de incisos, especialistas en fatigar a los gobiernos ansiosos.

Vacíos

No sólo en el Poder Legislativo el gobierno aceleró sin tracción. También en su propia casa, el Poder Ejecutivo. Milei no alcanzó a armar un equipo de funcionarios aptos para una tarea ciclópea. No tenía equipos propios y rechazó muchos de los que le ofrecieron sus aliados de última hora en el balotaje. Tampoco quiso abrir espacios a vertientes de la oposición que podían colaborar, con efecto coalicional en el Congreso.

En cierto sentido, Milei, su hermana Karina y su asesor de mayor rango, Santiago Caputo, cometieron el mismo error de Mauricio Macri, Marcos Peña y Jaime Durán Barba en sus inicios: confundieron el sentido del voto que los encumbró. No es lo mismo un voto que le otorga una oportunidad al cambio, que un voto que consagra al cambio como un proceso ya concluido. Hasta el día de hoy, Marcos Peña no alcanza a distinguir la diferencia.

En el caso de Milei, el desorden que tiene en varias áreas de gestión revela lo obvio: no es en los días soleados cuando se padecen las goteras. Milei dice que su exjefe de Gabinete, Nicolás Posse, ya es historia, pero ningún pasado es inconsecuente: hubo un error en la designación y en el diseño central de gestión del Ejecutivo. Ahora intenta corregirlo, pero no puede evitar que las consecuencias del error se tornen visibles. Hubo un valioso tiempo perdido.

Ahí está el ministerio de Sandra Pettovello como muestra: una estructura administrativa tan extensa que no alcanza a ser gestionada sólo con el marketing de la reducción de reparticiones o las denuncias a los gerentes de la pobreza. La simplificación de ministerios no simplifica la variedad de sus problemas. Lo sabe a la perfección Cristina Kirchner. Todavía padece los efectos judiciales de la estructura gigantesca que le delegó a Julio de Vido.

Hay un tercer ámbito donde la aceleración de Milei fue más dañina porque generó un problema donde no existía. El Presidente dejó correr un acuerdo para designar al controvertido juez Ariel Lijo en la Corte Suprema. Alguien le susurró al oído que podría de esa manera conseguir una mayoría adicta en el máximo tribunal de la Nación. Si creyó en ese canto de sirena, el error será enteramente suyo. Para ser juez, un postulante objetado necesita como del aire la traición a su mentor.

Así las cosas, el sistema político argentino ha ingresado en una vorágine de tensiones: Milei aceleró ante el vacío de la fragmentación opositora; la oposición se realinea acelerando en los huecos ostensibles de la gestión Milei.

La economía que legitimará a unos o a otros ha comenzado a ponerse nerviosa. Observa demasiada precariedad política, aunque los discursos ortodoxos y las encuestas inconmovibles persistan en el respaldo al cambio. En el mercado cambiario está en pleno desarrollo la pulseada entre la liquidación de exportaciones y el debate sobre el rezago del tipo de cambio.

El Gobierno espera ansioso que el índice de inflación de mayo se acerque a la baja nítida que ya mostró en la Ciudad de Buenos Aires. Es la noticia que le urge, para recuperar en el terreno de la política el valioso tiempo perdido.


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