¿Partido perdido?

Es fundamental que los beneficiados por el proteccionismo del plan Cavallo entiendan que sólo son medidas de corta duración.

Por Redacción

Entre los más contentos por la puesta en marcha del «plan de Cavallo» están los empresarios textiles y otros vinculados con la producción de ropa y calzado, los cuales dicen creer que con los aranceles, la reducción de los aportes patronales y nuevos convenios colectivos de trabajo, además de algunas medidas aún no previstas, estarán en condiciones de sobrevivir a la competencia de fábricas en países más pobres como el Brasil y China. Según ellos, sin la ayuda así supuesta no tendrían posibilidad alguna de prosperar. Es de suponer que tienen razón: como aprendimos antes de concretarse la apertura limitada de la economía nacional a comienzos de los años noventa, virtualmente cualquier empresa puede seguir funcionando con tal que cuente con ventajas suficientes. Pero si bien el retorno al proteccionismo puede defenderse en una emergencia en la que por distintos motivos el crecimiento es considerado una prioridad absoluta, en un país tan pobre como la Argentina los subsidios directos o indirectos no constituirán una solución permanente para los sectores en dificultades.

El problema que enfrentan estos empresarios, pues, consiste en encontrar la forma de producir a un precio razonable bienes que sean más atractivos que sus equivalentes brasileños o asiáticos. Si sólo fuera cuestión de los costos laborales, no les sería dado hacerlo porque – por suerte -, pocos quisieran que la Argentina se hiciera «competitiva» en este ámbito particular. Sin embargo, existe una multitud de otros factores vinculados con la calidad y el diseño, además de la proximidad al mercado local, en base a los cuales los empresarios argentinos podrían aspirar a triunfar sobre sus rivales.

Por ser un país de ingresos relativamente elevados, a la Argentina no le queda otra alternativa que la de probar estrategias similares a las adoptadas en Europa, América del Norte y otras regiones en las que los salarios son decididamente más generosos que en la mayor parte de América Latina, Asia y Africa. A pesar de tener que pagar a los operarios en sus propios países diez o veinte veces más de lo que percibirían quienes trabajan para una corporación multinacional en China o Bangladesh, no todos los empresarios europeos y norteamericanos del sector se han visto obligados a cerrar sus fábricas. Aunque no pueden competir en la producción de los bienes más baratos, han sabido conservar algunas ventajas cualitativas además, huelga decirlo, de dominar los aspectos creativos y administrativos de su negocio abriendo o comprando sucursales en el exterior.

La estrategia así supuesta dista de ser fácil y, claro está, no sirve para que haya una gran cantidad de fuentes de trabajo para obreros poco preparados, pero a la larga es la única compatible con un nivel de ingresos superior al tercermundista. Es por eso que la Argentina no puede darse el lujo de limitarse a mantener una actitud defensiva. Con murallas proteccionistas o sin ellas, a menos que las industrias amenazadas por la competencia de países más pobres que el nuestro logren hacerse cada vez más eficientes y más creativas, el resto de la sociedad continuará viéndose constreñido a elegir entre subvencionarlas, lo cual empobrece a los demás, y reconocer que ya han dejado de ser viables. Es un desafío muy duro y siempre habrá aquellos que se resisten a los cambios exigidos por las circunstancias hablando de desempleo intolerable, de apertura indiscriminada y de competencia desleal. A veces, estarán en lo cierto y convendría ayudarlos en una etapa anómala, es decir, breve, pero a menudo lo que quieren es postergar la necesidad de hacer los esfuerzos muy grandes que les permitirían adaptarse a la nueva realidad. Así las cosas, es fundamental que los beneficiados por el proteccionismo que caracteriza la fase inicial del «plan Cavallo» entiendan que sólo se trata de medidas de muy corta duración destinadas a darles otra oportunidad para actualizarse. De lo contrario, el eventual crecimiento que se vea estimulado por las políticas «activas» del gobierno pronto se agotará y muchas industrias se encontrarán en la misma situación que antes por ser incapaces de sobrevivir a menos que reciban subsidios que el país sencillamente no estará en condiciones de facilitarles.