Protestas que no sirven

Por Redacción

Acaso lo más notable de las manifestaciones callejeras que están celebrándose todos los días en las grandes ciudades de Estados Unidos y Europa ha sido la incapacidad patente de los activistas involucrados para plantear alternativas racionales. En Nueva York, los “indignados” del movimiento “Ocupemos Wall Street” parecen creer que por haber sido los financistas a su juicio los máximos responsables de la crisis de endeudamiento de su país, cerrar la bolsa más importante del planeta ayudaría a resolverlo. Aunque muchos dicen simpatizar con los que quisieran ver castigados a los banqueros acusados de provocar la debacle financiera, lo que comparten es “la indignación” que dicen sentir, no la idea de que haya llegado la hora de reemplazar el capitalismo con algo radicalmente distinto. Asimismo, en Milán, Roma, Atenas y otras ciudades europeas, quienes participan de las manifestaciones a menudo violentas en contra de los ajustes que están en marcha se aferran a la noción de que en última instancia sea sólo una cuestión de voluntad y que, con tal que se nieguen a permitir que el gobierno local reduzca el gasto político, les sería dado continuar como antes del estallido de la crisis económica. Se equivocan, claro está, sobre todo en Grecia donde las protestas ruidosas, lejos de convencer a los líderes de Alemania y Francia de que no les convendría presionar demasiado a sus equivalentes griegos para que lleven a cabo reformas económicas draconianas, los hacen sospechar que sería inútil seguir apoyándolos y que por lo tanto sería mejor abandonarlos a su suerte, lo que, es innecesario decirlo, tendría consecuencias penosas para millones de personas, entre ellas algunas están gritando consignas contra la austeridad. Que muchos jóvenes norteamericanos y europeos se sientan frustrados, enojados e “indignados” por lo que ha ocurrido es comprensible. Se habían preparado para una vida relativamente cómoda, pero ahora tienen motivos de sobra para temer el deber adaptarse a condiciones que serán mucho más arduas que las enfrentadas por sus padres o incluso por sus abuelos, ya que escasean los empleos aptos para quienes carecen de experiencia laboral o de calificaciones académicas valiosas. Por lo demás, mientras que sus equivalentes de generaciones anteriores pudieron creer en la existencia de alternativas a la democracia capitalista, el colapso ignominioso de la Unión Soviética, el abandono por parte de China de las recetas marxistas y los ejemplos poco atractivos brindados por Corea del Norte y Cuba, donde la mayoría vive sumida en la pobreza extrema, los han privado de las ilusiones que en otros tiempos habían servido para movilizar a millones. Aunque grupos de manifestantes llevan banderas rojas y reiteran consignas comunistas, sólo se trata de una forma teatral de desahogarse, ya que pocos pueden tomar en serio las “propuestas” que vociferan. Algunas décadas atrás, la izquierda anticapitalista hubiera sabido aprovechar una crisis como la que se agravó repentinamente en la segunda mitad del 2008 al caer en bancarrota el banco de inversión Lehman Brothers, que provocó la virtual parálisis del sistema financiero internacional, pero si bien en algunos países, entre ellos Francia, la reacción contra el statu quo podría significar más votos para la oposición socialista, hasta ahora los más beneficiados han sido conservadores como los dirigentes del Partido Popular en España y del Partido Republicano en Estados Unidos. Parecería que en opinión de la mayoría será necesario volver cuanto antes al capitalismo en serio –variante que no tendría mucho en común con la reivindicada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner– privilegiando el ahorro y el trabajo duro luego de una década caracterizada por el consumismo frenético y el endeudamiento excesivo. Por supuesto, una cosa es afirmarse a favor de más austeridad y otra muy diferente adaptarse a ella, pero en los países aún ricos se ha difundido la convicción de que no hay más alternativa que la de comprometerse con valores que hasta hace poco se consideraban anticuados, de ahí la influencia del Tea Party norteamericano, un movimiento informal de actitudes conservadoras que, según las encuestas más recientes, cuenta con el apoyo de más del 40% de la ciudadanía.


Exit mobile version