País modelo

El fin de quienes hablan del "modelo neoliberal" no es informar o analizar, sino confundir.

Redacción

Por Redacción

Como era de prever, los distintos voceros gubernamentales han coincidido en que los desastres que han hecho tan notable la gestión del presidente Eduardo Duhalde no fueron producto de sus propios errores sino del «modelo» que según ellos fue instalado por el presidente Carlos Menem y conservado por su sucesor, Fernando de la Rúa. Por eso, el jefe de Gabinete, el sindicalista Alfredo Atanasof, afirmó que la jibarización del producto bruto se debió a «los coletazos de la caída de un modelo que destruyó el país». La idea de que los menemistas se las arreglaron para crear un «modelo» que puso fin a la Argentina floreciente e igualitaria que habría existido en 1989 y que sería la causa de todos sus problemas posteriores ha sido reiterada ad náuseam por distintos representantes opositores desde hace por lo menos diez años, pero puesto que nadie se ha dado el trabajo de decirnos exactamente en qué consistía aquel «modelo» fatídico, las alusiones a sus consecuencias trágicas no sirven para mucho. Aunque fuera posible demostrar que la convertibilidad, el esquema que es de suponer constituía la base fundamental del «modelo», incidió de manera extraordinariamente perversa en la vida económica del país, los así convencidos tendrían que explicar por qué creen que un «modelo» hiperinflacionario hubiera sido mejor o, si están en favor de cierta estabilidad monetaria, cómo la habría conseguido en un país en que el dólar estadounidense es la moneda de referencia y en el que parece irremediable la incapacidad de la clase política para tomar en cuenta los límites presupuestarios.

Según los críticos del «modelo», éste era «neoliberal» y por lo tanto inhumano. Sin embargo, si bien es evidente que Menem trató de liberalizar la economía, a ninguna persona informada y honesta se le ocurriría calificar de «neoliberal» la Argentina semicerrada y caóticamente reglamentada de los años noventa. Asimismo, se ha hablado mucho del «capitalismo salvaje», pero no se sabe si se trataba sólo de la versión autóctona o también de las distintas modalidades estadounidenses y europeas que han sido así tildadas por sus adversarios izquierdistas y católicos. Si Estados Unidos y la Unión Europea son otras víctimas del «capitalismo salvaje», son muchos los argentinos que quisieran que su propio país compartiera sus sufrimientos. Por atroces que sean los «modelos» vigentes en el Primer Mundo, son claramente superiores en todos los sentidos a cualquier sistema que se haya dado en el Tercero.

De todos modos, es muy importante distinguir las lacras imputables a la influencia negativa del llamado «modelo menemista» de las atribuibles a causas un tanto más profundas, es decir, separar los problemas económicos y sociales que ya existían antes de 1989 -o de 1976-, de aquellos que es legítimo asignar a ministros de Economía de actitudes «ortodoxas», porque de lo contrario será virtualmente imposible saber cuáles reformas son necesarias. Sin embargo, es evidente que los críticos más vehementes del «modelo» no tienen intención alguna de discriminar entre los problemas recientes y aquellos que han estado frenando la evolución del país a partir de las primeras décadas del siglo pasado. Por motivos partidarios, prefieren hacer creer que la Argentina siempre había sido un país equitativo, que la «cuestión social» no existió antes del Proceso o la gestión de Menem, que en aquel entonces no había motivos para preocuparse por el atraso patente del país en comparación con Europa Occidental, el Canadá y Australia, que de no haber sido por la rapacidad siniestra de la patria financiera y de sus amigos foráneos tanto el «modelo» de Isabel como aquel de Alfonsín hubieran seguido repartiendo prosperidad, justicia social y alegría. En una palabra, el propósito de quienes hablan del «modelo neoliberal» no consiste en informar o analizar, sino en confundir por temor a que sus compatriotas comiencen a preguntarse por los perjuicios que les han ocasionado el «modelo» corporativo que, a pesar de algunas reformas liberalizadoras, ha sobrevivido intacto hasta nuestros días. Si bien es comprensible que muchos políticos y sindicalistas estén resueltos a defender contra viento y marea un «modelo» que les ha permitido transformarse en multimillonarios, los demás no tienen por qué seguir costeándolo.


Como era de prever, los distintos voceros gubernamentales han coincidido en que los desastres que han hecho tan notable la gestión del presidente Eduardo Duhalde no fueron producto de sus propios errores sino del "modelo" que según ellos fue instalado por el presidente Carlos Menem y conservado por su sucesor, Fernando de la Rúa. Por eso, el jefe de Gabinete, el sindicalista Alfredo Atanasof, afirmó que la jibarización del producto bruto se debió a "los coletazos de la caída de un modelo que destruyó el país". La idea de que los menemistas se las arreglaron para crear un "modelo" que puso fin a la Argentina floreciente e igualitaria que habría existido en 1989 y que sería la causa de todos sus problemas posteriores ha sido reiterada ad náuseam por distintos representantes opositores desde hace por lo menos diez años, pero puesto que nadie se ha dado el trabajo de decirnos exactamente en qué consistía aquel "modelo" fatídico, las alusiones a sus consecuencias trágicas no sirven para mucho. Aunque fuera posible demostrar que la convertibilidad, el esquema que es de suponer constituía la base fundamental del "modelo", incidió de manera extraordinariamente perversa en la vida económica del país, los así convencidos tendrían que explicar por qué creen que un "modelo" hiperinflacionario hubiera sido mejor o, si están en favor de cierta estabilidad monetaria, cómo la habría conseguido en un país en que el dólar estadounidense es la moneda de referencia y en el que parece irremediable la incapacidad de la clase política para tomar en cuenta los límites presupuestarios.

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