Papa Francisco, el poder de la persuasión

Redacción

Por Redacción

En una suite del Waldorf Astoria de Nueva York el presidente Lyndon B. Johnson se reunía con el papa Pablo VI en un encuentro privado. Era el otoño de 1965, momentos álgidos de la Guerra Fría y pleno desarrollo de la de Vietnam. Por ese entonces no se habían reanudado las relaciones diplomáticas con el Vaticano, siguiendo escrupulosamente la separación entre Iglesia y Estado. El papa Francisco, en el otoño de este año, llegó a Estados Unidos pero ya en visita oficial. Se reunió con el presidente Barack Obama en la Casa Blanca y habló en los jardines de la residencia ante 15.000 personas que lo esperaron con emoción, banderas y esperanzas. Pero, siguiendo la huella de Pablo VI y de sus predecesores, el papa de la transformación puso sus pies en el Congreso de Estados Unidos, algo impensable cincuenta años atrás. Fue la primera vez que un jefe de la Iglesia Católica se presentó en el Capitolio. Y emergieron expectativas por lo que muchos temían que pudiera decir, a las puertas de un proceso electoral. Su mensaje resonó en la complejidad de los problemas cruciales de esta humanidad. Pero lo dijo pausada y suavemente, con humildad y sencillez. Y la sociedad estadounidense advirtió que, alejado de la pompa y de la fanfarria, el papa sigue con gestos y acciones su prédica. Sin tomar partido explícito por las posiciones de unos u otros, demócratas o republicanos, fue firme al exponer la posición de la Iglesia sobre los asuntos que fracturan la política local y tocó sin prejuicios ni miramientos la inmigración, el cambio climático, la pena de muerte, el aborto, el tráfico de armas y el terrorismo. Lo hizo como hace en cualquiera de los países que visita. Se presenta por la puerta de la proximidad y de la semejanza. Reconoce y exalta los valores positivos de la historia y los sentimientos de cada pueblo. Hay tres modos de que un líder consiga su objetivo en el ámbito internacional, escribió el profesor de Harvard Joseph Nye. Una de ellas es a través de la fuerza, “a palos”. La segunda es con dinero. Y la tercera es el “poder suave”, que consiste en la habilidad de persuadir e inspirar al otro. El papa Francisco optó por el tercero. Salió a la calle a predicar con el ejemplo. Comió con los sin techo, rompió el protocolo, mostró su perpetua austeridad y habló con las víctimas de los curas pederastas. Desde el Congreso se apoyó en el himno nacional y en la Declaración de la Independencia de 1776 para remarcar que todos los hombres son creados iguales. El mundo, dijo, es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad cometida, incluso, en el nombre de Dios y de la religión. Sus palabras apuntaron al corazón de la nación. Evocó, como eje de su mensaje, a cuatro ilustres ciudadanos del país. Indiscutibles. Cuatro que encarnan los ideales del sueño americano: el presidente Abraham Lincoln, Martin Luther King Jr., Dorothy Day –fundadora del Movimiento del Trabajador Católico, cuya pasión por la justicia y por la causa de los oprimidos sirve como modelo– y el monje cisterciense Thomas Merton. Sin forzar nada, sin tonos ásperos, Francisco convocó a los políticos, a la nación estadounidense y al mundo a ser fieles a la propia historia para afrontar las emergencias internas, regionales y mundiales. En Washington DC, en Nueva York y en Filadelfia, gente de diferentes lugares del mundo, de distintas ciudades, de diversos credos, se emocionó y acompañó a este papa que dejó el púlpito y salió a caminar con la gente. También tiró las redes para que juntos y unidos se pueda encontrar el delicado equilibrio para combatir la violencia perpetrada en el nombre de una religión, de una ideología o de un sistema económico. Con su tono conciliador incitó a defender la libertad religiosa, la libertad intelectual y las libertades individuales. La empatía fue el hilo conductor de su visita. No fue un momento de reproches, sino de euforia y esperanza, que perdurará en la memoria como uno de los grandes acontecimientos en la historia de Estados Unidos. (*) Abogado y diplomático

