Por qué los policiales
El relato policial ha sido dado de baja con premura en muchas ocasiones. La verdad sea dicha, el auténtico realismo literario proviene del policial. El género ha logrado sobrevivir a las tendencias en base a tiros de alto impacto y un profundo, atención, profundo conocimiento del comportamiento humano. El género ofrece la evidencia indiscutible de aquello que subyace entre los escombros del hombre contemporáneo. Es el río que no vemos. En su libro “La mujer temblorosa”, la escritora Siri Hustvedt se preguntaba, puesto que tenemos dos manos, dos ojos, dos hemisferios, si en lugar de uno somos dos. Lo que los narradores de crímenes demuestran es que hay un personaje en la superficie, claro como el agua, y debajo, un ser mitológico que podría escapar de su prisión natural. El primero en ocasiones desconoce al segundo. Pero el asesino, por el contrario, entiende las debilidades de su portador y está al acecho. El maravilloso Jim Thompson fue uno de los autores que más y mejor nos dijeron del pensamiento que posee al criminal. Los monólogos de sus psicópatas son compendios de filosofía desquiciada. Obras suyas como “1.280 almas” y “El asesino dentro de mí” (hay una espléndida versión cinematográfica protagonizada por Casey Affleck) merecen relecturas periódicas. Por qué un hombre que parecía tan buena gente termina disparando a su mujer o al revés, por qué un joven apocado desata una masacre en su universidad. Es probable que jamás lleguemos a saberlo. Los policiales representan este esfuerzo por correr el telón del teatro de los hombres. Leyéndolos uno puede sorprenderse de lo cerca que conviven el abismo insondable y las tostadas con manteca y el café por las mañanas.