Precandidatos cosmopolitas
Acaso por entender que ha sido contraproducente la voluntad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de solidarizarse con enemigos declarados de Estados Unidos como el gobierno chavista de Venezuela y, últimamente, el mandatario ruso Vladimir Putin, los aspirantes a sucederla en la Casa Rosada están tratando de vincularse con los líderes de lo que, al fin y al cabo, sigue siendo el país más poderoso y más rico de la Tierra. Los visitantes recientes a Washington o Nueva York incluyen a Daniel Scioli, Mauricio Macri, Elisa Carrió, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y Margarita Stolbizer. Si bien antes de iniciar su gestión presidencial Cristina también viajó a Estados Unidos con la esperanza de que su “amistad” con Hillary Clinton le resultara útil, las secuelas de aquel episodio protagonizado por el venezolano Guido Antonini Wilson, que desembarcó en Aeroparque llevando una valija con 800.000 dólares “para la campaña” de la señora, pusieron fin a su primer intento de congraciarse con “el imperio”. Aunque Cristina no se dio por vencida, sus esfuerzos posteriores no servirían para mucho. Tampoco la ayudarán sus manifestaciones de simpatía por la actitud antioccidental asumida por Putin a raíz de la incorporación, facilitada por la presencia de miles de soldados, de la península de Crimea a la Federación Rusa. Además de querer diferenciarse de Cristina, los dirigentes opositores o, en el caso de Scioli, oficialistas a medias que viajan a Estados Unidos con el propósito de abrir un nuevo capítulo en una relación bilateral que siempre ha sido muy difícil suelen afirmarse contrarios a “las relaciones carnales” de la década menemista, como acaba de hacer Massa. Es que la humorada del entonces canciller Guido Di Tella sigue prestándose a malentendidos: quiso decir que, si bien nunca sería una cuestión de amor entre los dos países, convendría consolidar un vínculo pragmático, objetivo que, es de suponer, tienen en mente todos los peronistas, radicales, progresistas y miembros del PRO que están pronunciando discursos y charlando con funcionarios, políticos, economistas, expertos en diversas materias e inversores en potencia para que sus respectivos proyectos adquieran una dimensión internacional. De todos modos, aunque a esta altura los norteamericanos comprenderán muy bien que a veces surgirán diferencias legítimas entre sus propios intereses y los de la Argentina, se sentirán con derecho a pedir que los gobiernos próximos estén más dispuestos que el kirchnerista a respetar las mismas reglas comerciales y financieras que los demás países occidentales. En la actualidad, tanto en Estados Unidos como en Europa la imagen de la Argentina es francamente mala debido no sólo a la imprevisibilidad que es tan característica del gobierno unipersonal de Cristina sino también al riesgo de que, una vez más, el país sufra una crisis económica y social de desenlace incierto que tendría repercusiones en el resto del mundo. Para los medios progresistas más prestigiosos de Estados Unidos, como el “New York Times” y el “Washington Post”, la Argentina sirve de advertencia sobre los perjuicios que suele ocasionar el populismo rencoroso y corrupto, opinión ésta que, desde luego, comparten los medios conservadores. Por ser tan grande la influencia en el mundo de Estados Unidos, no nos conviene en absoluto que sus líderes traten a la Argentina como un caso perdido, un país en que el ministro de Economía dice que la seguridad jurídica es “un concepto horrible”, de tal modo informándoles que los inversores no podrían confiar en la Justicia local. Conscientes de esta realidad desafortunada, los visitantes no tienen más alternativa que la de dar a entender que en diciembre del 2015 todo cambiará y que un gobierno surgido de las elecciones de un par de meses antes se encargará de corregir los errores cometidos por Cristina y su equipo. Preferirían no sentirse constreñidos a actuar así, pero puesto que los norteamericanos interesados en las vicisitudes de la Argentina saben muy bien lo que ha sucedido aquí en los años últimos, sería inútil que procuraran hacer creer que, a pesar de algunas diferencias superficiales, en el fondo todos los integrantes de la clase política nacional piensan del mismo modo acerca de los desafíos sociales y políticos enfrentados por el país.
