Paso Pérez Rosales y el drama de Ricardo Roth

Era argentino y vivió en Chile cerca del hito limítrofe que vio instalar. Fue el pionero del "corredor" turístico al Nahuel Huapi. Su hijo dilecto se mató en un glaciar. Don Ricardo está enterrado en la isla Margarita del lago Esmeralda.





a vinculación del joven argentino Ricardo Roth con la Patagonia y el perito Moreno no fue casual. Enclavado en Peulla desde 1901 del otro lado de la frontera, podría ayudar modestamente a consolidar la pacificación que siguió al conflicto de límites. El laudo de la corona inglesa de 1902 lo tomó en ese paraíso frente al lago Esmeralda, próximo a los nevados de la región: Tronador, Techado, Puntiagudo y Osorno.

Había sido el gobierno argentino -por consejo de «Pancho» Moreno-, quien encomendó al suizo Santiago Roth las expediciones a la Puna y a la Patagonia (en la que participó su hijo Ricardo). El chileno Luis Foncea Aedo, señaló en 1947 al retratar ese pasado de Ricardo Roth, que «la gloria ha ungido la nevada cabellera de su padre. La Universidad de Zurich le ha concedido el título de Doctor Honoris Causa y la Comisión Internacional de Geología de Nueva York lo declara uno de sus miembros».

El hijo de semejante científico será desde Peulla el artífice de la vinculación regional. Una versión dice que en 1903 cruzó a los primeros turistas (franceses) por el paso Pérez Rosales. Era Jefe de la Sección Transportes entre Puerto Varas y Puerto Blest. Soñaba con erigir confortables hoteles y potentes vapores lacustres. Tres sucesivos lagos en esa falda chilena y los tramos terrestres, vinculaban con el incomparable Nahuel Huapi (en Blest).

Desde que llegó, Ricardo Roth fue mimado desde Bariloche (donde trabajó) hasta Puerto Varas. Admiraban su estoica soledad, su pujanza laboriosa y comercial. Los matrimonios industriosos de Varas y Puerto Octay y las esposas celestinas de patrones de fundos prósperos, lo creían «un buen partido» para hijas en edad de merecerlo.

 

De pronto, el amor por Ella

 

Fue en el fundo Los Riscos, junto al Llanquihue, propiedad y criadero del acaudalado Augusto Minte Bradau, donde el todavía veinteañero Ricardo Roth quedó flechado por Ella Luisa, la hija mayor entre la prole del señor Minte. El noviazgo -como sucedía entonces- surgió en complicidad con Sofía Sunckel, la futura suegra de Roth. Se casaron en 1909.

Los primeros años de la pareja coincidieron con el decaimiento de la Cía. Chile Argentina y los desacuerdos que Roth le planteó. Se retiró

a su fundo El Puntiagudo. En 1912 comenzó la liquidación de la empresa, cuando el tráfico y las razones comerciales que la habían gestado, se esfumaban.

La ayuda a turistas franceses que Roth brindó para llegar al Pacífico y que datan en 1903, algunos la encasillan en 1913. Si el último dato es el veraz, coincide con la decisión de Roth para formar una empresa transportadora desde el hito limítrofe hacia Puerto Varas, quizás porque hacía dos años (1911) el ferrocarril llegó allí. «El futuro será el turismo», sentenció.

Para el año 13 el movimiento creció. Muchos funcionarios argentinos y gobernadores patagónicos cruzaron por Peulla a bordo de los servicios en territorio chileno de la Andina del Sud.

Algunos volvieron ese mismo año para buscar a Theodore Roosevelt, a quien le escucharon decir que «Chile es el país más bonito del Universo». Para entonces Roth atendía a todos los viajeros y vislumbraba el futuro en el turismo.

Se propuso comprar la Andina del Sud y aprovechando sus raíces suizas, convenció a una compañía helvética para asociarse. Pero en el año 14 el estallido de la guerra diluyó la negociación. Adherido Roth a los que sospechaban que «el conflicto terminará pronto», logró comprar la totalidad de la empresa en sociedad con Augusto Minte Bradau, su suegro. A dos años de esa sociedad Roth logró vender su fundo El Puntiagudo y consiguió comprar el resto de la sociedad.

