Políticos, ciudadanos y economistas
En los últimos 100 años, la profesión de economista no ha sido fácil en el país. Casi invariablemente, hemos estado a contrapelo de lo que piensan y desean tanto los políticos como el ciudadano común. Particularmente, este enfrentamiento se acentuó en los últimos años, con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.
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Tanta ha sido la aversión del matrimonio presidencial hacia los economistas que prácticamente han prescindido de ellos. En los hechos, Néstor y Cristina, en sus respectivos mandatos, han sido ministros de Economía y titulares del Banco Central. Los pocos economistas de renombre que han participado de sus gobiernos han tenido claras desavenencias con el matrimonio y hoy son claros referentes de la oposición (Roberto Lavagna, Martín Redrado, Alfonso Prat Gay, Martín Lousteau, etc.).
Pero volviendo a las miradas casi opuestas entre políticos y ciudadanos, de un lado, y economistas del otro, digamos que la cosa es fácil de explicar: el ciudadano común ve lo que pasa con su vida, sabe si está mejor o peor que en otras épocas, lo siente en el bolsillo. Hasta puede ver si la sociedad en su conjunto está mejor o no. Diría que es un buen observador de la realidad… pero de lo que pasa en la superficie.
El economista, por su preparación, no puede quedarse en eso solo. Necesariamente tiene que observar las razones que fundamentan el estado de cosas, ya que en ellas radica la sustentabilidad (ésta es la palabra clave) de la situación. Y cabría esperar que ésta también fuese la mirada de los políticos. Se supone que, por su preparación (si es que realmente se preparó), el político tendría que tener una mirada un poco más profunda que la del ciudadano común. Pero no. Lamentablemente no es el caso nuestro aunque, cabe acotar, tampoco lo es para una gran cantidad de países.
Entonces, ¿por qué si era claro que el país crecía a partir del 2003, los economistas poníamos objeciones? Pues justamente porque veíamos las razones. ¿Cuáles fueron las razones que hicieron crecer la economía a partir del 2003? Básicamente, 1) la devaluación de Eduardo Duhalde a comienzos del 2002 y 2) la suba de precios de las materias primas y cereales, como consecuencia del crecimiento chino, y la consecuente demanda de esos productos (el viento de cola). Nada más y nada menos que eso.
Es por ello que, aun en la hipótesis de un gobierno que no hiciera nada luego de la devaluación del 2003, la economía argentina igualmente hubiera crecido, tal como ocurrió en todos los países de América Latina, de características más o menos parecidas a las nuestras. Podría decirse que el crecimiento no fue tanto el resultado de medidas internas sino de condiciones externas.
Volviendo a la palabra clave: ¿era sustentable la situación? ¿Se podía mantener la situación inmediata a la devaluación?; ¿se podían mantener altos los precios de nuestros productos exportables? Bueno, períodos de recuperación económica con posterioridad a una devaluación, y que luego se agotan, han sido característicos en nuestro país. Nada indicaba que no se fuera a repetir esta vez.
Respecto de los precios internacionales, nadie ponía la firma de que se tratara de una burbuja, pero su extraordinario nivel relativo era para mirarlo con cuidado. La soja en la primera década de este siglo llegó a triplicar los valores promedio de los 90. En algunos países, como Chile y Noruega por ejemplo, sus gobiernos no se gastaron alegremente sus excedentes del cobre y el petróleo. Constituyeron ahorros para enfrentar potenciales años de «vacas flacas», que finalmente llegaron.
En nuestro país se hizo todo lo contrario. Los excedentes de nuestras exportaciones agrícolas, captados a través de retenciones del 35%, fueron despilfarrados por el gobierno en un mayor gasto público, en gran medida, totalmente improductivo (subsidios, empleo público, estatización de empresas y del fútbol, etc.). Sí hubiera sido una buena política del gobierno, por ejemplo, haber usado esos excedentes para reducir las cargas sociales, que hoy son una mochila de plomo para la competitividad para nuestra economía. Hoy podría ser otra la historia.
Pero lo peor es que la cosa no se agotó en ese despilfarro. Porque el gasto público creció muy por encima de lo que permitían las retenciones. ¿Y con qué se financió? ¡Con la máquina de emitir billetes! La pregunta obvia sería: ¿no alcanzaron las hiperinflaciones de 1976 y 1989 para que nuestros políticos aprendieran algo al respecto?
El resultado de lo hecho y no hecho por el gobierno no podía ser otro que el que tenemos hoy: alta inflación y falta de competitividad en todas las actividades, lo cual deriva en un parate económico importante. ¿Se entiende entonces por qué estábamos en veredas opuestas? Nada conspirativo ni de querer que al gobierno le fuera mal. Ni pesimistas, ni aguafiestas, ni buitres. Sólo economistas.
(*) Economista
ROLANDO CITARELLA (*)
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