Acaso por entender que ha sido contraproducente la voluntad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de solidarizarse con enemigos declarados de Estados Unidos como el gobierno chavista de Venezuela y, últimamente, el mandatario ruso Vladimir Putin, los aspirantes a sucederla en la Casa Rosada están tratando de vincularse con los líderes de lo que, al fin y al cabo, sigue siendo el país más poderoso y más rico de la Tierra. Los visitantes recientes a Washington o Nueva York incluyen a Daniel Scioli, Mauricio Macri, Elisa Carrió, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y Margarita Stolbizer. Si bien antes de iniciar su gestión presidencial Cristina también viajó a Estados Unidos con la esperanza de que su “amistad” con Hillary Clinton le resultara útil, las secuelas de aquel episodio protagonizado por el venezolano Guido Antonini Wilson, que desembarcó en Aeroparque llevando una valija con 800.000 dólares “para la campaña” de la señora, pusieron fin a su primer intento de congraciarse con “el imperio”. Aunque Cristina no se dio por vencida, sus esfuerzos posteriores no servirían para mucho. Tampoco la ayudarán sus manifestaciones de simpatía por la actitud antioccidental asumida por Putin a raíz de la incorporación, facilitada por la presencia de miles de soldados, de la península de Crimea a la Federación Rusa. Además de querer diferenciarse de Cristina, los dirigentes opositores o, en el caso de Scioli, oficialistas a medias que viajan a Estados Unidos con el propósito de abrir un nuevo capítulo en una relación bilateral que siempre ha sido muy difícil suelen afirmarse contrarios a “las relaciones carnales” de la década menemista, como acaba de hacer Massa. Es que la humorada del entonces canciller Guido Di Tella sigue prestándose a malentendidos: quiso decir que, si bien nunca sería una cuestión de amor entre los dos países, convendría consolidar un vínculo pragmático, objetivo que, es de suponer, tienen en mente todos los peronistas, radicales, progresistas y miembros del PRO que están pronunciando discursos y charlando con funcionarios, políticos, economistas, expertos en diversas materias e inversores en potencia para que sus respectivos proyectos adquieran una dimensión internacional. De todos modos, aunque a esta altura los norteamericanos comprenderán muy bien que a veces surgirán diferencias legítimas entre sus propios intereses y los de la Argentina, se sentirán con derecho a pedir que los gobiernos próximos estén más dispuestos que el kirchnerista a respetar las mismas reglas comerciales y financieras que los demás países occidentales. En la actualidad, tanto en Estados Unidos como en Europa la imagen de la Argentina es francamente mala debido no sólo a la imprevisibilidad que es tan característica del gobierno unipersonal de Cristina sino también al riesgo de que, una vez más, el país sufra una crisis económica y social de desenlace incierto que tendría repercusiones en el resto del mundo. Para los medios progresistas más prestigiosos de Estados Unidos, como el “New York Times” y el “Washington Post”, la Argentina sirve de advertencia sobre los perjuicios que suele ocasionar el populismo rencoroso y corrupto, opinión ésta que, desde luego, comparten los medios conservadores. Por ser tan grande la influencia en el mundo de Estados Unidos, no nos conviene en absoluto que sus líderes traten a la Argentina como un caso perdido, un país en que el ministro de Economía dice que la seguridad jurídica es “un concepto horrible”, de tal modo informándoles que los inversores no podrían confiar en la Justicia local. Conscientes de esta realidad desafortunada, los visitantes no tienen más alternativa que la de dar a entender que en diciembre del 2015 todo cambiará y que un gobierno surgido de las elecciones de un par de meses antes se encargará de corregir los errores cometidos por Cristina y su equipo. Preferirían no sentirse constreñidos a actuar así, pero puesto que los norteamericanos interesados en las vicisitudes de la Argentina saben muy bien lo que ha sucedido aquí en los años últimos, sería inútil que procuraran hacer creer que, a pesar de algunas diferencias superficiales, en el fondo todos los integrantes de la clase política nacional piensan del mismo modo acerca de los desafíos sociales y políticos enfrentados por el país.
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