En 1916, con la guerra europea en plenitud de sus fragores, el turismo yermo y el futuro incierto, pasó, sin embargo por el lugar, Ada Eiflein, cuyos notas en La Prensa de Buenos Aires lograron despertar interés en ese paso trasandino. Es cierto que Roth había logrado vencer contratiempos y monopolizaba el transporte desde Bariloche hasta Varas, pero la falta de ayuda estatal y el olvido hacia ese confín, lo obligó a recurrir a prés

tamos que lo obligaron a soportar la compulsión de los acreedores.

A partir de entonces Roth transitó un calvario iniciado por ceder -a bajo precio- la navegación del Nahuel Huapi. Como un Primo Capraro «hacedor» del viejo Bariloche, pero del otro lado del límite, Roth resultó un personaje similar: imparable en su acción, elogiado por muchos y denostado por otros y a ambos lados de la cordillera (según «Puerto Varas, Cincuentenario», 1947). Su crisis arrancó al vender el tramo de transportación en el lago Llanquihue.

En 1924 mantenía el resto de sus propiedades pero enmarcadas dentro del flamante Parque Nacional Vicente Pérez Rosales (surgido dos años después que el Parque Nacional del Sud y futuro Parque Nacional Nahuel Huapi).

 

Crisis y la muerte helada

 

La crisis financiera recrudeció. Debió enajenar el tramo transportador Ensenada – Petrohué y su imperio se redujo a lago De todos los Santos o Esmeralda, hasta Blest. Su contención estuvo en la vida familiar: los hijos eran Rudy, Werner, Walter y Nana. Rudy, el predilecto y con el sello de su sostenido empuje. En 1925 decidió acicalar su hotel Peulla y volver a expandirse. Nombró un agente comercial en Buenos Aires y con ayuda financiera construyó el hotel Laguna Frías (varias décadas después devorado por un incendio), amplió el de Peulla y mandó a construir el vapor Esmeralda para el lago homónimo.

Nunca le habían sido ajenos los deportes de montaña y en 1931 estuvo entre los asociados iniciales del Club Andino Bariloche. Para cuando el presidente chileno Ibáñez le tendió ayuda vial, al mejorar el trazado, enripiar los tramos terrestres y tender puentes, los micros reemplazaron a las mulas y los caballos. A la vez ya estaba a su lado Rudy, el mayor de sus hijos, su colaborador infatigable.

Ya al terminar la crisis de los años '30 el hotel Peulla alcanzó cierto florecimiento. Poco después, el gobierno trasandino se ocupó del turismo. El ferrocarril estatal construyó grandes hoteles (el de Puerto Varas, por ejemplo), editó guías, y el movimiento de viajeros para el cruce argentino – chileno creció inusitadamente.

Sin embargo a Roth le llovieron críticas, acusaciones y despojos. Un voraz incendio devoró su casa de campo, atestada de elementos que había almacenado para atender los servicios que prestaba. El joven Rudy, su hijo preferido, era quien atendía el fundo familiar. Más allá del trabajo rural, los placeres de Rudy consistían en entrenar y cuidar los perros «arreadores», pero si disponía de tiempo, mucho más le gustaba escalar montañas y calzarse los rudimentarios esquíes de esos tiempos para afrontar descensos vertiginosos.

En 1937 llegó a Peulla un avezado escalador y Rudy Roth fue su compañero en el intento de escalar la cumbre aún no hollada del cerro Puntiagudo, piramidal vigía de la región. El regreso de los excursionistas se demoraba y los perros de Rudy presintieron lo peor, corrieron desde el fundo hasta Peulla y asaltaron la cubierta del Esmeralda en el momento que la embarcación dejaba el muelle. Entonces se puso proa a la orilla vecina y allí los animales se largaron a trepar la ladera poblada por sus agitados ladridos. Pero Rudy había desaparecido en el glaciar. La búsqueda duró 10 días. Su cuerpo no fue encontrado. Hubo que esperar el deshielo para su tardía reaparición. Ricardo, el padre, decidió que las exequias fueran en el mismo lugar donde fue hallado. Desde entonces, don Ricardo fue otro. A las penurias económicas y a las críticas, respondió con su melancólico e intermitente retiro en la isla Margarita -en medio de «su» lago- donde construyó un refugio para tanto desconsuelo. Allí fue enterrado cuando murió en 1947, a los 64 años, con casi medio siglo de permanencia entre esos glaciares y volcanes.

fnjuarez@sion.com


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