Palabras

Redacción

Por Redacción

Cuando Reyes le contó que iba a estudiar periodismo, su hermano mayor le preguntó: “¿Y de qué vas a vivir?”. A los 17 años, recién salido de la secundaria, ésa fue la primera observación que recibió sobre su planes. O, al menos, la que más recuerda. Hay comentarios que –teoriza Reyes– mucha gente ignora cuánto perduran y el efecto que causan. Pueden pesar por lo que dicen, pero más aún por quién lo dice. El otro día leyó, no se acuerda dónde, que las personas que nos conocen no tienen derecho a llegar a nuestra última piel si no es para acariciarla. Las caricias –añade Reyes– hay que empezar por dárnoslas nosotros mismos. Está claro: tiene una obsesión por el peso de lo que decimos. El que lo dice es muy probable que no recuerde que lo dijo. Pero el receptor puede que no lo olvide jamás. Esas palabras pueden ser una montaña encadenada en el tobillo. O bien un estímulo extra, una suerte de desafío permanente. “Leí la nota. No me emocionó ni mucho menos”, empezó el extenso mail del que, para Reyes, fue el mejor jefe que tuvo en más de una década en la que también lidió con otros a los que consideró cobardes y ruines. Había argumentos, cuestionamientos, exigencias y, en un gesto sutil de piedad, algún elogio enano. Le criticó errores de todo tipo pero –advirtió el jefe– eso no era lo más importante, ya que en diez años los podría seguir teniendo aunque el mensaje podría mejorar. “El día que vuelvas a decir algo tenés que estar convencido de que nadie en el mundo –ni siquiera vos mismo cuando te levantes al día siguiente– va a poder decirlo mejor”, cerró el mail que Reyes atesora con cariño. ***** Son las 2 de la mañana. Isidoro Reyes tiene su hoja en blanco. Si no escribe algo se va a morir de hambre. En el chat aparece su primer amor. Compartieron la adolescencia y sentían que era primavera todos los días. Ella le cuenta que se va a casar y que una señora le dijo: “¡Ay, nena, yo sabía que te iba a llegar!”. Reyes se alegra por ella y, preocupado por sí mismo, le cuenta su conflicto: no sabe qué escribir. Ella, críptica, cita a Carl Jung: “Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”. Y le revela que lee lo que él escribe. Reyes pestañea frente al monitor y, como si alguien apretara un botón, responde: “Va a ser mi peor texto, estoy presionado. Mi hermano más grande me dijo que leyó todas mis historias y yo creía que nunca las había visto”. Cierra todas las ventanas y empieza a escribir.

Juan Ignacio Pereyra


Cuando Reyes le contó que iba a estudiar periodismo, su hermano mayor le preguntó: “¿Y de qué vas a vivir?”. A los 17 años, recién salido de la secundaria, ésa fue la primera observación que recibió sobre su planes. O, al menos, la que más recuerda. Hay comentarios que –teoriza Reyes– mucha gente ignora cuánto perduran y el efecto que causan. Pueden pesar por lo que dicen, pero más aún por quién lo dice. El otro día leyó, no se acuerda dónde, que las personas que nos conocen no tienen derecho a llegar a nuestra última piel si no es para acariciarla. Las caricias –añade Reyes– hay que empezar por dárnoslas nosotros mismos. Está claro: tiene una obsesión por el peso de lo que decimos. El que lo dice es muy probable que no recuerde que lo dijo. Pero el receptor puede que no lo olvide jamás. Esas palabras pueden ser una montaña encadenada en el tobillo. O bien un estímulo extra, una suerte de desafío permanente. “Leí la nota. No me emocionó ni mucho menos”, empezó el extenso mail del que, para Reyes, fue el mejor jefe que tuvo en más de una década en la que también lidió con otros a los que consideró cobardes y ruines. Había argumentos, cuestionamientos, exigencias y, en un gesto sutil de piedad, algún elogio enano. Le criticó errores de todo tipo pero –advirtió el jefe– eso no era lo más importante, ya que en diez años los podría seguir teniendo aunque el mensaje podría mejorar. “El día que vuelvas a decir algo tenés que estar convencido de que nadie en el mundo –ni siquiera vos mismo cuando te levantes al día siguiente– va a poder decirlo mejor”, cerró el mail que Reyes atesora con cariño. ***** Son las 2 de la mañana. Isidoro Reyes tiene su hoja en blanco. Si no escribe algo se va a morir de hambre. En el chat aparece su primer amor. Compartieron la adolescencia y sentían que era primavera todos los días. Ella le cuenta que se va a casar y que una señora le dijo: “¡Ay, nena, yo sabía que te iba a llegar!”. Reyes se alegra por ella y, preocupado por sí mismo, le cuenta su conflicto: no sabe qué escribir. Ella, críptica, cita a Carl Jung: “Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”. Y le revela que lee lo que él escribe. Reyes pestañea frente al monitor y, como si alguien apretara un botón, responde: “Va a ser mi peor texto, estoy presionado. Mi hermano más grande me dijo que leyó todas mis historias y yo creía que nunca las había visto”. Cierra todas las ventanas y empieza a escribir.

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