Perspectivas inciertas

Nuestros socios comerciales están tan habituados a las excentricidades económicas del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que se esfuerzan por pasarlas por alto, pero les cuesta cada vez más ocultar su impaciencia. En los días últimos se han quejado públicamente representantes de Estados Unidos, la Unión Europea, México, Brasil y Uruguay por las trabas imaginativas que sigue inventando el secretario de Comercio, Guillermo Moreno –a juicio de muchos el ministro de Economía de facto–, con el propósito de mantener a raya las importaciones y de tal modo defender lo que aún queda del superávit comercial que se ve amenazado por un agujero energético que se agranda por momentos. Aunque en el resto del mundo todos reconocen que, para citar al ministro de Desarrollo e Industria brasileño, Fernando Pimental, “la Argentina está en dificultades”, y no es su intención agravarlas, puesto que no les convendría en absoluto que protagonizáramos otra crisis de desenlace imprevisible, tienen que prestar atención a sus propios empresarios que, como es natural, los están presionando para que los ayuden a vender sus productos en el relativamente pequeño, pero así y todo significante, mercado argentino. Para justificar la estrategia proteccionista que se ha elegido, los voceros del gobierno kirchnerista dicen que les es prioritario defender a los empresarios y obreros nacionales contra los competidores de otras latitudes, lo que es perfectamente legítimo, pero si bien en el corto plazo las medidas que se han tomado podrían beneficiarlos, a la larga no pueden sino resultarles perjudiciales por inspirarse en ideas que son anacrónicas en el mundo globalizado actual. Como muchos han señalado, una gama muy amplia de empresas depende de insumos importados, de suerte que impedirles conseguirlos atenta contra la producción, contribuyendo así a la desaceleración que se ha hecho notar en la industria y también en el comercio. En efecto, a partir del cuarto trimestre del año pasado la producción industrial se ha reducido y se ha planteado el riesgo de que dicha tendencia se potencie en los meses próximos. Por lo demás, las expectativas inflacionarias se han modificado: la mayoría de los agentes económicos estima que para el año rondaría el 30%. Aunque los economistas más respetados, conscientes de que se equivocaron al vaticinar una y otra vez en el transcurso de la gestión kirchnerista que la etapa signada por crecimiento “a tasas chinas” pronto llegaría a su fin, son reacios a hablar de recesión, pocos se sorprenderían si en esta ocasión resultara que los más pesimistas han estado en lo cierto: en nuestro país es tradicional que los períodos de crecimiento impresionante que motivan euforia alternen con otros de características muy diferentes. No bien triunfó Cristina en las elecciones de octubre del año pasado, puso en marcha la “sintonía fina” por suponer que el capital político que acababa de renovar sería más que suficiente como para permitirle frenar el aumento del gasto público eliminando algunos subsidios, pero parecería que la caída abrupta de su popularidad la ha convencido de que sería menos riesgoso moderar “el ajuste” que se ha iniciado de lo que sería hacer un esfuerzo decidido por corregir las distorsiones existentes. No sería la primera vez que un gobierno nacional optara por privilegiar, con resultados a menudo desastrosos, lo político por encima de lo económico, de suerte que es lógico que haya motivado desconfianza la evidente resistencia de Cristina a tomar medidas que serían calificadas de antipopulares. Al difundirse la sensación de que el gobierno, alarmado por la evolución de las encuestas de opinión, ha optado por asumir una actitud más pasiva con la esperanza de que una eventual reanudación del crecimiento rápido le ahorre la necesidad de actuar con el vigor exigido por las circunstancias, muchos empresarios han decidido postergar las inversiones que tenían planeadas hasta que el panorama se aclare, de tal modo asegurando que se cumplan las previsiones más pesimistas según las cuales, terminada la larga fiesta, al país le aguarda una resaca acaso prolongada que durará hasta que el gobierno haya ensamblado un “modelo” que sea un tanto más realista que el reivindicado por Cristina y sus acompañantes.


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