Eduardo Tempone (*)


En una suite del Waldorf Astoria de Nueva York el presidente Lyndon B. Johnson se reunía con el papa Pablo VI en un encuentro privado. Era el otoño de 1965, momentos álgidos de la Guerra Fría y pleno desarrollo de la de Vietnam. Por ese entonces no se habían reanudado las relaciones diplomáticas con el Vaticano, siguiendo escrupulosamente la separación entre Iglesia y Estado. El papa Francisco, en el otoño de este año, llegó a Estados Unidos pero ya en visita oficial. Se reunió con el presidente Barack Obama en la Casa Blanca y habló en los jardines de la residencia ante 15.000 personas que lo esperaron con emoción, banderas y esperanzas. Pero, siguiendo la huella de Pablo VI y de sus predecesores, el papa de la transformación puso sus pies en el Congreso de Estados Unidos, algo impensable cincuenta años atrás. Fue la primera vez que un jefe de la Iglesia Católica se presentó en el Capitolio. Y emergieron expectativas por lo que muchos temían que pudiera decir, a las puertas de un proceso electoral. Su mensaje resonó en la complejidad de los problemas cruciales de esta humanidad. Pero lo dijo pausada y suavemente, con humildad y sencillez. Y la sociedad estadounidense advirtió que, alejado de la pompa y de la fanfarria, el papa sigue con gestos y acciones su prédica. Sin tomar partido explícito por las posiciones de unos u otros, demócratas o republicanos, fue firme al exponer la posición de la Iglesia sobre los asuntos que fracturan la política local y tocó sin prejuicios ni miramientos la inmigración, el cambio climático, la pena de muerte, el aborto, el tráfico de armas y el terrorismo. Lo hizo como hace en cualquiera de los países que visita. Se presenta por la puerta de la proximidad y de la semejanza. Reconoce y exalta los valores positivos de la historia y los sentimientos de cada pueblo. Hay tres modos de que un líder consiga su objetivo en el ámbito internacional, escribió el profesor de Harvard Joseph Nye. Una de ellas es a través de la fuerza, “a palos”. La segunda es con dinero. Y la tercera es el “poder suave”, que consiste en la habilidad de persuadir e inspirar al otro. El papa Francisco optó por el tercero. Salió a la calle a predicar con el ejemplo. Comió con los sin techo, rompió el protocolo, mostró su perpetua austeridad y habló con las víctimas de los curas pederastas. Desde el Congreso se apoyó en el himno nacional y en la Declaración de la Independencia de 1776 para remarcar que todos los hombres son creados iguales. El mundo, dijo, es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad cometida, incluso, en el nombre de Dios y de la religión. Sus palabras apuntaron al corazón de la nación. Evocó, como eje de su mensaje, a cuatro ilustres ciudadanos del país. Indiscutibles. Cuatro que encarnan los ideales del sueño americano: el presidente Abraham Lincoln, Martin Luther King Jr., Dorothy Day –fundadora del Movimiento del Trabajador Católico, cuya pasión por la justicia y por la causa de los oprimidos sirve como modelo– y el monje cisterciense Thomas Merton. Sin forzar nada, sin tonos ásperos, Francisco convocó a los políticos, a la nación estadounidense y al mundo a ser fieles a la propia historia para afrontar las emergencias internas, regionales y mundiales. En Washington DC, en Nueva York y en Filadelfia, gente de diferentes lugares del mundo, de distintas ciudades, de diversos credos, se emocionó y acompañó a este papa que dejó el púlpito y salió a caminar con la gente. También tiró las redes para que juntos y unidos se pueda encontrar el delicado equilibrio para combatir la violencia perpetrada en el nombre de una religión, de una ideología o de un sistema económico. Con su tono conciliador incitó a defender la libertad religiosa, la libertad intelectual y las libertades individuales. La empatía fue el hilo conductor de su visita. No fue un momento de reproches, sino de euforia y esperanza, que perdurará en la memoria como uno de los grandes acontecimientos en la historia de Estados Unidos. (*) Abogado y diplomático

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