Oviedo otra vez

Aunque integra el Mercosur, el Paraguay es un país atrasado, con una cultura política predemocrática.

Luego de seis meses de clandestinidad gárrula, el ex general Lino Oviedo reapareció en Foz do Iguaçu donde fue detenido por la policía brasileña, percance que no lo irritó del todo, lo cual hizo pensar que su presunta captura se encuadraba en una maniobra sinuosa destinada a mejorar sus posibilidades de alcanzar el poder en Asunción. Pues bien: el que las vicisitudes de la política paraguaya se presten con tanta facilidad a teorías conspirativas de este tipo y que, les guste o no, países como el Brasil y la Argentina se ven obligados a participar en el juego, ya nos dice más que suficiente sobre el estado de nuestro vecino. Aunque integra el Mercosur, el Paraguay es un país sumamente atrasado, con una cultura política predemocrática, en el que los dirigentes, de los cuales virtualmente todos aprendieron su oficio en la corte del dictador Alfredo Stroessner, se manejan como figuras en un drama propio de la Italia renacentista. Por lo tanto, a gobiernos deseosos de atenerse a las reglas fijadas por la ley no les es nada fácil juzgar los méritos de los pedidos de extradiciones que de forma rutinaria reparten los gobernantes paraguayos actuales.

No es que existan muchas dudas en cuanto a Oviedo, personaje que bien pudo haber cometido los crímenes de los que ha sido acusado, es que sería absurdo creer que sus adversarios no serían capaces de inventar cargos y pruebas contra él. Oviedo, lo mismo que los ex presidentes Juan Carlos Wasmosy y Raúl Cubas Grau, el improvisado sucesor de éste Luis González Macchi y tantos otros, es un producto de un orden extraordinariamente corrupto que constituye un foco de infección que está perjudicando a buena parte de América del Sur. Como es notorio, el Paraguay brinda santuario no sólo a los contrabandistas tradicionales que dominan la economía, sino también a sus homólogos más modernos y mucho más peligrosos, los narcotraficantes, además, se supone, de células terroristas de origen medioriental. Así las cosas, ni el Brasil ni la Argentina pueden permitirse caer en el error de favorecer a una facción contra otra con la ilusión de que de este modo estén contribuyendo a consolidar las raquíticas instituciones democráticas.

Desde un enfoque humanitario, al dar asilo a Oviedo el gobierno del presidente Carlos Menem actuó correctamente, porque no existía la posibilidad de que el militar recibiría lo que podría calificarse de un juicio justo en su tierra natal. Sin embargo, Menem, lejos de querer aprovechar la presencia de Oviedo para presionar a los paraguayos para que emprendieran la tarea ingente de reducir la corrupción a niveles menos delirantes, comenzar a poner fin al contrabando que es una de las fuentes de ingresos principales de la «clase política» guaraní y, más urgente aún, si cabe, proceder a identificar para después detener o expulsar a los vinculados con grupos terroristas, pareció estar más que dispuesto a apostar al «jinete bonzai» y en contra de sus enemigos. Por supuesto, la idea ya instalada de que los menemistas eran corruptos deseosos de hacer negocios con socios paraguayos virtualmente aseguró que la decisión del gobierno de aquel entonces de dar refugio a Oviedo despertaría sospechas de todo tipo, pero también significaría que la actitud muy distinta de la Alianza se debió más a las luchas políticas argentinas que a un análisis objetivo de la situación.

Por fortuna, la reputación del presidente Fernando Henrique Cardoso es muy distinta de aquélla de Menem, de suerte que pocos creerían que su eventual decisión bien de ofrecer asilo político a Oviedo, o bien de devolverlo al Paraguay, sería consecuencia de algún pacto de connotaciones siniestras. Por lo tanto, está en condiciones de aprovechar la presencia de Oviedo y otros, entre ellos el ex presidente Stroessner, para desbaratar las conexiones brasileñas de las pandillas paraguayas más importantes para entonces poder investigar seriamente sus ramificaciones en el Paraguay mismo, con el propósito no sólo de extirpar un tumor en el seno del Mercosur, sino también de ayudar a que el pueblo paraguayo tenga una oportunidad para dejar atrás una etapa que en el futuro todos recordarán con una mezcla de vergüenza y perplejidad.


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