Pobreza, igualdad y justicia social

Elena Valero Narváez*

Gracias a que el gobierno actual recuperó el Indec, sabemos que el índice de la pobreza alcanzó el 32% en el 2018, muy alto, considerando las expectativas que tenían los argentinos al asumir Mauricio Macri la presidencia.

Si bien la desigualdad social es tolerable porque se sabe ineliminable en cualquier sociedad donde la cooperación es imprescindible para la supervivencia, la pobreza no lo es. La economía es una manera particular de administrar recursos escasos, y supone siempre desigualdad social. Si algunos pueblos primitivos parecieron practicar la igualdad es porque vivían en la miseria.

Pero, en la actualidad, en un país que tiene todos los recursos para morigerarla, este índice de pobreza no es admisible. Ante un escenario electoral, la gente piensa en la economía y son muchos a los que le cuesta llegar a fin de mes. Por ello a la imagen de un presidente devaluado se le suman los efectos psicológicos destructivos en todo el ámbito social, incluida la ética del trabajo.

Ya se puede apreciar que el gobierno no ha entendido la imposibilidad de atacar la pobreza sin decisiones políticas destinadas a que existan condiciones para crear riqueza, única forma de que, espontáneamente, ésta llegue a los sectores más pobres, hoy sin posibilidades de acceder a una digna calidad de vida.

Los gobiernos, en general, han igualado el término desigualdad con el de pobreza. De esta forma se ha recurrido a miles de planes sociales, quitando a los sectores productivos, para darle no solo a quienes están en la indigencia, sino también a quienes no lo necesitan, motivados por fines políticos. De esta forma la pretendida distribución de la riqueza ha derivado en más pobreza general.

No han comprendido, como lo ha hecho Chile y otros países, que el mercado es el mejor método de asignación de recursos, no desestimando la enorme responsabilidad del Estado en hacer respetar la igualdad ante la ley, de todos los que participan en él, incluso alguna intervención deliberada que permita mejorar la acción social de todos los miembros de la sociedad. En los regímenes comunistas, la utópica decisión de hacer desaparecer las desigualdades sociales debió apoyarse en dictaduras terribles y crueles. Venezuela, un ejemplo cercano, va camino a ello, incitada desde hace tiempo por los gobernantes cubanos.

Solo una resurrección capitalista puede potenciar la creatividad, la producción, la productividad, el trabajo, y mejorar la vida de los argentinos.

En nuestro país, salvo honrosas excepciones, es el gobierno, no el mercado, el que pretende, en buena medida, determinar “iluminadamente” qué sectores deben desarrollarse, creando desigualdades mayores que las que pretende erradicar, aunque se beneficien algunos.

La ayuda e inversión estatal está provocando enormes injusticias, gasto e ineficacia, además de decisiones demagógicas que acrecientan la pobreza, dejando fuera a los que tienen menos posibilidades de vida.

Marx se equivocaba cuando consideró que podría alcanzarse la igualdad suponiendo que cada uno podría tomar lo que necesite del producto global y que todos los miembros de la sociedad merecían igual recompensa. Olvidaba que las necesidades humanas son infinitas y los bienes escasos.

Como ha sido para los países desarrollados, para nuestro país una economía capitalista es la solución. Viene acompañada de desarrollo científico y tecnología, igualdad solo en el plano jurídico, resguardo de la propiedad privada y democracia.

Aquí, los gobiernos detienen el capitalismo, el cual es, en síntesis, un sistema de reglas que le permiten surgir como resultado final, y que consiente a las personas que hagan lo que desean pero haciéndose cargo, responsablemente, de lo que ocurra por sus acciones y elecciones. Solo una resurrección capitalista puede incrementar la creatividad, potenciar la producción, la productividad, el trabajo, y mejorar espectacularmente la calidad de vida de los argentinos. Distorsionar los mercados, modificar o influir en la direccionalidad de las inversiones y la psicología y el comportamiento de los agentes económicos no ayuda.

Para todo cambio hay que tener preparado el reemplazo de lo que se destruye. En estos tres años Mauricio Macri predicó por un cambio favorable, pero no se elaboró un plan para cambiar las condiciones que paralizan una economía de mercado. Es así como no se han hecho las reformas del Estado, laboral, previsional e impositiva, capitales para atraer las inversiones.

Los inversores apostarán a la Argentina solo si la institucionalidad es estable y el Estado les da las seguridades necesarias. La igualdad ante la ley morigera las desigualdades, no las elimina, pero crea un ámbito de equidad a fin de neutralizarlas en el momento de dirimir los conflictos que generan. Crea una instancia arbitral superior a la que todos deben sujetarse. No es ni será en ningún caso infalible.

No produce igualdad en poder, prestigio, educación y ocupación. La igualdad en todos los planos significaría que todos los comportamientos fueran iguales y merecieran el mismo valor o lo mismo. Aunque la política ha permitido vivir a muchos, como zánganos, es porque otros los mantienen además de mantenerse a sí mismos.

Los argentinos debemos dejar de desear cosas imposibles y los políticos no prometer lo que es irrealizable. Ello nos ha llevado a la pérdida de confianza en la democracia, el único método que conocemos, para quitarnos de encima a malos gobernantes, sin utilizar la fuerza. Es así como muchos son los que callan, inconscientes del peligro, ante la sentencia de la expresidente de cambiar las instituciones liberales, si asume otra vez el poder.

*Miembro de número de la Academia Argentina de la Historia y del Instituto de Ética y Economía Política de la Academia de Ciencias Morales y Políticas


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