Venezuela, un país herido que no deja de levantarse

El desastre natural volvió a golpear a un país que lleva más de dos décadas atravesando crisis, migración y dolor. La mirada de una periodista venezolana que vive la tragedia a la distancia.

Por Auribel Zuarce

Terremoto en Venezuela. Foto: gentileza.

El terremoto que sacudió a Venezuela dejó imágenes que cuesta mirar sin que se haga un nudo en la garganta. Edificios destruidos, familias buscando desesperadamente a sus seres queridos y ciudades enteras intentando entender qué había pasado. El sismo de magnitud 7,5, seguido apenas un minuto después por otro de 7,2, fue el más fuerte registrado en más de un siglo. El saldo es devastador, alrededor de mil personas murieron, miles resultaron heridas y todavía hay un número indeterminado de desaparecidos. Para cualquier país sería una tragedia inmensa. Para Venezuela, además, llegó cuando el dolor ya llevaba demasiado tiempo instalado.

Hace 27 años que Venezuela vive una tragedia distinta, una tragedia que no dejó escombros de un día para otro, sino que fue destruyendo lentamente un país y obligando a millones de personas a marcharse. Mi generación creció viendo morir jóvenes durante las protestas de 2014 y 2017 por reclamar libertad. Vimos hospitales quedarse sin insumos, familias hacer filas interminables para conseguir un poco de comida y abuelos perder la vida por enfermedades que en cualquier otro lugar tenían tratamiento. También vimos a niños y adultos alimentarse de mangos porque era lo único que había para comer.

Después llegó el éxodo, familias enteras se separaron buscando un futuro mejor, muchos caminaron miles de kilómetros hacia otros países de América Latina. Otros murieron en el camino. También quedaron quienes perdieron la vida intentando cruzar la selva del Darién con la esperanza de llegar a Estados Unidos. Detrás de cada venezolano que emigró hay una historia parecida, la de una despedida que nunca fue realmente una elección.

Yo también soy parte de esa historia. Vivo lejos de mi país, pero Venezuela nunca dejó de estar presente, allí siguen familiares, amigos y recuerdos. Por eso, cuando comenzaron a llegar las noticias del terremoto, lo primero no fue pensar en la magnitud del sismo. Lo primero fue intentar comunicarme con los míos y cuando pasan los minutos y nadie responde, el miedo empieza a ocuparlo todo. La distancia hace que la impotencia sea todavía más grande, uno quisiera estar ahí, abrazar a su familia, ayudar a remover escombros, llevar agua o simplemente acompañar.

En cambio, lo único que puede hacer es esperar una llamada o un mensaje que diga que están vivos.

Devastadores sismos en Venezuela. Foto: NA

Hay dolores que no se pueden explicar del todo, son dolores que se quedan en el alma. Porque el alma también duele cuando el país donde naciste vuelve a sufrir. Duele mirar las imágenes desde otro lugar del mundo y sentir que una parte de uno sigue allá. Duele continuar con la rutina mientras la cabeza está puesta en quienes todavía no aparecen, en quienes murieron o en quienes, una vez más, tendrán que empezar de cero.

El terremoto también dejó al descubierto una realidad que los venezolanos conocemos desde hace mucho tiempo. La naturaleza golpeó con una fuerza imposible de controlar, pero encontró un país profundamente debilitado, hospitales con enormes carencias, ambulancias insuficientes, servicios públicos precarios, cortes de electricidad y comunicaciones que colapsan en el momento en que más se necesitan. Después de tantos años de abandono, responder a una emergencia de esta magnitud se vuelve todavía más difícil.

Pero si hubo algo que volvió a emocionar fue la respuesta de la propia gente, las primeras personas que comenzaron a rescatar sobrevivientes no fueron grandes equipos especializados, fueron vecinos, hombres y mujeres que, sin más herramientas que sus propias manos, empezaron a sacar personas de entre los escombros. Madres protegiendo a sus hijos, jóvenes ayudando a desconocidos, médicos haciendo lo imposible con los pocos recursos disponibles y familias compartiendo lo poco que les quedaba. Esa solidaridad no nació con este terremoto, es la misma que permitió que millones de venezolanos sobrevivieran durante años a la crisis.

También reconforta saber que la ayuda internacional comenzó a llegar, en momentos como este, cada rescatista, cada hospital de campaña y cada cargamento de medicamentos representan mucho más que asistencia.

Me gustaría que algún día mi país volviera a ser noticia por su talento, por su cultura, por sus científicos, por sus deportistas o por la alegría de su gente. Me gustaría dejar de escribir sobre tragedias, sobre hambre, sobre migración o sobre muerte. Me gustaría que las nuevas generaciones conocieran una Venezuela distinta de la que conocimos nosotros.

Sin embargo, ningún terremoto, ninguna crisis y ningún gobierno pudieron destruir la solidaridad de los venezolanos. Esa capacidad de tender una mano cuando todo parece perdido es, quizás, la mayor riqueza que todavía conserva nuestro país, dicen que la esperanza es lo último que se pierde, los venezolanos llevamos muchos años aferrándonos a ella.


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