Putin contra Obama
En enero del 2009, cuando Barack Obama reemplazó a George W. Bush como presidente de Estados Unidos, muchos supusieron que aumentaría enseguida el prestigio y, por lo tanto, la influencia de la superpotencia en el resto del mundo. Aunque tal perspectiva entusiasmó a los muchos progresistas norteamericanos que querían que su país actuara como una suerte de referente moral internacional, imponiéndose a base no de su poder económico o militar sino de su superioridad ética, tales pretensiones sólo motivaron desprecio en aquellas partes del mundo donde aún imperan pautas que los europeos y norteamericanos consideran anticuadas. No extraña, pues, que los esfuerzos de Obama por convencer a los gobernantes de países como Rusia y China de que en adelante sería de su interés colaborar con Washington en pos del bien universal no hayan producido las reacciones previstas. Además de contribuir a desestabilizar aún más a países de la inmensa región que expertos norteamericanos han bautizado el “gran Oriente Medio”, las repercusiones desafortunadas del intento de Obama y sus asesores por basar la estrategia de Estados Unidos en sus propios ideales están impulsando el aislacionismo tanto del ala derecha del Partido Republicano como del oficialismo demócrata. A juzgar por lo que está sucediendo en Afganistán, Pakistán, Irán, Siria, Egipto, Libia y Nigeria, el repliegue definitivo de Estados Unidos tendría consecuencias nefastas para muchos millones de personas. En cambio podría beneficiar a líderes ambiciosos, como el presidente ruso Vladimir Putin, un hombre que nunca ha ocultado su voluntad de tratar de recuperar el poder que su país tenía antes de la desintegración de la Unión Soviética. Como acaba de recordarnos el capítulo más reciente de la saga protagonizada por “el topo” norteamericano Edward Snowden, que después de pasar un mes varado en un aeropuerto de Moscú consiguió asilo por un año en Rusia, Putin no se ha sentido del todo impresionado por la retórica del “hombre más poderoso del mundo”. Aunque a comienzos de su gestión Obama se afirmó resuelto a modificar radicalmente la relación con Rusia, Putin entiende que le convendría más figurar en la lista de enemigos de Estados Unidos, razón por la que no ha vacilado en apoyar al dictador sirio Bashar al Assad, oponiéndose frontalmente así a los intentos de los norteamericanos de ayudar a los rebeldes que, desde luego, incluyen a muchos guerreros santos que odian todo lo occidental. También cree que han fracasado los esfuerzos de Obama por desempeñar un papel digno en otras partes del convulsionado mundo árabe: en Egipto, los contrarios al presidente derrocado Mohamed Morsi lo acusan de apoyar a la Hermandad Musulmana, mientras que miembros de dicha cofradía creen que Estados Unidos estaba detrás del golpe militar que los privó del poder. Antes de triunfar en las elecciones presidenciales de noviembre del 2008, Obama, lo mismo que el grueso de sus simpatizantes, se había acostumbrado a atribuir la hostilidad hacia Estados Unidos de tantos latinoamericanos, árabes y otros a nada más que la torpeza y la agresividad de Bush, de suerte que le pareció evidente que su propia llegada a la presidencia sería más que suficiente como para provocar un cambio permanente. Desgraciadamente para él y para otros, empero, la imagen muy negativa de Bush en muchos países, si bien no en India y el África subsahariana, fue para la mayoría sólo un pretexto adicional para oponerse a la influencia norteamericana. Por lo tanto, luego de una breve luna de miel que pudo imputarse al “carisma” de Obama, los enemigos de la superpotencia no tardaron en encontrar nuevos motivos para combatirla, aprovechando la sensación de debilidad que se había difundido para acusarla de traicionar a “amigos”, como el exdictador egipcio Hosni Mubarak, y de estar dispuesta a sacrificar a cualquier otro político o militar que cometiera el error de confiar en las promesas estadounidenses. En una región en que la lealtad personal suele importar mucho más que las eventuales preferencias ideológicas, se trató de un error muy grave aunque, por motivos de política interna, los norteamericanos lo han cometido una y otra vez, brindando de tal modo a personajes como Putin oportunidades para aprovechar la confusión ocasionada para alcanzar sus propios fines.