Presidencialismos
Nuestro presidencialismo continental parece gozar de buena salud. Termina el año 2017 sin una crisis general ni situación particular en que un presidente/presidenta resultara desbancado. Las nuevas elites políticas continentales parecen estar conformes con el desempeño del sistema. En lo que va del año pocas voces plantearon un cambio radical del régimen presidencial. Las ideas de atemperar las funciones de quien es cabeza del ejecutivo o eventualmente parlamentarizar el sistema parecen fuera de discusión. Ni siquiera proponen retoques aquellos que hasta no hace mucho decían que había que destruir el monstruo presidencialista creado por los populistas de la última década y media.
De allí que la falta de discusión plantea un bloqueo al reformismo debido, en gran medida, a que esas mismas dirigencias encuentran en aquellos excesos del presidencialismo capacidades para realizar las transformaciones en marcha. En otros términos, se proponen aprovechar las ventajas de un monstruo viviente, como un hijo devorando al padre. Lo cierto es que el presidencialismo de los Temer, Cartes, Macri, etc, o sea aquellos representantes de la nueva ola de mandatorios neoliberales, han decidido ser iguales de presidencialistas que sus predecesores.
Si los políticos prácticos nos están dispuestos a discutir la cuestión del régimen político tampoco la academia y sus voceros produjeron un estudio que pueda considerarse relevante proponiendo nuevos enfoques o criticas originales.
Esas que llevaron durante los años ochenta y noventa del siglo pasado a una rediscusión del papel de los presidentes o sobre de la necesidad de revisar la situación de los otros poderes. La polémica sobre ventajas o desventajas del sistema se ha enfriado en los últimos años. La única discusión abierta es acerca del papel del poder judicial, sin que con ello le haya llegado la hora de su efectiva reforma.
La falta de bancarrotas presidenciales durante el 2017 no significa que el presidencialismo goce de estabilidad segura. Si de mandatarios que supieron campear situaciones complejas. Ciertamente, durante este año no faltaron crisis presidenciales. Por ejemplo, se cierra el año con una fenomenal crisis para el presidencialismo andino. Recientemente el presidente de Perú estuvo en riesgo de continuar en el cargo. No logro ser destituido y pagó caro por ello. De allí que uno de los exponentes claros del hiperpresidencialismo de las década del noventa, Alberto Fujimori, lograra el perdón que le permitirá salir de prisión.
EEcuador, también resultó conmovido, mayormente por los problemas derivados del divorcio político entre presidente y vice. Por si fuera poco, la sombra del Rafael Correa sigue tallando agregando nuevas dificultades para Lenin Moreno. Suma Honduras donde siguen las complicaciones. La presidencia hondureña arrastra una crisis de larga duración después de que se destituyera a Manuel Zelaya en 2009. Los resultados de las elecciones del pasado 5 de diciembre siguen siendo poco claros para resolver la crisis.
Si bien 2017 puede pasar a la historia como un año de estabilidad para los regímenes presidencialista hay que señalar que ello no implica un tácito reconocimiento a las bondades del sistema. Tampoco se salva por la actual presencia de presidentes cínicos o portadores de una cultura transfuguista. Y eventualmente la existencia de derrumbes presidentes está lejos de pensar en crisis de democracia.
Es que hay un renovado consenso entre los analistas del presidencialismo acerca de que una crisis presidencial -que incluye un presidente (también su vice) destituido- no necesariamente pone en riesgo a la misma democracia, como ocurría hasta hace tres décadas. Muchas situaciones ocurridas en Bolivia, Perú, Ecuador, Argentina, Brasil, entre tantos casos, no lograron comprometer la construcción democrática continental.
Igual que en casos donde los presidentes/as fueron desbancados por una conjunción de actos vengativos de las elites entonces opositoras y escándalos mediáticos. Ninguna de esas formas de hacer caer un presidente hizo perder el horizonte de elecciones periódicas. A pesar de ello habría una falla para pensar la estabilidad democrática. Hablamos de una cualidad que sumo la teoría de la democracia respecto a que todo sistema que se precie como tal entiende que quienes son elegidos por el voto popular deben permanecer en el cargo durante el período en que fueron electos.
En la Argentina el presidencialismo del año 2017 parece gozar de buena integridad. Finaliza con un presidente que, para algunos, puede pensarse fortalecido ya que cierra el año con un Congreso favorable a sus necesidades. También con un fuerte capital de legitimidad electoral expresada en las elecciones de octubre. Situación favorable a pesar de iniciativas que son impopulares como la reforma previsional que provocaron reacciones callejeras y una represión a medida del endurecimiento de la política de seguridad en el manejo del orden público.
Aún con ello parece que clausura el año con poco desgaste y menos costos políticos. Costos que tampoco están a la vista frente a la pérdida de vidas de los cuarenta y cuatro marinos del submarino San Juan, igual que ante los hechos que llevaron a la muerte de jóvenes como Santiago Maldonado y Rafael Nahuel. Todo a pesar de un gobierno que a principio de año prometía enfrentar un gran escándalo debido a su manejo interesado de la deuda del Correo Argentino mantiene la familia Macri con el Estado. Esta por verse si el año 2018 le otorgará a nuestro presidente de las mismas ventajas.
Temer, Cartes, Macri, o sea los representantes de la nueva ola de mandatorios neoliberales, han decidido ser iguales de presidencialistas que sus predecesores.
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- Temer, Cartes, Macri, o sea los representantes de la nueva ola de mandatorios neoliberales, han decidido ser iguales de presidencialistas que sus predecesores.