Pesimistas triunfantes

Por Redacción

Si bien es discutible la afirmación del conocido economista estadounidense Jeffrey Sachs de que la deflación de precios atribuibles a la convertibilidad está «frenando el desarrollo», planteo que se basa en el presupuesto de que sin una moneda estable todo andaría mejor, acertó plenamente al señalar que «el gran problema» de la economía es «la falta de una estrategia de largo plazo». Sin embargo, esta carencia es sólo el reflejo de otra mayor: parecería que en los años últimos el país ha perdido confianza en su propio futuro hasta tal punto que virtualmente todos sus habitantes den por descontado que su destino dependerá de fuerzas ciegas que no pueden identificar y en cuya evolución nunca estarán en condiciones de influir. Si tal actitud se limitara a una minoría de filósofos pesimistas no causaría demasiado perjuicios – antes bien, plantearía un desafío interesante a otros de instintos más positivos -, pero ocurre que incide en el pensamiento de quienes constituyen la clase dirigente, lo cual supone que el desempeño del país seguirá siendo decididamente inferior a lo que en otras circunstancias sería legítimo prever.

Aunque es innegable que para muchos la situación actual es muy difícil, esto no significa que a la Argentina le será imposible convertirse poco a poco en un país próspero y relativamente equitativo en el que la mayoría pueda desarrollar y aprovechar sus capacidades tanto como en las naciones que conforman el «Primer Mundo». ¿Lo creen los dirigentes? A juzgar por las declaraciones recientes de sindicalistas, políticos supuestamente oficialistas como Raúl Alfonsín, los obispos de la Iglesia Católica y otras figuras prestigiosas, la Argentina ya se encuentra en medio de una catástrofe de la cual no le será dado salir. Desde luego, el mismo pesimismo extremado es plenamente compartido por muchos intelectuales y por los medios de difusión, los cuales a menudo brindan la impresión de querer convencer a los jóvenes de que lo único a que les es legítimo aspirar es a una vida signada por la estrechez económica y la falta de oportunidades laborales.

No es cuestión de pasar por alto la gravedad de la crisis en la que están atrapadas vastas zonas del interior, minimizar la importancia de la desocupación o fingir creer que exista un «modelo» socioeconómico especial que le permitiría a la Argentina transformarse de la noche a la mañana en un paraíso sin que nadie se vea obligado a levantar un dedo. En cambio, sí lo es de señalar que las perspectivas no son tan negras como tantos suponen y que, siempre y cuando los líderes políticos y empresarios obren con energía e inteligencia, el país podría llegar a integrarse al grupo de los más avanzados en un lapso no demasiado prolongado. Por supuesto, para lograrlo sería necesario que dichos líderes confiaran más en el país, algo que, en muchos casos, parecen reacios a hacer.

Las razones del pesimismo autodestructivo que ha surgido luego del momento de esperanza tenue ocasionado por la elección de un nuevo presidente están vinculadas con los problemas propios de sectores tradicionalmente dominantes o, cuando menos, influyentes. Tienen buenos motivos para sentirse decepcionados los largamente comprometidos con recetas izquierdistas, populistas y corporatistas, o sea, la mayoría abrumadora de la clase política nacional. También los tienen los sindicalistas, los empresarios cortesanos, y los proteccionistas. En cuanto al clero, no puede sino afectarlo anímicamente el interés decreciente de sus compatriotas por la religión organizada. Con todo, si bien es comprensible que quienes son conscientes de que el rumbo que ha tomado el mundo no los favorece se hayan puesto a lamentar lo malos que son los tiempos que corren, es una lástima que otros que pueden darse el lujo de sentirse optimistas no se las hayan arreglado para contrarrestar su influencia para que la población en su conjunto sienta que, como siempre ha sido el caso, mientras que algunos están perdiendo terreno, otros están ganándolo, y es probable que andando el tiempo haya más beneficiados que perjudicados por los cambios vertiginosos que están en marcha.