Pragmatismo de izquierda

Las recientes elecciones en Brasil han dado lugar a comentarios elogiosos sobre los progresos registrados por la nueva potencia en ascenso. Las cifras de reducción de la pobreza (del 35 al 22% de la población) e incremento de las clases medias (ya son el 50% en un país de 200 millones de habitantes), han sido los marcadores de progreso utilizados. Pero hay una frase del comentarista político brasileño Clóvis Rossi que resume la clave del éxito personal de Lula: “Echó al basurero de la historia todas las propuestas radicales de su partido”. La opción por el pragmatismo es, sin duda, la marca de fábrica de la nueva izquierda reformista latinoamericana. La palabra pragmatismo proviene del sintagma griego pragma, que significa acción, y se utiliza para designar una corriente filosófica que rechaza la existencia de verdades absolutas. Los pragmáticos consideran que las definiciones y conceptos filosóficos deben ser medidos de acuerdo con el éxito que obtengan en su aplicación. Esta escuela, de enorme gravitación en los Estados Unidos, donde se ha afianzado desde que fuera fundada por Charles Sanders Peirce a finales del siglo XIX, ha sido un gran estímulo para el progreso científico de Norteamérica. En política, la influencia del pragmatismo se traduce en una actitud de modestia intelectual, en virtud de la cual se considera que todas las ideas son provisionales y están sometidas a los cambios que se estiman convenientes según el resultado que arrojan tras su aplicación práctica. Frente a la cultura predominante en nuestras sociedades latinas, en las que sobrevive la fe en las soluciones mágicas, el culto por los mitos decimonónicos y la idolatría hacia los líderes redentores, el pragmatismo se presenta como un antídoto eficaz, sobre todo en el pensamiento de izquierda. En el caso de Lula, es notorio que mantuvo las líneas macroeconómicas de su antecesor Fernando Enrique Cardoso: tasas de interés elevadas para evitar el rebrote inflacionario y superávit fiscal para hacer frente al pago de una cuantiosa deuda pública. Pero pragmatismo ha sido también huir de los dogmas del fundamentalismo de mercado, y de esta manera, en vez de privatizar Petrobras –la YPF del Brasil- se optó por hacerla semipública, consiguiendo convertirla en la mayor empresa del continente por capitalización bursátil, y de enorme valor estratégico como cluster innovador para construir buques de transporte de crudo, plataformas petrolíferas y eficaz impulsora de los biocombustibles. El pragmatismo de los brasileños hizo también que frente a los consejos de los organismos internacionales de privatizar el sector bancario, se optara por una política moderada, en virtud de la cual algunos bancos permanecieron en la órbita del Estado, otros fueron cedidos al capital extranjero y unos terceros permanecieron en manos de capitales privados nacionales. Esto les ha permitido afrontar con relativo éxito los problemas de escasez financiera que actualmente atenazan a las economías desarrolladas. En lo referente a agroindustrias, Brasil produce un cuarto de la soja mundial utilizando sólo un 6% de la tierra cultivable, en zonas alejadas de la Amazonia, gracias a la enorme productividad obtenida con su política de innovaciones por la empresa pública Embrapa. La empresa brasileña JBS es el productor de carnes y proteínas más importante del mundo y la minera Vale do Rio Doce, se ha transformado en una multinacional poderosa. Embraer, otra empresa mixta, se ha convertido en la principal proveedora del mundo en aviones del segmento que ocupa. Frente al descollante éxito del Brasil, no es extraño que otros gobiernos de izquierda de la región hayan optado por el camino de un sano pragmatismo. Es el caso de José “Pepe” Mujica en Uruguay, quien sin perjuicio de mantener sus ideales socialistas, afirma –en declaraciones a la revista Veja– que los gobiernos deben tener “políticas estables, previsibles y cuidadosas, con reglas claras y definidas” y conseguir “equilibrio fiscal, mantener una economía austera y no jugar con la inflación. Son factores que ya no pueden estar en discusión ni por la izquierda, ni por la derecha o el centro”. La propuesta más importante formulada por Mujica –y que ya le ha valido una huelga general– es la reforma del Estado para que la administración pública gane en eficiencia. Con su sorna habitual, el presidente uruguayo ha afirmado que va a intentar hacer lo que los ingleses hicieron en 1854: “Estamos un poco atrasados, pero lo vamos a intentar”. En realidad, señala con acierto, los vicios que tienen los funcionarios y que tanto se critican no son ni más ni menos que los vicios que tiene la idiosincrasia uruguaya (y latinoamericana, añadimos nosotros) partidaria de la ley del mínimo esfuerzo. Que la izquierda en Brasil, Chile, Uruguay, Costa Rica y Perú se haya desprendido de pesados dogmas que le impedían reconocer el resultado práctico de las propuestas que formulaba, es un avance importante. A fin de cuentas, la calidad en los servicios educativos y en las prestaciones sanitarias –los bienes públicos más importantes para los pobres– dependen de la productividad general de la economía que a su vez está estrechamente asociada con la eficiencia de la administración pública. Poner los pies sobre la realidad social concreta, abandonar la retórica enervante, medir y comparar los resultados, es una manera de ganar en pragmatismo, que permitirá a la izquierda reconciliarse no sólo con la sociedad sino también con la inteligencia. (*) Abogado y periodista

ALEARDO F. LARÍA (*)

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