Un tsunami de pesimismo cubre el mundo
En Europa, existe un amplio consenso en que las prolongadas “vacaciones de la historia” han llegado a su fin y que, a partir de ahora, la gente debe ponerse manos a la obra.
Los tiempos en que vivimos son propicios para quienes advierten a sus contemporáneos que les aguardan terribles catástrofes a menos que cambien su forma de actuar. No hace mucho, estos pesimistas apocalípticos aseguraban que el planeta Tierra corría el riesgo de caer en una nueva era glacial en la que todos moriríamos congelados. También hubo quienes pensaron que la superpoblación nos privaría de espacio vital y, según el Club de Roma, los recursos materiales estaban a punto de agotarse. Para más señas, existía la virtual certeza de que las bombas nucleares caerían en manos de individuos, como los ayatolás iraníes, que estarían dispuestos a usarlas.
Aunque algunos peligros que antes estaban de moda ahora se consideran obsoletos, se les han unido otros igualmente alarmantes. Estos incluyen el calentamiento global, que dejará la Tierra inhabitable; la sorprendentemente rápida caída mundial de la tasa de natalidad que, a menos que se revierta, pronto conducirá a la extinción de nuestra especie y, la última adición a la lista de amenazas mortales, las que plantea la Inteligencia Artificial.
Como resultado de todo esto, una ola de pesimismo recorre el mundo. Algo similar ocurrió cuando el Imperio Romano de Occidente se desintegró, la mitad oriental comenzó su largo declive y, en China y Japón, los budistas enseñaron que el mundo había entrado en la era del «mappo» en la que casi todo se degeneraría. Durante siglos, la sensación de que las perspectivas para la humanidad serían irremediablemente sombrías se alimentó a sí misma hasta que, por fin, la Ilustración europea iluminó el panorama.
Muchos occidentales parecen creer que un hombre, Donald Trump, es responsable de hundir al planeta en una crisis espiritual. Lo acusan de derrocar el viejo orden con el propósito de reemplazarlo con algo mucho peor. Sin embargo, a diferencia de los demás líderes, Trump es incansablemente optimista; insiste en que el futuro de su país será mucho mejor que su pasado inmediato e insta a sus homólogos en otras latitudes a adoptar un enfoque igualmente esperanzador, como, a su manera, hace Javier Milei.
En Europa, la mayoría de los actuales funcionarios públicos no están dispuestos a cambiar su forma de pensar. Siguen convencidos de que para revertir el calentamiento global tendremos que dejar de usar combustibles fósiles; en el Reino Unido y Alemania, los intentos de conformarse con sustitutos renovables como la energía eólica o los paneles solares han disparado los precios de la energía. Esta política «verde» ha tenido consecuencias nefastas para sus industrias y el nivel de vida de la gente común.
Los líderes europeos también están consternados por la creencia de Trump de que cometieron un error suicida al fomentar la inmigración de un gran número de hombres y mujeres que, lejos de compartir sus valores, los desprecian, y quisieran convertir los lugares donde se han asentado en algo más parecido a sus patrias ancestrales en Oriente Medio y el norte de África. Con todo, aunque la retórica de Trump enfurece a los gobernantes, muchos europeos creen que tiene razón cuando afirma que, a menos que cierren las puertas, su civilización no podrá sobrevivir por mucho más tiempo. Por eso, la llamada «ultraderecha» está en auge en casi todas partes y pronto podría alcanzar el poder en el Reino Unido, Francia, Alemania y otros países.
Si lo hace, a sus líderes les resultará mucho más difícil de lo que creen satisfacer a quienes los apoyan solo porque quieren echar a la clase política que ha gobernado sus países durante décadas. Bajo la presión de Estados Unidos, los gobiernos de derecha tendrían que gastar mucho más en sus fuerzas armadas, que tras décadas de abandono ni siquiera están en condiciones de enfrentarse a las de Rusia, y gastar menos en asistencia social. Y si bien expulsar a los inmigrantes no deseados contaría con el apoyo mayoritario, intentar deportar a un gran número de musulmanes provocaría violentos enfrentamientos sectarios.
En Europa, existe un amplio consenso en que las prolongadas «vacaciones de la historia» han llegado a su fin y que, a partir de ahora, la gente tendrá que ponerse manos a la obra. Pero si bien algunos problemas, como los planteados por el «multiculturalismo», podrían haberse evitado si más miembros de la élite política hubieran prestado la debida atención a las enseñanzas del pasado, otros tienen pocos precedentes. Después de todo, hasta hace relativamente poco, nadie tenía que preocuparse por la proliferación nuclear ni, por supuesto, por los drásticos cambios que, según los especialistas, traerá consigo la llegada de la Inteligencia Artificial. En estos ámbitos vitales, la historia no tiene mucho que enseñarnos.
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