Pudrirse bien podrido

José María Maitini *

No hace mucho, la región del Alto Valle contaba con X habitantes de ciudadanos libres y X de ciudadanos encarcelados. Los primeros disponen de las voces, los otros nada más que su olvido. “En su boca no hay razones/ aunque la razón les sobre / Que son campanas de palo/ las campanas de los pobres”. Entre estos y aquellos, una falsa política, bien acomodada, personas minadas de odio (hace poco leí en Leonardo Padura: “El odio es una enfermedad imparable”) y unos pocos  sensibles jueces, defensores y organismos, sirven de intermediarios.


En las prisiones del Valle la verdad se muestra desnuda porque la sentencia se conoce en carne propia; algunos juzgados, los medios, la política y su administración la prefieren vestida, ornamentada. Es mejor no hablar de ciertas cosas, se repite. Conviene a la política: hablar de presos no capta votos. Entonces, no hablemos. Conviene a los medios: hablar de presos capta lectores. En este caso sí… entonces hablemos. Al preso se lo prostituye porque al preso se lo utiliza: para la conveniencia, para ganar usuarios, para alimentar el odio. Su prostitución es cotidiana.


¿Se hace audiencia a espaldas del preso? No importa. En dos semanas le llegará lo que se ha decidido por él. Al menos de algo se entera. ¿Que no está presente en su juicio? No pasa nada. A nadie le importa. Tampoco conviene hablar de esto. ¿Que está tirado en su celda hace semanas, con infección urinaria e inflamación de testículos? ¿Qué agoniza? ¿que no hay médicos? No pasa nada. Sanará. O no… Tampoco conviene hablar en este caso. ¿Que se obliga a una acusado a que reconozca un hecho que no hizo, porque “sólo estará 6 años si confiesa” con la amenaza de estar 35? No hay drama. Nada grave. Conviene. Quizá acepta y solucionamos el problema.


¿Que se porta mal? Hay “un adentro”, dentro de la cárcel. Lo llaman “buzones”. ¿Ubica el buzón de las cartas lector, ese, el suyo, el de su casa? Sí… sí. Ese. El chiquitito. Donde el cartero deposita. Bueno… en la cárcel hay… “un buzón” también. Pero es inteligente Ud.: entenderá que no se ponen las cartas. Sí. Se ponen personas. Por dos segundos imagine. Conocí uno que estuvo tres puntuales meses dentro. Pero sí… sé. Nada grave. Nadie se entera. ¿Que hay pandemia mundial, riesgo de infección y muerte, contagios? Más lavandina, lleven mas lavandina. Lo podrido se limpia con lavandina. Todo estará bien. Pasará este lío.


Señores: es la edad de oro en las cárceles regionales. No cabe duda al respecto.
Tras las rejas, las bocas modulan un silencioso y desgarrador grito. ¿Que el preso busca trabajar? Haga la nota, sí, sí. Algún policía se encargará de colgarla en el alambrado, para que seque al sol, para que llegue a donde siempre llega: a desintegrarse con el ambiente. Un papel sin destino. Los derechos hechos polvo. Y sin embargo, las bocas buscan gritar y gritan silencios. Esas bocas, lector, hablan de nuestro humanismo. Esas bocas nos reprochan nuestra inhumanidad.


Y en este caso, dirán ustedes, ¿para qué contar esto, para qué enterarse? Por dos motivos, de los cuales el primero quizá sea explicarle a algunos el mecanismo de nuestras propias alienaciones humanas, de nuestra anestesia humana. “Pero quien las hace, las paga. Que se pudra dentro. Qué me importa a mí” pensará algún lector. “Que sufra, como sufrí. ¿Quién me devuelve al muerto? ¿quién me quita el trauma? Nadie, imbécil. Nadie”.
No lo tome personal lector. No es contra Ud. el asunto. Pero espere: el segundo motivo es más gráfico. ¿Vieron la fruta, cuando se deja al aire libre en extenso? Se pudre ¿no? Bueno, en las cárceles de la región también se pudren. Pero no frutas: personas. Se pudren bien podridos. Reclamo y reniego con esto, porque así es nuestra condición humana: la contradicción es explosiva.


Hay una violencia popular oculta. Un campo de concentración aggiornado, modalidad siglo XXI: nuestras cárceles. Hay que afrontarlo. Algunos pocos, los penitenciarios dentro, buscan el trato digno, recuperar lo humano. Todavía quedan algunos. El celador. El juez que se sienta con el preso y lo escucha. El comisario que simpatiza. Son pocos. Pero allí están. Ellos sí ejercen genuinos derechos humanos. Porque no basta con enumerarlos. Es bueno hacerlos práctica.


-¿Conoce él su sentencia?
-No -dijo el oficial,
– ¿No conoce su sentencia?
– No -repitió el oficial.
Sería inútil anunciársela. Ya lo sabrá en carne propia. Kafka, “En la Colonia Penitenciaria” (1914)



¿Quiere palpar en carne propio un derecho humano? En medio de lo podrido, alguno del servicio penitenciario, algún juez en silencio, sin posteos ni fotos, los practica. Ahí está el trato digno, el Civilizado. ¿Que dónde está la Barbarie? En los que alardean justamente con esos derechos. En los que los manosean para su conveniencia, para su ego, por utilidad personal.


Que nadie se llene la boca hablando de derechos humanos: civilizado es practicarlo, como hacen estos pocos. Que nadie se llene la boca hablando de derechos humanos:  dentro de una cárcel, a alguno… cotidianamente y de múltiples maneras, se lo tortura. La Barbarie es olvidar esto, justo en el momento en que Ud., Doctor del Valle, los empieza a enumerar.


* Abogado penalista.


José María Maitini *

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