¿Para qué sirven las armas? (una escuela por mes)

Por Redacción

TOMÁS BUCH (*)

Una vez más los medios nos han sorprendido con la noticia de una masacre en una escuela. 27 víctimas, entre ellas 20 alumnos de la escuela primaria y el resto, seguramente sus maestros. Nadie lo recuerda, pero en Estados Unidos hay una masacre escolar por mes desde hace años. Y siguen las quejas por la inseguridad en la Argentina, el país que menos tasa de asesinatos tiene en toda Latinoamérica. En Estados Unidos existe una lacra histórica, la segunda enmienda de la Constitución, que hace un derecho constitucional de la posesión –y en algunos estados, la portación– de armas de fuego. Excluidos estaban, por supuesto, los negros –fuesen esclavos o no–. La segunda enmienda menciona también la creación de una milicia popular, pero esta parte fue ampliamente superada por el Pentágono, la industria de las armas y el militarismo oficial. A esta lacra histórica se agrega un “lobby” de los más poderosos, la Asociación Nacional del Rifle, NRA. El Congreso norteamericano no necesita más que una decisión para abolir esa enmienda –la segunda, repetimos, para poner énfasis en su carácter histórico–. Pero nunca se atreverá, siquiera, a plantear ese tema. El armamentismo del pueblo estadounidense, obviamente, no es de ayer ni se expresa solamente en la portación de armas de fuego. La industria armamentista misma es uno de los poderes por encima del aparente poder político presidencial. Pero hay una tradición histórica de individualismo y violencia profundamente enclavada en la personalidad de la mayoría de los norteamericanos –los ciudadanos de la “América Profunda”, de los que muchos son fundamentalistas protestantes– que nació, no del genio de los padres fundadores, sino de la conquista del territorio. Éste, especialmente el oeste, no se conquistó por una acción concertada como nuestra malhadada “Conquista del Desierto”, decisión del gobierno y masacre sistemática. Fue mediante la brutal acción de individuos que, revólver al cinto, “disparaban más rápido que su sombra”, como ironiza una antigua historieta francesa. Todos hemos visto los westerns, esas docenas de películas industriales –en las que se destacó Ronald Reagan, más tarde presidente y autor de la Revolución Conservadora o Neoliberal– en las que “el muchachito” solitario se enfrentaba a los “malos” a tiro limpio. Y en las que, dicho sea de paso, las únicas mujeres que aparecían eran las prostitutas del “saloon” donde se refrescaban los cowboys, cansados de matar indios y asaltantes de trenes. De esta cultura nace el héroe individual e individualista extremo de todos los seguidores ideológicos de los westerns: Batman, el Hombre Araña, Superman, el mismo Guasón no son personas, aunque a veces se disfracen de tales, son los “superhéroes”, individualistas que quieren salvar a la masa informe sin cara ni acción, pasivos receptores de la bondad o maldad de esos héroes individualistas. Ahora se agrega Catwoman, para equilibrar los géneros, aunque no el fondo. El otro lado de la cultura estadounidense es la violencia, que empezó cuando los pacíficos cuáqueros empezaron a “desbrozar” sus tierras de indios y los no tan pacíficos expedicionarios al oeste despojaron a México de la mitad de su territorio, continuó con la Guerra contra España en 1899 –más o menos inventada por las mentiras del magnate de la prensa, Randolph Hearst, el mismo que dijo: “Las noticias las hago yo”, actualmente seguido por Rupert Murdoch, el dueño de la cadena Fox y del “Wall Street Journal”–, sigue con la continuamente fracasada necesidad (o interés) de imponer la “democracia” por la fuerza por doquier y se pone de manifiesto en gran parte del cine. Muchas de las películas de Hollywood están formadas por escenas de una violencia insólita y obscena junto a una dulzura hipócrita y una comicidad pueril. Cuatro presidentes de Estados Unidos murieron asesinados –obviamente, siempre por razones políticas nunca investigadas–, pero la versión oficial sólo habla de locos individuales y no de conspiraciones de los grandes intereses que podrían haberse sentido tocados. Como ahora, que un lacrimoso presidente Obama declaró cuatro días de duelo pero no hizo mención a causa alguna. Un loco más… Cómo se pasa de esta tradición individualista y violenta a los asesinatos indiscriminados –especialmente de niños de escuela– es un tema para sociólogos y psicólogos, pero los asesinos rara vez sobreviven a sus hazañas como para someterse a un análisis detallado de sus motivaciones y de los retorcidos caminos de sus circunvoluciones cerebrales. Pero la violencia está profundamente arraigada en la cultura estadounidense. Es probable que estos cada vez más frecuentes estallidos psicóticos estén fomentados por los medios de comunicación. No es una contradicción la existencia de grandes escritores, pensadores, artistas, científicos, premios Nobel de todas clases, vanguardias sostenidas por la primera enmienda de la Constitución estadounidense que asegura la libertad de expresión. Ésta sólo fue violada por el macartismo y está amenazada por la actual paranoia antiterrorista, que desafía los derechos fundamentales –y que hasta prohíbe que los dueños de medios gráficos puedan poseer medios audiovisuales–. La ciencia norteamericana está a la vanguardia del mundo, pero cada vez está más sometida a los intereses de las grandes empresas que hasta financian a las más célebres universidades, al punto de poner en riesgo la independencia y credibilidad de las publicaciones científicas. Hay muchas otras manifestaciones de una gran nación –especialmente en las costas– pero envenenada por la violencia y el individualismo, donde el otro no es un compañero sino un enemigo potencial. Lamentablemente, una democracia fascista estadounidense, con una población armada hasta los dientes cada uno contra su vecino, no es una idea contradictoria ni descabellada. Mientras, los niños de escuela están aterrorizados, pero en la bolsa de Nueva York las acciones de los fabricantes de armas bajaron algunos puntos. (*) Físico y químico