El joven que deseaba conocer a su padre pero encontró la muerte

Santiago Arriagada fue asesinado por el policía Luis Díaz el año pasado en Bariloche, del que pensaba que era su papá. Tenía 16 años. Las dudas del caso que nadie respondió.





“Mamá, ¿estoy lindo?”, le preguntó entusiasmado Santiago a su madre. “Sí, hijo, estás lindo”, respondió, con ternura Raquel Arriagada, que observaba cómo el hijo que había criado sola, con mucho sacrificio y limitaciones, se había convertido en un adolescente fuerte, humilde y cariñoso. Santiago le dio un beso en una mejilla. Y por enésima vez le dijo al oído: “¡Te amo, mamá!”

Santiago Arriagada salió la tarde del 29 de octubre pasado de su casa en el barrio Nuestras Malvinas con la ilusión de que ese hombre, que había estado distante durante años, esta vez lo escucharía. Le había pedido a Dios durante años conocer a su papá. Y creyó que, por fin, había llegado ese momento.

Su madre rememora que Santiago dejó su cama hecha, lavó sus zapatillas y ordenó todo antes de ir al encuentro de la persona que pensaba que era su padre. Se despidió de ella con la esperanza de que tras ese encuentro con Luis Ángel Díaz comenzaría una nueva etapa en su vida.

Estaba confiado que serían grandes amigos. Además lo admiraba porque era policía. Pero el destino le jugó una trampa siniestra. Esa salida se convirtió en una trampa mortal para Santiago, que nunca regresó a su hogar.

Lo mataron. Y después, ocultaron debajo de unas chapas su cuerpo semidesnudo y golpeado. Dejaron el cadáver tirado a pocos metros de la ermita del Gauchito Gil, en la ruta de Circunvalación, en las afueras de Bariloche. Allí hallaron el 31 de octubre el cuerpo. En ese lugar se esfumó la vida de un adolescente por el que la ciudad casi no lloró. 

“Santiago era un chico muy alegre, lleno de sueños, le gustaba dibujar”, afirma su madre. “Y cada vez dibujaba mejor”, sostiene. Tenía deseos sencillos. Soñaba con tener una habitación propia. La casa donde vivía con su madre y su hermana de 14 años es pequeña.

“Vivíamos los tres y él me ayudaba a arreglar la casa, en poner alguna madera, en cambiar alguna chapa”, destaca Raquel. Pero añora demasiado esas charlas y mates que compartían. También cómo la protegía. “Me iba a dejar al colectivo y me iba a encontrar porque le tengo fobia a los perros desde que un pitbull me mordió una vez”, rememora la mujer. “Santiago era revaliente”, afirma. “Mi hijo tenía su carácter fuerte y lo que tenía que decir lo decía”.

Santiago había hablado en una ocasión con Díaz. Estaba convencido desde los 11 años que ese hombre era su padre. “Santiago solo quería que alguien lo aconseje de cómo crecer, cómo ser alguien en la vida”, explica la madre.  Por eso, estaba convencido de que podría llevarse bien con Díaz. Y tal vez hasta ser amigos. Nada de eso ocurrió. Ese 29 de octubre era la segunda vez que se reunirían cara a cara.


El juicio abreviado


“Hablamos de un niño de 16 años, con una madurez y una responsabilidad que superaba los esperable de un niño. Y fue elocuente su deseo del derecho a la identidad. Un deseo que lo llevó a la muerte”, afirmó el viernes el juez Gregor Joos, que integró junto a Romina Martini y Marcelo Álvarez Melinger el tribunal que juzgó y condenó a Díaz a 18 años de prisión por el homicidio del adolescente. Díaz esbozó un frío pedido de disculpas que ni los jueces creyeron.

El 25 de julio pasado había admitido su responsabilidad en el homicidio del chico en un acuerdo parcial con la fiscal del caso Betiana Cendón, y el consentimiento de la abogada por la querella Ana Vera (en representación de la madre de la víctima) y el aval de los defensores particulares Estanislao Cazaux y Pablo Calello.

Cendón relató que Díaz asfixió con una manta al chico. Fuentes que conocen el caso relevaron que Díaz regresó la noche del 29 de octubre a su casa tranquilo y se puso a mirar televisión. Sin expresar ningún remordimiento.

Tres días después, intentó supuestamente suicidarse porque dejó de tomar su medicación. Lo encontraron casi desvanecido en el interior de su camioneta, en la zona de Ñirihuau, a pocos kilómetros de Bariloche.

El policía fue auxiliado por familiares e internado en el hospital Ramón Carrillo. Allí le confesó a un hijo (que también es policía) que había matado al chico.

Cuando se recuperó, lo imputaron por homicidio agravado por el vínculo. Y le impusieron 4 meses de prisión preventiva. Pero el estudio de ADN, que dio resultado negativo, lo salvó de la prisión perpetua. Por eso la fiscalía reformuló los cargos y lo acusó por homicidio simple.

Al aceptar su responsabilidad tras el acuerdo parcial con la fiscalía, el caso se cerró. Porque la condena de 18 años de prisión que le impusieron quedó firme. Sin embargo hay dudas que quedaron flotando en el aire.


Algunas dudas


Díaz tenía problemas de salud y sobre todo en un brazo no tiene mucha movilidad. También le hicieron tres by pass, según fuentes con conocimiento de la investigación. ¿Cómo hizo para asfixiar solo a Santiago, que pesaba casi 80 kilos y media cerca de 1,80? El acusado era más chico que la víctima.

El adolescente levantaba pesas y practicaba artes marciales. ¿Por qué no se defendió?, ¿por qué el imputado no presentaba lesiones cuando lo detuvieron?

El acuerdo parcial cerró la posibilidad de investigar si hubo cómplices, como sospechan algunas fuentes consultadas.

Según la teoría fiscal, Díaz se encontró con Santiago el Shopping Patagonia y después lo llevó en su camioneta. Discutieron porque el chico le reclamaba que lo reconociera como su hijo. Las fuentes dijeron que le exigía, por ejemplo, un skate nuevo, entre otras cosas. El hombre había ayudado económicamente a la madre del chico pero con el dinero que podía.

La fiscalía relató que el policía lo asfixió con una manta en el interior de la camioneta y después dejó el cuerpo sin vida del chico en la zona de Circunvalación. ¿Pudo Díaz sacar solo a Santiago muerto de la camioneta y trasladarlo hasta el sitio donde lo hallaron dos días después? Son todas dudas que nadie respondió en el juicio abreviado.

El dolor del adiós

Raquel perdió para siempre a su hijo. Y además tuvo que soportar los reproches de algunas personas que le recriminaron no haberle dicho que Díaz no era el padre a Santiago. Ella dice lo contrario. 

Vive estos días con la pena profunda de no ver más a su hijo. Sus hijas también están desoladas. Ella se aferra a su familia y a su fe.

“Todavía lo estoy esperando. Es como que a veces lo veo que viene con su mochila de la escuela y se sienta a mirar tele”, señala. El chico era alumno de cuarto año del CEM 105.

“A veces estoy hablando y lo nombro”, comenta. “Todo el tiempo lo estoy buscando, lo tengo en mis pensamientos siempre”, sostiene. Y extraña, sobre todo, esas palabras cargadas de amor: “¡Te amo mamá!”


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