Por un acuerdo de redención nacional
COLUMNISTAS
Nuestra larga y ruinosa decadencia ha culminado en la gravísima crisis moral, institucional, política, económica y social que padecemos, cuya espantosa síntesis es la muerte de Nisman.
Superarla y corregir definitivamente este rumbo nefasto es una tarea imposible sin aunar fuerzas en un gran acuerdo que forje la necesaria eficacia política. Descorazona que la oposición no termine de entenderlo. La hora reclama posponer con grandeza intereses partidarios, personalismos e incluso diferencias ideológicas que, aunque son significativas, pierden protagonismo en estas circunstancias y aferrarse a ellas es obrar sin miramientos por las consecuencias reales de los propios actos.
Las coaliciones no son la reunión de los idénticos, sino de quienes comprenden que, encontrándose en una coyuntura histórica trascendental, sería una trágica irresponsabilidad no postergar sus diferencias en aras de objetivos esenciales y urgentes que comparten. El Acuerdo de San Nicolás, los Pactos de la Moncloa, la Concertación Chilena y los Aliados en la Segunda Guerra Mundial son, entre otros muchos, ejemplos que lo ilustran.
Sin demora se debería convocar a Unen, Pro, el Frente Renovador y el peronismo disidente a reuniones, políticas y técnicas, para alcanzar un acuerdo programático que aspire tanto a superar los errores del pasado como a construir una Argentina desarrollada e integrada social y culturalmente. Me permitiré resumir algunos posibles lineamientos.
• Recuperar cabalmente la democracia, la cual es una manera de convivir que no se va de recreo entre elecciones, requiere cotidiana tolerancia y respeto, y donde los ciudadanos delegan temporalmente el ejercicio del gobierno en representantes que asumen un servicio, no un privilegio ni una canonjía y deben ajustarse a instituciones pensadas para limitarlos y controlarlos.
• Respetar a rajatabla la Constitución y sus instituciones; depurar la Justicia, garantizarle y exigirle independencia y considerar darle mayor representación en el Consejo de la Magistratura; reemplazar la lista sábana por un sistema que establezca un vínculo más personal y directo entre el elector y su diputado y le otorgue a éste mayor responsabilidad y autonomía en el voto; garantizarles a las provincias acceso a sus recursos sin depender del gobierno central, para que el federalismo deje de ser una farsa. Repensar y restringir a su mínima y legítima necesidad el sector de Inteligencia. Revisar los nuevos códigos, así como las leyes de Medios, de Comunicaciones y del Ministerio Público Fiscal. Eliminar la publicidad oficial que es burda propaganda. Reparar las agencias del Estado reponiendo sus recursos profesionales. Asegurarnos de que el Estado sea creíble, honesto, justo, previsible, eficiente y escrupulosamente apegado a la ley, pues si la vulnera, renegando de su sentido medular que es garantizar la legalidad, se bastardea, pierde legitimidad y produce una profunda descomposición social.
• Atender urgentemente y sin manipulación política el escándalo del hambre y la desnutrición infantil. Devolverle a la escuela su sentido de misión y reconciliar contención con calidad, para emparejar realmente las oportunidades de vida y formar ciudadanos. Implementar un seguro nacional de salud, autárquico y honesto, que elimine los canallescos negociados actuales. Facilitar un amplio acceso a la vivienda mediante un organismo profesional que urbanice tierras adecuadas. Encarar el problema de la inseguridad tanto en lo inmediato como en sus causas de fondo, pues el más elemental sentido común indica que son respuestas complementariamente necesarias. Enfrentar drásticamente la devastadora amenaza de la droga antes de que sea tarde y detener la perniciosa expansión del juego. No confundir inclusión con falta de límites, pues éstos son tan necesarios en la sociedad como para la estructuración de la personalidad individual. Por el contrario, la falta de límites, que redunda en anomia, desintegra y margina.
• Acordar un plan para eliminar la inflación, el fin del perenne “estado de emergencia” y una seria revisión del sistema impositivo. Garantizar la intangibilidad de los fondos de la Anses y la independencia del Banco Central. Convenir una política general para la explotación de los hidrocarburos y la minería. Estipular que se hará todo lo posible para recuperar lo robado. Desterrar para siempre el populismo, que es un vulgar voluntarismo condenado al fracaso, ignora las causas y hace desaguisados emparchando los efectos, embriaga al presente desfalcándole recursos al futuro, injiere discrecionalmente en la actividad económica creando un Estado prebendario proclive a la corrupción, en vez de brindar para todos por igual un marco de normas generales, y gasta irresponsablemente los recursos económicos incurriendo en imperdonables costos de oportunidad.
• Reparar lealmente el Mercosur, contemplar su acercamiento con la Alianza del Pacífico, reactivar el demorado acuerdo con la Unión Europea y desarrollar la mejor relación posible -tanto política como comercial- con todo el mundo, pero teniendo claro que nuestra alineación natural pasa por el Occidente democrático, al que pertenecemos histórica y culturalmente, y no por cuanta dictadura ofende al mundo. Explorar un acuerdo de desarme en Latinoamérica, cuyos mayores peligros reales son la droga y la inseguridad, para lo cual las armas propiamente de guerra no sirven. Y jugar a la “potencia media” es una fantasía vana y dispendiosa.
• Ejercer la política más madura y responsablemente. Menos banal, con más ideas y propuestas. Sin demagogia y sin cultivar el resentimiento, las divisiones y el odio. Más inteligente que las teorías conspirativas. Sin delegaciones masivas de poder y con más debates reales y consensos. Sin la degradación del clientelismo. Sin jubilaciones de privilegio. Depurada draconianamente de la corrupción. Sin feudos. Donde la transgresión de la ley, directa o consentida, sea inexorablemente juzgada por la Justicia, sin que pueda evitarlo ninguna mayoría.
Comprometida a apoyar lo acordado, cada fuerza conservaría su propia identidad y estructura partidaria, presentándose separadamente a las elecciones legislativas tanto nacionales como provinciales y municipales, aunque intercambiando apoyos locales para cubrir cargos ejecutivos. En muchas provincias esto último ya está en plena ebullición, desbordando incluso directivas nacionales, lo que evidencia la vitalidad de la posible convergencia.
Pero, para no jugar a la ruleta rusa, es ineludible unificar la candidatura a presidente y vice, sea por consenso o por elecciones internas que incluyan a todos los adherentes al acuerdo.
Más allá de las preferencias personales, una opción con mucha fuerza sería que Macri y Sanz fueran los candidatos a presidente y vice, Massa a gobernador en Buenos Aires, Binner en Santa Fe y en el resto de las provincias y en la Ciudad de Buenos Aires la coalición apoyará sin cortapisas a los mejores candidatos.
Una vez consolidadas las transformaciones, probablemente emerjan de la misma coalición una fuerza de centroizquierda y otra de centroderecha que respetándose dialoguen en el disenso, se alternen en el gobierno y se controlen mutuamente. Pero, entre tanto, el acuerdo programático y una amplia coalición son las respuestas políticas que el momento requiere para redimirnos de nuestra afligida realidad y lograr por fin el país que merecemos.
ENRIQUE KLEPPE
Empresario frutícola y egresado en Filosofía. Socio del Club Político Argentino
ENRIQUE KLEPPE
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